Por: Juan David Correa – Cambio / www.latardedelotun.com _______
Once horas de lectura en voz alta corresponden a un libro estándar, de unas doscientas ochenta páginas de extensión. Los buenos libros son capaces de contener el universo. Las historias bien contadas cambian de punto de vista, de tiempo verbal, de personaje, de voz; y el lector, o el escucha, no necesitan instrucciones para entender la sincronía, las elipsis, las conjugaciones, las metáforas y las metonimias, entre muchos recursos o formas literarias.
La jueza Sandra Heredia leyó el pasado lunes 28 de julio parte de la extensa exposición de motivos para tomar la decisión con respecto a la acusación por fraude procesal y compra de testigos contra el expresidente Álvaro Uribe.
La togada comenzó su lectura refiriéndose a la diosa de la justicia, Temis. Habló de sus ojos vendados, y aclaró que la ceguera no es ausencia de juicio, sino falta de prejuicios; afirmó que la balanza no sopesa opiniones sino verdades; advirtió que la espada no es el símbolo del castigo sino el de la protección de lo justo y de lo necesario.
Cuatrocientos setenta y cinco días ha durado este juicio. El juicio como un espacio dramático que tomó toda su ritualidad del teatro se hunde en la historia de quienes acuden a un tribunal para acusar ante una instancia que pueda resolver sin tomar partido.
Esta historia que ahora podemos conocer mejor gracias al tiempo, a los diversos tipos de fuentes, voces, testigos, documentos, etc.; a la persistencia de las víctimas que no cesaron en su decisión de alimentar el relato y de resguardar la vida de quienes estaban amenazados, aunque muchos de ellos y de ellas hayan sido asesinados, termina en una primera instancia.
Pero comienza con un punto de giro.
Once años atrás, en 2014, el senador Iván Cepeda, parado en la tribuna del Capitolio bajo dos pantallas, alza la mirada hacia una de ellas: «Carlos Castaño, Rodrigo ‘Doble Cero’, Móvil 8, estaban ahí en la calle esperando al señor Álvaro Uribe. Yo vi cuando… cuando se dieron la mano, se abrazaron», dice el testigo, Néstor Abad Giraldo Arias, alias el Indio. El senador Cepeda da las gracias. Agrega: «Este debate gira sobre la parapolítica, sus consecuencias para nuestro país». Después dice que parapolítica es un «eufemismo», es decir, una manera «decorosa» de llamar a algo sin franqueza: «una macabra alianza entre al menos tres sectores: de una parte, el viejo narcotráfico para la historia del país, y de otra parte los ejércitos y paramilitares, por otros sectores supremamente degradados y corruptos que llegaron a ocupar altos cargos en el poder Ejecutivo y Legislativo. El paramilitarismo creó un aparato de muerte que erigió una montaña inmensa de cadáveres sobre los cuales se llegó a la cúspide del poder en Colombia; desalojó y despojó territorios enteros, sus tentáculos llegaron a colonizar el poder local, el Congreso y muchos ámbitos del Estado colombiano. La parapolítica se convirtió en un modelo en el que se moldeó la idea de que era posible cualquier clase de actuación y conducta política sin escrúpulos, para reemplazar los valores democráticos y para activar las palancas de lesa humanidad en Colombia. Este debate es sobre una responsabilidad que todavía permanece silenciada, que todavía no ha sido interpelada de manera eficaz, la responsabilidad que le puede caber en todos estos hechos al hoy senador Álvaro Uribe Vélez en todos estos hechos».
La elipsis la hace Cepeda y será el motivo para que después del debate, el entonces senador Uribe, lo demande.
