Nuestra diáspora latinoamericana.

Por: Leonardo Franco Arenas. —————————————————————–

A dos grandes humanos, Patricia y Carlos. ——

Los latinos como casi la mayoría de inmigrantes reinventan sus identidades en espacios ajenos, cargan en las alforjas sus tradiciones, creencias y los símbolos propios de sus culturas. Sus orígenes quedan sustentados por la herencia y trasmitidos a través de la oralidad, sin embargo, se van diluyendo atrapados en procesos de aculturación gradual. Por ejemplo, los descendientes de inmigrantes son presionados por el medio establecido o dominante a adoptar una cultura distinta (local) pero también se les estimula a aprender sobre la identidad de origen en el entorno familiar y también en el social cercano.

Históricamente países especialmente los de la cuenca del Caribe y algunas naciones del norte de Suramérica son los principales emisores, Estados Unidos y Europa tradicionalmente los receptores, aunque la dinámica cambió en los últimos años y ya se destacan países como Australia, Japón, China y Canadá. Estas grandes corrientes migratorias se han destacado por, las épocas, las expectativas  y los detonantes que las produjeron.

Hay marcadas épocas de migraciones desde finales del siglo XIX, y en décadas especiales del siglo XX y los 20 años del presente siglo y donde el fenómeno ha vivido un proceso de feminización de acuerdo a la OIM (Organización Internacional para las Migraciones)  en estos momentos las mujeres  representan un 50,5% de los migrantes, en los 70’s la proporción era de un 45%.

Las expectativas económicas, un mejor futuro, el sueño americano, eran los motores casi exclusivos para estas oleadas destacando las de los 60’s y 70’s. Los motivos cambiaron, desde hace un tiempo se busca seguridad por los desplazamientos intra-regionales de personas en América Central, las guerras civiles que los detonaron en El Salvador, Guatemala, Nicaragua entre otros; el conflicto en Haití, los desplazamientos internos generados por la violencia en Colombia, el corralito económico de Argentina, la incertidumbre política y económica de Venezuela. La falta de oportunidades en países sub desarrollados presiona para el aumento de este fenómeno, recordemos que no solo hay desplazamiento transnacional por efectos de la violencia, si no por la falta de trabajo y oportunidades, las remesas son un motor importante de las economías de América latina.

Por las mismas razones economía y seguridad, entre los diferentes países latinoamericanos, se ha presentado en los últimos 70 años el mismo fenómeno; por condiciones y facilidad en muchos casos, de permisos, trámites fronterizos, visados, se presenta una dinámica de movilidad entre naciones hermanas. La última migración grande en este continente se vivió desde el 2017 con el desplazamiento masivo de venezolanos, especialmente por tierra a países vecinos.

El Covid-19 o la Covid como la identifican algunos, aquietó estos fenómenos sociales, el último resquicio de esto es el retorno de venezolanos a su país, por miedo, falta de oportunidades en los territorios donde se establecieron o temas de índole familiar.

Hace muchos años tuve la oportunidad de interactuar con dos personas centroamericanas, exactamente de la república de El Salvador; a ellas por razones distintas les había tocado migrar hacia Colombia.  Carlos, mi profesor de filosofía en secundaria, por el tema de violencia que desde finales de la década del 60 se extendía por ese territorio. Cabe mencionar al arzobispo Oscar Arnulfo Romero asesinado en 1980 debido a su oposición a los sectores económicos del país, sector que junto a la estructura gubernamental salvadoreña, alimentaba la escalada de violencia institucional, esto exacerbó y recrudeció el marco de violencia en el país. El profe desde esa época vive en Colombia, donde echó raíces familiares, sociales e intelectuales.  Mi querida y recordada amiga Patricia, conocida en mi paso por uno de los lugares más bellos del planeta, San Andrés donde viví durante un largo tiempo. Llegó en compañía de su mamá y dos hermanas en busca de oportunidades que no tenían en su tierra. Se enamoró de la Isla y allí estuvo gran parte de su vida, se considera colombiana, amante de nuestras costumbres, del territorio y de la selección, tres hijos nacieron en nuestro país. Son solo dos ejemplos de ese constante movimiento entre los natales de nuestra Latinoamérica, pronto contaré sus historias. Los otros somos nosotros en una diáspora constante y fluida hacia el mundo por razones diversas. ¿Qué colombiano no tiene un pariente y muchos amigos en el extranjero? Por ello debemos ser tolerantes con los amigos del continente que llegan a estos lares. No podemos permitir  la xenofobia.

Lo más importante, nunca olvidemos que somos latinoamericanos, nuestras raíces están sembradas en este continente, no sigamos el ejemplo de algunos que han perdido su norte y se consideran de otra parte  menospreciando sus orígenes.

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