La franja divisoria – Novela- fragmento.

Ricardo Buitrago Mejía, escritor pereirano. Se auto define » Ciudadano y transeúnte de la calle, 61 años, escribe porque se asombra de las cosas del mundo y este asombro le produce inquietudes que solo puede liberar a través de un bolígrafo»

La franja divisoria – Novela- fragmento.

Lleno de dudas se le ocurrió que Ramón podría ayudarle a desenredar esta madeja y fue a buscarlo el sábado en la tarde, este lo recibió en la sala de su casa, adornada de figuras traídas de los cuatro puntos cardinales de la tierra, muchas de ellas algo aterradoras, que al parecer de Rodrigo simbolizaban deidades africanas, destacaban estatuillas de miradas severas cargadas de magia y de poder oculto que parecían tener vida propia y en una repisa aparte, la garra de un jaguar disecada de la que pensó Rodrigo: simbolizaba la fuerza.

Ramón lo recibió con especial calor familiar, vestido con una pañoleta de colores naranja y rosado con un ribete dorado que cubría su largo cuello venoso, que a su vez jugaba con el rojizo de su pelo metálico y su nariz etílica. -Para servirte-, le dijo Ramón tomándolo de las manos. -Tengo problemas Ramón-, le dijo Rodrigo, -quien no los tiene en esta vida- contestó Ramón con voz afeminada y ojos ensoñadores-, fue a la cocina a traerle un espeso café frio endulzado más de la cuenta con panela que guardaba en una caja de madera y le dijo con tranquilizadora seguridad: vamos a preguntar a los espíritus en tres días, y después miraremos tu carta natal a ver que nos dice, regresa pues el martes, que será el día propicio para hacer preguntas a los caracoles.

Rodrigo se fue a su casa con una esperanza, Ramón conocía mucha cosa rara y era famoso por ser muy acertado en sus predicciones, aunque no siempre respondía dentro lo esperado. Pronto fue martes y la noche los acogió con buena disposición para la consulta. Ramón se hallaba ya vestido para la ocasión con un camisón blanco que cubría su esbelta figura hasta los tobillos atado en la cintura por un cordón de nudos equidistantes, colgaban de su cuello collares de semillas, piedras y dientes de animales. El recinto estaba iluminado por velas de colores encendidas y figuras de santos blasonaban el cuarto; en todo este ambiente se podían sentir espíritus suspendidos en el aire, cargando de fuerzas el ambiente ya enrarecido por inciensos y sahumerios. Se sentaron frente a frente descalzos y Ramón abrió la sesión con bendiciones y agradecimientos al favor de los espíritus y su mirada se hacía profunda mientras recitaba cantos rítmicos en una antigua lengua pagana donde pedía iluminación a los mundos etéreos en el lanzamiento de los caracoles, y según la manera en que estos cayeran y formaran una disposición específica para que el vidente pudiera traer el mensaje del más allá para ayudar a este hombre, agobiado por las circunstancias.

En medio de los cantos, Ramón hacía movimientos rítmicos con la cabeza en forma pendular, producto seguramente de la interacción con esos mundos, esto le causaba mucha curiosidad a Rodrigo quien lo miraba atónito, hasta que pronto esos movimientos al parecer involuntarios cesaron y pudo Ramón sacar de una pequeña bolsa de cuero los caracoles y arrojarlos sobre un trapo verde billar extendido sobre el suelo, se detuvo unos instantes descifrando el mensaje pues trataba de organizar la idea en forma de palabras. Ramón entonces miró a Rodrigo fijamente a los ojos como buscando la confirmación de lo que decían los caracoles y le dijo finalmente: “El amor y la muerte andan de la mano sin ataduras en el camino de la transformación”.  Y “Una mujer te mira detrás de los arbustos”. Rodrigo no entendió absolutamente nada y esperó una explicación que le diera una luz, entonces Ramón prosiguió: “La muerte no es el fin, es solo una puerta o la representación de un renacer, de seguro también has de estar enamorado pues tres de los caracoles me ratifican el amor”. A Rodrigo se le había pasado el arrebato temporal por Beatriz y desde entonces, -dada su acentuada timidez-, no tenía facilidad para los amoríos, y cuando quiso enamorarse de su esposa, su corazón se negó. Rodrigo le dijo que esa era parte de su problema, la ausencia de amor y que no conocía a nadie ni remotamente con quien siquiera sentirlo. No entendió lo de la muerte ni lo de la transformación a menos que fuera para mal, que era como sentía que iban las cosas. Ramón le anunció cambios drásticos en su vida, pero no pudo decirle como. De todos modos, aunque confundido Rodrigo se sentía renovado, de algún modo sabía que Ramón le ayudaría; este le pidió que regresase el viernes para ver si los astros podrían aclarar más el asunto.

El viernes Ramón recibió a Rodrigo con su acostumbrado calor familiar, lo invitó a la mesa del comedor y le ofreció brevas caladas en almíbar acompañadas con leche postrera. Sobre la mesa tenia los dibujos de la carta natal hechos con tintas de colores, este dibujo era un circulo lleno de símbolos que representaban constelaciones y planetas, líneas que mostraban la relación de estos símbolos entre sí, y esto, dicho de la boca de Ramón significaba la carta de navegación individual con que todo ser nace y que de un modo u otro dibuja el mapa de su destino.

Rodrigo se encontraba ansioso de saber sobre sí mismo a pesar de que nunca se interesó en conocerse, su ego estaba listo para escuchar sus fortalezas y en pie de lucha para rebatir sus debilidades y defectos, Ramón abrió la conversación diciéndole que las situaciones de la vida en general contenían en su forma intrínseca una dualidad que no permitía que se clasificaran en ser buenas o malas, y dijo a manera de ejemplo que un problema o una vicisitud vistos en forma positiva solo eran una oportunidad para hacerlo más fuerte.

Rodrigo asintió sin estar muy convencido y guardó silencio en espera de lo demás. Ramón le habló de un planeta, que llamó el planeta de la transformación que se predisponía a entrar en escena pronto e influir en él forma particular, ayudado en momentos por influencias planetarias que llamaba trígonos cuadraturas y sextiles, señaló en particular al planeta venus y su complicidad con el planeta de la transformación pues esta interacción juntaba temporalmente a la muerte con el amor de una manera muy particular. Ramón le habló de mil cosas más sobre su personalidad y los tránsitos de los planetas hasta que se terminaron la paila de las brevas en almíbar.

Rodrigo salió sorprendido de la profundidad del conocimiento de Ramón, la forma desprendida y sencilla con la que explicaba los aspectos más profundos de la naturaleza humana, pero su mente se hallaba confundida de tantos conceptos nuevos; aunque recordaba que los astros habían coincidido con los caracoles, se hizo a la idea de que en verdad si había una puerta de escape, solo que no la vislumbraba, al menos por ahora.

Concluyó que lo normal sería enfrentar la vida con valor y alegría y con el sentido trágico con que se cantan las rancheras mejicanas, de modo que esperaría a que el tiempo le diera pistas sobre estos cambios que hasta ahora solo eran un enigma.

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