El salto hacia atrás: Tranquilandia, la ciudadela del narcotráfico, en la que aparece un helicóptero con una licencia que otorgó Uribe Vélez, como director de la Aeronáutica Civil, a su padre, Alberto Uribe Sierra; el impulso y la promoción del entonces gobernador de Antioquia de las Convivir, armadas y equipadas —WikiLeaks—, y el crecimiento de las masacres en Antioquia bajo su mandato; el momento en que se conoció con Salvatore Mancuso; la llegada a la presidencia bajo la cooptación de feudos electorales con senadores después condenados; justicia y paz; la extradición de sus testigos; la compra de la reelección; el encarcelamiento de más de sesenta senadores de su partido político o afines ideológicamente; la violación sistemática de los derechos humanos por parte de la avanzada de Presidencia; 6.402 muchachos colombianos ejecutados extrajudicialmente y presentados como bajas guerrilleras en combate; los seguimientos a la oposición desde del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS); la creación del bloque Metro de las AUC… y así, un sinnúmero de hechos que se mencionan en medios de comunicación, libros, hallazgos históricos, testimonios. Siete investigaciones de la Fiscalía, querellas, acusaciones en tribunales como la Corte Suprema, veinticuatro paramilitares que lo mencionan en diversos momentos de su carrera política, testigos civiles y hechos que ha reconocido el propio Uribe.
El punto de giro es la estrategia del escritor para producir un «acontecimiento crucial» que desvíe o rompa el sentido de lo que está ocurriendo. Y no se produjo sino hasta cuatro años después de que Uribe Vélez demandara ante la Corte Suprema de Justicia al senador Cepeda, a la salida de aquel debate de 2014. En 2018, la Corte absolvió a Cepeda y encontró motivos para investigar a Uribe, por la misma razón por la que este había denunciado a Cepeda: compra de testigos.
De acusador, Uribe Vélez pasó a acusado: nadie pudo contra la persistencia de jueces y fiscales, de investigadoras, defensoras de derechos humanos, abogados, periodistas, académicos, trabajadores, víctimas y millones de ciudadanos y ciudadanas que, como en un coro, prefirieron mantenerse de pie a pesar de la inclemencia a la que fueron sometidos en cuatro años de un gobierno elegido por el propio Uribe, entre 2018 y 2022.
La jueza Sandra Heredia eligió leer. Leer once horas para que pudiéramos escuchar, para que supiéramos cuáles habían sido sus guías y balanzas, para que entendiéramos que a veces la espada es frágil ante poderes omnímodos que han reinado en el país hasta crear una necrocultura; una esfera de poder que se ha creído impenetrable; que ha creído que sus valores merecen primar sobre el de los demás; que persiste en suscribir cartas antes de que la justicia dicte su sentencia; que aplaude a los procónsules imperiales, que ofician como instigadores de una hoguera humana que ven arder desde lejos. La jueza Heredia leyó, explicó y entendió el sentido de justicia que podía producir en millones de personas que estuvimos once horas escuchando sus palabras, sus devaneos, su cansancio; sus interpretaciones y explicaciones. La intención de la jueza se expresó desde el comienzo: una de las primeras frases que emitió: «Ya los escuché a ustedes, ahora les pido que me escuchen ustedes a mí».
El sentido del fallo es ya una metonimia de un país que se resiste a creer en los métodos violentos, intimidatorios y patriarcales de la gobernanza paramilitar que se instaló en Colombia. Es un libro ya escrito; una historia que ha intentado ser explicada, contrastada, explicada y denunciada en todos los ámbitos. Vendrán quienes lo controviertan. Quienes estén en desacuerdo con los hechos así hayan defendido eso mismo antes, cuando convenía estar del lado del dios de la paz, pero ahora piensan que es mejor abrazar al de la guerra. El sentido del fallo es el nombre de una jueza expuesta por un medio de comunicación que perdió la cuenta de las semanas que tiene un año y se convirtió en un repositorio de odio. El sentido del fallo proporcionará millones de sentidos que iremos descifrando a medida que pase el tiempo.
He ahí la importancia de los libros: quedan siempre ahí para que alguien los abra en el futuro.
