LA GRAN MÚSICA

Por: Óscar Aguirre Gómez / www.latardedelotun.com____

Portada: La Melancolía – Durero.

______ La música refleja interioridades, expande la conciencia, revela mundos. Escuchar a los grandes maestros del arte por excelencia es viajar a otras dimensiones que nos apartan momentáneamente del furor de vivir. Y es que la audición de las grandes obras musicales constituye un oasis en medio de tanta incertidumbre que nos proporcionan la humanidad y sus dirigentes, y no solo por estos lados patrios.

Acceder a la inconmensurable Pasacalle y Fuga en do menor, de Bach; oír algunas sonatas de Beethoven o cualquier sinfonía suya; algunos cuartetos de cuerda de Mozart o de Beethoven —que encierran un misterio—; los sublimes conciertos para piano de Mozart; poemas sinfónicos escogidos de Liszt, de Richard Strauss o de Chaikovski; los Impromptus de Schubert; la poesía de Chopin; escuchar a Brahms y a Schumann; incursionar en las sinfonías de Mahler, de Sibelius, de Dvorak o de Shostakovich; asombrarnos con la pirotecnia orquestal de los rusos; asimilar a Ravel y a Debussy, en fin, es un descanso para el espíritu; un trasegar por otros lares que los de ordinario. Y son placeres que están al alcance de la mano. Escuchar a los músicos mayores es apartarnos, de vez en cuando, de los espectáculos de las multitudes, que conllevan, algunas veces, el ensordecimiento y la violencia y no conducen al enriquecimiento integral que nos debería identificar como seres humanos.

La música es magia. Escucharla es soñar despiertos. De manera que soñar también es vivir. Bueno sería entonces vivir de vez en cuando en consonancia con lo bello y no según lo dictan la T.V., el cine y ciertos medios de comunicación, que guían a las gentes desprevenidas, siguiendo las pautas intencionadas de sus patrocinadores, quienes mueven múltiples intereses económicos.

A propósito, es interesante y acorde con la situación mundial actual ver y escuchar el video que se hizo hace ya hace muchos años —con la versión de Leonard Bernstein— de la “Elegia” del “Concierto para Orquesta” de Bartok. Se pinta allí un siniestro y melancólico paisaje, que parece inevitable —dada la realidad presente— aunque imaginario.

Oliver Messiaen, quien se distinguió por su profundo catolicismo y su inmenso conocimiento del canto de los pájaros, incorporó éste, por vez primera, a su obra “Cuarteto para el fin de los tiempos”, escrita en 1940, cuando cayó prisionero de los alemanes. La música está inspirada en el “Apocalipsis” de san Juan (10, 1-7). Cito esta obra por la insistencia de muchos en querer ver un posible fin de todo el mundo visible, a lo cual contribuyen los vientos de guerra total llevados a su materialización por algunas naciones, cansadas quizá de la presencia del hombre en la Tierra. No obstante, no debemos ser pesimistas: la esperanza se halla en el fondo de la musical caja de Pandora y nos gusta buscarla

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