Por: Leonardo Franco Arenas
___Era el momento en que las últimas sombras de noche y la tenue claridad del amanecer se entrelazan en claroscuros danzantes, primero de enero de un muy lejano año en el caribe colombiano. En medio de la resaca de una noche de fiesta, de despedida de año, nos apurábamos unos a otros para abordar rápidamente la lancha , de otra manera llegaría el sol, el nuevo día y el plan de ver el amanecer en el islote se daría al traste.
El caleño, un lanchero amigo, aventurero, joven e irresponsable como la mayoría de los que allí estábamos, había cogido al vuelo la idea de otro de los compinches de la fiesta de año nuevo, ¿por qué no vamos a ver el amanecer en el cayo? Preguntó, en medio del guayabo de unos y la borrachera de otros a todos nos encantó la idea, listo, ¡nos vamos! ¿Pero cómo? El caleño lo solucionó de una, tengo la lancha en el club náutico, alisten sus cosas y en media hora nos vemos en el embarcadero, tanqueo y luego cuadramos lo del combustible; eran las 4:30 am. Nuestras amigas, mi novia Patricia hermosa salvadoreña, los compadres del interior –pañas- cómo éramos llamados, alistamos cervezas, vestidos de baño, toallas etc, para un día de playa y al muelle.
De los dos kilómetros de recorrido hasta el islote pocos recuerdos quedan, solo que al naciente comenzaban a aparecer los tímidos arreboles del amanecer. El desembarco fue sencillo a pesar del oleaje característico de este sitio, compensado por la experiencia de las muchas visitas a este lugar por parte de todos nosotros. Sin ningún preámbulo los acomodamos en la arena blanca de cara a oriente para asistir a uno de los más hermosos espectáculos de color de la naturaleza que he podido observar. Al comienzo, en torno al punto de salida del astro todo estaba teñido de un color rojizo, alrededor tonos violetas y rosáceos que se iban difuminando en el horizonte, pronto hubo un estallido de dorados, más intensos en el centro cuando por fin salió el sol en el horizonte, a ras del mar. Fue una experiencia inolvidable, estábamos solos en el cayo, ni siquiera los vendedores habían llegado y en esa época nadie amanecía allí por falta de casa o por seguridad. Un año nuevo imborrable, por la experiencia y por mi pareja en esa época, a ella, dos meses después dejé de verla durante muchísimos años, no tuvimos ningún contacto, afortunadamente hace unos meses y a través de las redes sociales recuperamos esa linda amistad. Yo en Pereira, ella en California. A propósito, en estos días está de cumpleaños, ¡FELIZ CUMPLEAÑOS! mi recordada y querida Patty.
