Por: Juan David Correa. Cambio / www.latardedelotum.com – RED Noticias. _______
Piñón de oreja, dormilón, jaboncillo, aguacerito, guacamayo, guarano blanco, ñagasú, piñón, árbol de oreja, orejón, orejuelo, carita, caro o Carito. Estos son algunos de los nombres de un árbol frondoso que puede alcanzar los 25 metros de altura, que crece entre los 0 y los 1500 m. s. n. m., en diversas regiones colombianas. Al amparo de su sombra se sientan los campesinos del Bajo Sinú, vecinos de Santa Cruz de Lorica, después de la faena del ganado, aquellos que tallan el totumo que guarda el suero o quienes hacen las cucharas de palo para comer el almuerzo. “El pescador de subiendas de bocachicos, el que contaba cuentos de espantos para domar las sombras, el que oraba para alejar a las serpientes, el que adivinaba con una vara dónde estaba el agua en tierras solas y sedientas, el que se refrescaba con la chicha de maíz al medio día, el que se embriagaba con la piña fermentada en las tinajas, el que domaba los caballos, el que le cantaba a la vaca mientras la ordeñaba, el que piloneaba el arroz para la cena, el viajero que se perdió en la lejanía y encontró este árbol y se hizo hijo de sus sombras”. De la sombra de ese árbol han bebido enormes artistas y cultores colombianos. Algunos recordarán a David Sánchez Juliao, otros a Delia y Manuel Zapata Olivella y, los más jóvenes, a Adriana Lucía.
En El Carito saben qué es la política. Córdoba es la tierra de clanes regionales como los Jattin, los Amín, los López, los Calle, los Nader, los Chagüi y los Lyons, entre otros. Casi todos de vertiente liberal, o del partido Liberal, que apoyó el proyecto uribista y que, de una manera profunda, se arraigó en cierta cultura del espectáculo nacional, que tiene, por decirlo de alguna manera, formas evidentes de relación con la música, y la imagen que se tiene en el norte global del ‘sabor’ colombiano.
En esas tierras comenzó su carrera Adriana Lucía López Llorente, que publicó, en 1997, su primer disco, Enamórate como yo. A los catorce años, de repente se convirtió en la Niña del Vallenato. Y como esa cultura iba a ser definitiva en el proyecto de país que vendría de ahí en adelante, consiguió el fervor de quienes para entonces comenzaban a entender que después de la telenovela Escalona, y después de La tierra del olvido, y su mezcla entre pop y sones y paseos, habría que inventar una salida industrial. Así se creó un género llamado tropipop, que intentaba condensar una especie de mixtura entre las raíces campesinas de la música de esa región, y los sonidos urbanos que desde los años setenta comenzaron a llegar a través de eso que después se comercializó como el rock en tu idioma. No en vano, metaleros más glam de los años noventa como Juanes, terminaron cantando A dios le pido, o La camisa negra.
La Niña del Vallenato estaba entonces destinada a ser la heredera de Patricia Teherán, la única mujer de ese género musical que había conseguido un lugar en ese mundo complejo y patriarcal. Había estudiado en la escuela de Bellas Artes, de Montería, y con ese éxito, proviniendo de esa tierra de artistas, firmó con una de las grandes disqueras de entonces, Sonolux —después RCN Entrenimiento— y se hizo famosa en Monterrey, en Ecuador, en Perú y en cientos de ciudades colombianas. Poco a poco entró en esa generación de artistas nacida a finales de los años setenta o comienzos de los ochenta que se erigieron como herederos de eso que había creado Carlos Vives.
Adriana Lucía le propuso a su disquera que liberara su contrato en 2001. La respuesta rotunda fue “la vida musical es un cuarto de hora: te queda poco tiempo”. La promesa de El Dorado suponía una articulación casi fervorosa con ese mundo del entretenimiento que habían comenzado a monopolizar los dos grandes grupos mediáticos colombianos y la nueva meca de la música comercial latina era Miami. Grabó cuatro discos más de vallenato. Acudió a unos buenos amigos. Uno de ellos, Carlos Vives, pagó la multa. En 2008 pudo proponer el suyo: se llamó Porro nuevo. Durante esos años se sentó debajo del Carito a escuchar. Vives le produjo el disco. La nominaron a un Grammy. También, en esos seis años, y los anteriores, Adriana Lucía había conocido de primera mano el paramilitarismo en Montería. Supo que en su pueblo a los ladrones los llamaban LAURAS y los asesinaban en una casa abandonada: les abrían el abdomen, les llenaban el cuerpo de piedras y los tiraban al río. A los profesores de Fecode, sindicato al que pertenece su madre, también comenzaron a asesinarlos.
