La Virginia

Por: Leonardo Franco Arenas – www.latardedelotun.com

-¡Ahora si nos llevó el putas!

Quien decía esto era el patrón de la mulada don Juan de Dios, bajaban una loma empinada hacia una profunda cañada a mitad de camino hacia Marmato. La quebrada bajaba crecida, impidiendo el paso de la recua, 20 mulas hasta el tope, el rosario de maldiciones y malas palabras no se hizo esperar, le metió un berrido a uno de los peones adelantaos,

– Oíste atronao, vas a dejar joder el animal, ¡si se cae a ese corriental se pierde la carga y se ahoga la mula!

– ¡Agarrá firme ese táparo tatabrón!

Se quedaron en ese lado de la cañada sin poder cruzar, empapados por la lluvia, ateridos pero activos limpiando monte para improvisar un caidizo donde guarecerse y pasar la noche si tocaba. Rápidamente levantaron la ramada y comieron la ración de arepas con panela y la bogadera, esperando las órdenes del caporal; la creciente del caño no cedía y por el contrario amenazaba con desbordarse hasta donde ellos estaban.

– Bueno varones, aquí no hay más de otra, subámonos un poco y descarguemos, aquí vamos a pasar la noche, hay que amarrar bien para que no se vuelen los animales; eso sí, que coman suficiente ¡y vos entelerido curale las peladuras a la Pastora, ponele buen cebo y ojalá que no se haya mojado la cal!

La noche iba a ser larga, la cañada bramaba, el viento y el agua empeoraban la situación del grupo; la noche se cerró de manera imprevista sobre ellos, la oscuridad era total, afortunadamente a media noche se dieron cuenta que la creciente había pasado y el aguacero amainaba, el caporal y los peones respiraron más tranquilos pensando en salir temprano; uno de los muchachos, el encargado de la comida se paró a prender fuego y preparar un cafecito, se alejó del grupo no más de diez pasos pero era tal la oscuridad que no veía a un metro, Sintió cuando le tocaron el hombro estando agachado, tratando de hacer candela

– No jodás! Déjame hacer mi destino, ehhhh

El golpecito se repitió nuevamente en el hombro, giró enojado con una palabrota, ¡nadie!¡ No había nadie! Quedó helado. Sintió un resoplido en la nuca, esto hizo que se le erizaran todos los pelos del cuerpo; en ese momento corrió aterrorizado,

– ¡Jueputaaaa, un espantoooo! ¡es el mismísimo putas! gritaba aterrado.

Todos los compañeros se amoscaron, echaron mano a sus machetes y lo vieron huir despavorido, ¡Calmate hombre¡ le gritaban; la locura paró cuando tropezó con una gran piedra y cayó de bruces dándose un fuerte guascazo. Entre todos como pudieron lo llevaron pasmado bajo la ramada, con los ojos desorbitados y diciendo incoherencias, – es un aparecido, es el mismísimo patas… – sacaron sus novenas, escapularios y rosarios.

 

Don Juan de Dios, arriero curtido de mil caminos y ene mil historias, remató el momento diciendo,

– Ténganse mijitos que por acá no son aparecidos ni espantos, son brujas y duendes, esta es tierra de oro; mantengan a mano el agua bendita, la aguja capotera y los ajos machos.

Al alba alistaron las cargas, apretaron, tomaron café cerrero y salieron de esta zona, el hombre del asusto de vez en cuando volteaba a mirar hacia atrás escudriñando en lontananza la aparición de un espanto; solo cuando comenzaron a descender el cerro del Burro les volvió el alma al cuerpo, a lo lejos estaba Marmato una de las poblaciones más ricas en oro del país. Entregaron las remesas y abalorios que por encargo traían, atravesaron luego la única calle del pueblo por un solo lodazal, en trayectos se enterraban hasta las rodillas, llegando a la galería, pequeña como el pueblo, pero ruidosa y alegre como pocas; había cuatro cosas en abundancia en este moridero, prostitutas, trago, oro y pobreza. Llevaron los animales al establo para refrescarlos y alimentarlos, luego pasaron al hostal de doña Rosa a bañarse y comer decentemente como no lo habían hecho desde la fonda de Virginia. Más tarde, recogieron su paga y sin tanto requeñeque se fueron a la cantina, aguardiente amarillo y buena compañía para todos. Allí narraron sus aventuras a la improvisada audiencia que atenta seguía el relato, según las amables contertulias aquello sucedía frecuentemente, hablaban, que por allí había varios entierros cuidados por espíritus, también, que en esa cañada realizaban aquelarres las brujas de los alrededores, haciendo amarres con sortilegios a hombres guapos o de buena fortuna, hechizos, maleficios en pacto con el maligno, invocaban espíritus y preparaban bebedizos para el encantamiento de enemigos propios o por encargo.

