¿No hay muerto malo?.

Redacción – www.latardedelotun.com 

­­­___“Palo porque bogas y palo porque no bogas” la noticia importante no es, que el partido político de las FARC en cabeza de algunos de sus representantes en el congreso y puntualmente de Carlos Antonio Lozada, hayan confesado finalmente que son los autores intelectuales y materiales del asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, hechos cometidos por un comando urbano de esta agrupación guerrillera firmante del acuerdo de paz con el gobierno colombiano. La importancia que pretenden darle ahora a este hecho, es su veracidad, desde varias orillas le han restado credibilidad a la autoincriminación y surgido diversas versiones sobre la causa, el porqué de la confesión 25 años después de este repudiable hecho.

La familia del finado Gómez Hurtado encabezada por su hijo Mauricio y el sobrino Miguel, defienden la tesis que fue un crimen de estado en el cual están involucrados, el ex presidente Ernesto Samper y su escudero Horacio Serpa; una componenda entre estos dos personajes con miembros del cartel del norte del Valle y dos bandidos expertos, Ignacio Londoño y el coronel Danilo González (asesinados), de estos dos se conoce sus malas amistades y actuaciones al margen de la ley. La teoría de Samper y las comisiones encargadas de investigar este hecho, es que fue una conspiración entre representantes de la derecha, militares retirados y activos, más, algunos empresarios, como determinadores del crimen y los paramilitares como brazo armado; el fin, desestabilizar el país y tumbar el presidente. A todos nos sorprendió la confesión de Lozada, y más, cuando comienzan a aparecer a cuenta gotas evidencias del hecho, cartas de Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo y otros apuntes que van encadenando una historia, lo que resta por hacer es esperar a que la JEP que es el organismo indicado desenrede este ovillo, encuentre las evidencias ciertas y concretas para despejar uno de los agujeros negros en la historia nacional.

La cultura popular dice que “no hay muerto malo”, esto lo comprobamos todos los días en nuestro entorno o en el escenario nacional, casi siempre la sorpresa, la conmoción por la noticia del fallecimiento de alguien, nos hace echar mano de la misericordia y el perdón, condolientes con los deudos, pedir por el eterno descanso del muerto así haya sido una mala persona, un pecador empedernido. Puede ser de corazón o de dientes para afuera, una especie de actuación cínica ante el dolor de los demás. No nos engañemos, hay muertos que son bien muertos, hay muertos celebrados y otros recordados, cuantos no nos alegramos pasivamente ante el deceso natural o forzado de un asesino, cuantos no deseamos interiormente que esos instigadores del mal perezcan de alguna manera para salir de problemas. Hay las excepciones, lo normal es el perdón y el olvido, cuantos seres que merecen una mácula enorme, un señalamiento eterno en la historia, son recordados y enaltecidos. Ahí va mi ejemplo, Álvaro Gómez Hurtado; fiel escudero de su padre Laureano, inventores de chulavitas y otros demonios, de torturas, de estigmas. Con su verbo incendiario empujó al gobierno conservador de turno al “bombardeo de Marquetalia y otras repúblicas independientes”, frase acuñada por él, en su verborreico odio partidista. Así pues, a veinticinco años de su vil asesinato, Gómez está siendo catalogado casi como un santo varón, un estadista que solo se preocupaba por su patria, no señores, una cosa es, que no merecía morir de esa manera y otra bien distinta que sea el faro demócrata que debamos seguir.  Álvaro Gómez Hurtado era un objetivo militar desde la creación de las Farc a comienzos de los sesenta, siempre fue para ese grupo el representante de la oligarquía y la extrema derecha colombiana, un enemigo que tarde o temprano debía ser ajusticiado. El ex fiscal Iguarán dice con razón, “en principio esta confesión hay que creerla, porque de no ser cierta serían expulsados de la JEP”, con las consecuencias que de allí se desprendan a causa de esa actuación. La JEP tiene la palabra.

De todas maneras, que no vaya a suceder en un futuro cuando fallezca el triple EX, que se erijan altares y monumentos en honor a este genocida. El perdón y el olvido son necesarios para preservar la paz, pero la memoria de lo sucedido debe estar vigente en los libros y en la historia. ¡Que no se nos olvide quienes fueron! Ningún crimen se justifica bajo ninguna circunstancia y menos cuando el fin es la PAZ, pero reconozcamos humilde y realmente que si hay muertos malos.

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