Cuando conoció al músico César López, de su misma generación —la de la no violencia, según la llamó alguien—, y quien venía de los sonidos del pop en español, con la agrupación Poligamia, entre los dos surgió una conversación sobre las causas de las víctimas de un país asediado por la violencia paramilitar, guerrillera, estatal y la cultura del narco que había sometido al ejercicio de la política. Cuando comenzaron a ir a las comunidades resistentes del país donde los jóvenes eran reclutados, en Miranda, Cauca, o en las comunas de Medellín, ella entendió que se le había abierto algo que para muchos es inexplicable y que solo se descubre cuando se está frente a este país estimulante, sublime, herido y sangrante: la esperanza. Y con esa esperanza, que es un alimento de la desolación que ha producido el poder, empezó a entender que la fuerza de la creación se cifraba en tener conciencia de lo que vivíamos.
La llegada de Juan Manuel Santos a la presidencia de 2010 supuso para muchos la rotunda certeza de que el proyecto de arrasamiento tenía una continuidad garantizada con el exministro de Defensa de Álvaro Uribe. Pero Santos, como Adriana Lucía, cometió el pecado por el cual jamás serán perdonados por los doce y cientos de miles de apóstoles que constituían el uribismo como el evangelio de la guerra sin cuartel contra la guerrilla y cualquier movimiento de izquierda: baste recordar la génesis que supuso el aniquilamiento de la UP por quienes serían los más fervorosos seguidores y colaboradores de ese proyecto político.
Cuando se anunció el proceso de paz de manera pública, en 2012, Álvaro Uribe encendió la llama de la traición de su (improbable) sucesor político e inició una guerra sin cuartel en contra del proceso de paz. En esos años, poco a poco la paz fue conquistando a los artistas, los medios se volvieron más benévolos: Adriana Lucía y César López eran símbolos. Su presencia era significativa para que otros apoyaran públicamente el proceso que se realizaba en La Habana. Unos meses antes del (inapropiado) plebiscito, muchos de ellos fueron invitados a la Casa de Nariño. Colombia significaba esperanza. Adriana Lucía era la cara de la campaña de la marca país. Y a medida que se acercaba aquél día D, el 2 de octubre de 2016, aquella gente que la había invitado a su casa, aquellos que habían bailado su música, comenzaron a condenarla: Santos la había tomado de la mano: el pecado estaba consumado.
La acusaron de haber recibido más de doscientos millones de pesos por su trabajo con Fontur; Luis Carlos Vélez sugirió que tenía una relación con el expresidente; senadoras, representantes, abogados, gentes de bien, se le vinieron encima: ¡guerrillera!
El epítome de esta historia, que es la historia de otro desencuentro nacional, de otra exclusión por parte de las corporaciones y empresas del entretenimiento que han castigado a artistas por no ser neutrales y los han excluido de carteles de conciertos, producciones, telenovelas y un largo etcétera por acercarse a quienes son considerados indeseables por las fuerzas reaccionarias del país, fue el estallido social. Como ocurrió con la paz, muchos decidimos salir a las calles, protestar, entender que en esos gritos de los jóvenes del país se cifraba una verdadera posibilidad de futuro. Actrices como Diana Ángel, Julio Correal y Julián Román, entre otros, fueron puestos en la picota pública. Se inició el macartismo silencioso por parte de las llamadas industrias culturales y muchos callaron, se fueron haciendo mutis por el foro, dejaron de aparecer. La paz dejaba de estar de moda.
En las últimas semanas, Adriana Lucía ha recibido, nuevamente, una andanada de improperios y amenazas. Le han enviado fotos de cadáveres, de partes del cuerpo cercenadas. Le han dicho que se vaya de una puta vez de este país que no quiere izquierdistas entre sus habitantes. Ella dice que canta y seguirá cantando por la esperanza. Que no tiene partido pero sí dignidad. Que su lucha es la pacificación de un lugar llamado Colombia: una potencia intercultural que prefiere ver a sus artistas muertos antes que tomando una voz crítica en esta sociedad. Ya han dado pruebas de que son capaces de todo: desde los asesinatos y los exilios de periodistas como Guillermo Cano, María Jimena Duzán, Antonio Caballero, Alfredo Molano; desde el asesinato de Jaime Garzón; la estigmatización de Patricia Ariza, el castigo a los miembros del sindicato de actores, y un sinnúmero de estrategias brutales de intimidación y silenciamiento a quienes osan abrazar o avanzar en causas sociales o progresistas son parte de nuestro ethos del mundo de nuestro espectáculo.
Sería el momento de que también apareciera un acuerdo en este mundo: en que como dice la también vilipendiada y castigada Margarita Rosa de Francisco, se comprenda que es gracias a todas ellos y todos ellos, y también gracias a su talento, a su imaginación y a su fuerza, nos hemos construido algunos de nuestros más profundos imaginarios populares. Ojalá los colegas músicos, actrices, bailarines, pintores, artistas plásticos, cineastas, escritores y todo el mundo de las llamadas industrias culturales abrazara hoy a Adriana Lucía. Sería una causa justa. Sería una causa colectiva. O seguirán creyendo lo que le dicen los odiadores en las redes: “Usted que ha sembrado tanto odio, ¿por qué no se va para siempre?”.
¿Alguien acaso duda, dentro de las sensibilidades de las culturas, las artes y los saberes del país que tenemos que sembrar más árboles como el Carito y pedir menos cabezas que nos iluminan la vida?