– Bueno muchachos hay carga asegurada para salir en dos días, pero ya saben, algunos de los encargos tienen demasiados amigos que rondan los caminos para robar el oro, así es que no les tiemblen la angarillas, hay que estar con el ojo abierto por si aparecen, no vaya a ser que nos desplumen y nos maten.

Dos días después la carga estaba lista, Don Juan de Dios había encargado a Pablo contratar dos hombres armados que los escoltaran hasta Jericó en el viaje de regreso, llevaban una buena cantidad del metal de varios mineros antioqueños establecidos en Marmato; un riesgo inminente, pero la única manera de transportarlo. También ellos habían sido armados con dos mosquetes de percusión por los propietarios del oro, además, llevaban terciadas sus peinillas al cinto; en total diez hombres hacían parte de la cuadrilla de arriería, iban acompañados por dos perros bravos, Sombra y Chapolo. Al frente de los establos ya estaba el grupo con la carga lista y requintada, labor cotidiana en la dinámica de un pueblo minero, por eso no había muchas preocupaciones; pero de hecho, las hubiesen tenido de advertir que desde una de las cantinas, diagonal al lugar donde estaban por salir los observaban, cinco hombres de paisano con sombreros de palma y pata al suelo no perdían detalle de los preparativos mientras disimulaban tomando una botella de tapetusa. El que parecía ser el jefe del grupo era uno a quien llamaban “Chilapo”, un hombrón de casi dos metros de estatura, aindiado, piel cetrina y cara cicatrizada por las viruelas. Nacido en la vereda Otú del pueblo llamado Remedios, también tierra de oro, mineros y bandidos; “Chilapo” proscrito y desterrado se trasladó más al sur para realizar las fechorías en compañía de sus secuaces; no hacía mucho tiempo andaban por estos territorios, realizando solo unos pequeños asaltos para sobrevivir, mientras se enteraban del manejo de los cargamentos de oro hacia otras zonas; así pues, la mulada de Pablo y sus paisanos era el blanco elegido para el primer gran robo.

El viaje de regreso arrancó, el clima había mejorado y el sol los acompañaba aliviando el estado de ánimo de los arrieros, el sangrero iba en su mula haciendo sonar la campanilla detrás del caporal que marcaba el rumbo, bordearon el Cerro del burro, pasaron por Echadía, deteniéndose a medio día en la fonda Hojas anchas, allí agua y miel de purga a las mulas, para los hombres sopa de callo y mazamorra de maíz pilado con panela. Continuaron la calurosa jornada atravesando la cañada de tan mala recordación musitando padrenuestros, el frasco de agua bendita en el bolsillo del tapapinche y la novena de las ánimas en el guarniel; cuando por fin se alejaron del desfiladero se sintieron tranquilos. Arribaron a Caramanta, luego de redoblar esfuerzos subiendo por el filo de la montaña cuando ya las primeras sombras de la noche se imponían y la neblina dificultaba la orientación. Con la luz mortecina de las velas de cebo pudieron desenjalmar y alimentar la mulada, la carga la pusieron sobre seguro en una bodega contigua, decidieron dormir allí haciendo turnos cada dos horas. El último turno lo hicieron Don Juan de Dios y Pablo, a las 4 am despertaron los demás, tomaron los tragos, café cerrero y a cargar, no había tiempo que perder; este día iba a ser muy pesado por las lomas y los precipicios que debía sortear, por experiencia el caporal también les había advertido que antes de llegar a Valparaíso estaban los lugares más peligrosos para una emboscada entre el Guayabo y Yarumalito.

Salieron pues y cuando iban llegando a una Y para tomar dos caminos, el caporal dio la orden,

– Paren oreja!, las cuatro mulas punteras donde va el metal cogen a la derecha, van el sureño, Pablo, uno de los vigilantes y un peón, llevan dos armas, los demás seguimos por el camino como si nada, la distancia que separan los dos caminos es de una cuadra no más, por el lado que ustedes van están las peñas, si escuchan la gritería o la plomacera ustedes llegan por detrás que nos están emboscando, si no, los caminos se encuentran cuatro leguas más adelante.

Dicho y hecho, cuando atravesaban el cañón, desde arriba les dieron el alto; como habían acordado se dispersaron azuzando las mulas que desbocadas galoparon por el camino, los asaltantes no sabían si ir tras los animales o responder al fuego de las armas que desde abajo les hacían; los perros echaron a correr loma arriba ladrando amenazadoramente. Pablo y los demás escucharon el estruendo, amarraron las mulas y treparon por la pendiente, los asaltantes quedaron entre el fuego cruzado; uno de ellos recibió una balazo en el pecho y cayó rodando por la pendiente hasta el fondo del cañón, otro fue herido en una pierna; como pudieron subieron al lesionado a un caballo y a prisa, bajo las balas y la gritería, lograron huir. “Chilapo” frustrado, maldecía y amenazaba entre dientes.

El grupo de arriería se juntó nuevamente, todavía nerviosos pero satisfechos con lo realizado, esa noche descansaron en Valparaíso sin quitarle los ojos a la carga. Al día siguiente pernoctaron en Támesis, ya estaban a medio camino del destino final.

El cuarto día madrugaron a las cuatro para salir con el fresco de la mañana, Pablo se sentía ansioso y refunfuñaba entre dientes por estar así y más sabiendo la causa, La Virginia, esa noche estarían llegando a la Fonda La Palmera en el sector de Buenavista.

– Oíste flacuchento, a vos que es lo que te pasa, ¡venís abismao en los pensamientos! le gritó Antonio el sureño, ¡será por la tendera morena!

– ¡No me jodás, pa pensar en mujeres estoy!

– Tranquilo Pablito que ya vamos a llegar.

Sobre las cinco de la tarde avistaron a lo lejos la fonda, la humareda del fogón de leña se hacía visible a varias leguas de distancia, los perros empezaron a ladrar y apresuraron su trote adelantándose al grupo, salvo el intento de asalto por la banda del “Chilapo” el viaje había sido tranquilo, el clima benigno, los hombres, la carga y los animales intactos.

– Parece que hay otra mulada en La Palmera, advirtió el sangrero.

Fueron recibidos en el patio delantero por un grupo de tres mujeres y el cantinero, con limonada fresca.

– Cómo les va muchachos, tómense la limonadita pa la sed y sigan con las mulas pa las pesebreras, allá hay campito

Se sentaron en el piso de tierra pisada junto a las barracas aún con las mulas cargadas que cabeceaban inquietas, sabiendo que pronto llegaría el descanso. Descargaron, refrescaron los animales y les dieron comida, aplicaron cal y cebo en las peladuras, agua y las dejaron allí. Estaban terminando ese destino cuando apareció el cantinero, dirigiéndose al caporal don Juan de Dios,

– Que le manda a decir la patrona Virginia que antes de pasar al comedor o ir al cuartel que se bañen, ¡que el que no lo haga duerme en el descampao!

– Ve, y que bicho le pico a la señora

– Eso si tocará que le pregunte usted patrón

– Bueno muchachos ya oyeron, a asearse, no nos quieren oliendo a mico, encimémosle el cambio de muda con que íbamos a entrar a Jericó. Nos vemos en media hora en el comedor.

Puntuales y recién bañados aparecieron los hombres en el salón grande, con sus ropas limpias y oliendo a jabón de tierra; las cargas con el oro las habían arrumado en el zarzo de la casa principal sobre el cuarto del caporal. Les sirvieron de manera abundante después de un vaso de aguardiente anisado, en eso estaban cuando apareció La Virginia más bonita de lo que recordaban, sonriente, con su amabilidad característica saludó a cada uno y cuando llegó al último de la banca, Pablo, se llevó la mano a la frente, en un ademán de quien olvida algo y dando media vuelta se dirigió al mostrador,

– ¡Vicente mijo, pásame una botella de aguardiente amarillo pa los muchachos, esta la pone la casa, las otras las pagan ellos!

Todos miraron a Pablo que pálido e incómodo se hacía el desentendido jugando con un vaso, terminaron de comer y se formó la juerga. Tiples y guitarras no demoraron en aparecer y entre los hombres reunidos de los dos grupos se turnaban para bailar con las mujeres. Don Juan de Dios y Pablo, salieron a fumarse un tabaco al patio. Hablaban de varias cosas mientras las volutas de humo se elevaban sobre sus cabezas, en eso estaban, escuchando el rumor de la música en la estancia, cuando a lo lejos vieron aparecer la figura de un hombre a caballo que se acercaba al paso, a medida que arrimaba en medio de la semioscuridad de la noche, alumbrado solo por la luna llena y los reflejos de las lámparas de keroseno de la casa lo distinguieron,  un desconocido para ellos, no lo sabían, pero lo habían tenido muy cerca dos días antes en el desfiladero, era el mismísimo “Chilapo” que llegaba a la fonda.

Hizo una seña a modo de saludo y desmontó llevando la bestia de cabestro hasta la entrada, malencarado y con ademanes bruscos entró a la cantina, una de las muchachas trató de detenerlo preguntándole si iba a amanecer allí, la miró de manera amenazadora, empujándola al lado, no respondió. Se sentó a parte del grupo y comió algo de lo que le ofrecieron, allí estuvo sentado dando la espalda hasta que los peones comenzaron a salir a dormir, ya era casi la media noche y las horas de sueño que quedaban eran pocas. Pablo y el caporal entraron a apurar a los rezagados de su equipo y salieron tras ellos, se despidieron de Virginia y caminaron a sus camas. Pablo no podía dormir, la figura de la fondera estaba en su cabeza, se sentía inquieto y no sabía por qué, el camaján llegado solo y su mal aspecto no le daba buena espina. Salió a dar una vuelta, todo estaba apagado, tranquilo y en silencio; cuando giraba sobre sus talones para entrar de nuevo, escuchó un suave quejido, aguzó los sentidos y se percató de una respiración entrecortada y un leve jadeo, rodeó la casa en silencio, tratando de no hacer ruido, vio la puerta de la cocina entre abierta y eso le causó curiosidad, en su mano llevaba el perrero y con el empujó suavemente, sus ojos se acostumbraron a la oscuridad de la cocina y distinguió con la tenue luz de la luna, un bulto contra la pared de barro de la habitación de Virginia, tardó unos instantes en entender que pasaba, la figura corpulenta del hombre apretaba contra la pared un cuerpo más pequeño tapando su boca, era Virginia!!! Pegó el grito y asestó el porrazo, el desconocido alcanzó a voltear y el golpe del palo de guayabo le explotó en medio de la cara, soltó a la mujer que ahora si chilló de manera aterrada, el gañán salió por una puerta lateral hacia la parte trasera, Pablo lo siguió, golpeando donde podía, el tipo sacó su peinilla y le mandó un filazo, lo neutralizó con el perrero, envolviéndose el poncho que traía en el brazo y contra atacó, ya la peonada y caporales estaban saliendo armados de peinillas y perreros; le asestó un violento golpe con el palo en la boca, los dientes volaron y la sangre salió a borbotones, Virginia con una escopeta que había sacado de la casa, le apuntaba al hombre que tambaleante seguía amenazando a todo el mundo. Pablo le hizo un quite y de un garrotazo lo desarmó, en ese momento perdió su arrojo y se sentó en el piso, entre todos lo amarraron y lo encerraron en el granero. En medio del zafarrancho, no se habían dado cuenta que el joven estaba herido en un brazo, nada serio, pero sangraba copiosamente, Virginia lo tomó firmemente de la mano y lo llevó al salón, ya varias lámparas y velas estaban encendidas, de manera diestra le curó la herida, vendándolo con una tira de lienzo. Todos se retiraron a dormir, dejando bien amarrado al prisionero, el portón de la bodega con tranca por fuera, a lo sumo faltaban unas tres horas para el amanecer. Pablo se quedó allí sentado con Virginia que le daba las gracias por haberla salvado. Al día siguiente como era costumbre salieron mañaneados, a parte de las mulas y la carga llevaban al “Chilapo” amarrado a su montura, con la cara hinchada, sin dientes y la sangre reseca en el rostro y toda la ropa, así fue hasta Jericó donde fue entregado a las autoridades.

Antes de partir, Virginia le hizo prometer a Pablo que pronto la iría a visitar o si no, ella lo buscaría en el pueblo.

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