Por: Cristina Nicholls Ocampo – El Espectador / www.latardedelotun.com – RED Noticias de Colombia. ______
Quien en este momento no tenga todas las alarmas encendidas con Donald Trump no está entendiendo la gravedad de lo que está pasando o simplemente ha decidido resignar el sentido común. Nos enfrentamos a la realización de los delirios de un megalómano que tiene en sus manos uno de los poderes más grandes del mundo. El proyecto trumpista hace rato dejó de ser un cacareo grandilocuente para aterrizar en medidas concretas que afectan no sólo a Estados Unidos sino a casi todo el planeta. Aranceles de castigo, deportaciones masivas, recortes de inversión social en países aliados, discursos de odio y, lo más reciente, interceptaciones ilegales de embarcaciones en el Caribe que dejan como resultado el asesinato de sus ocupantes sin que medie un juicio con todas las garantías procesales del caso.
Respetando a quienes han hecho críticas sanas al proceder del presidente Petro y a sus diatribas temperamentales, resulta absolutamente deleznable que en una situación de esta naturaleza no se defienda al unísono la soberanía nacional. Nos enfrentamos a un proyecto que, en su núcleo, es supremacista, en tanto, expansionista y colonial. Pero en Colombia campean quienes con la brújula moral (y yo diría que hasta psíquica) absolutamente extraviada, han decidido apoyar a Trump en sus pretensiones. Con patéticos videos hablados en un inglés precario, aparecen en redes sociales con la remota esperanza de ser vistos por quien consideran superior. Legitiman discursos injerencistas porque han hecho del desprecio su única deriva política. Diminutos, enfermos de culpa y vergüenza por haber nacido acá, proscribieron cualquier atisbo de dignidad. Demuestran hoy más que nunca que no tienen una idea de nación ni un proyecto político más que el usufructo infinito de esta tierra y sus habitantes y que sus aspiraciones siempre están atadas al complejo de no haber nacido en un país del norte global. La condena de millones les parece un precio justo si ello implica lavarse el pecado original de ser oriundos del “tercer mundo”. Son anticolombianos, ni más ni menos.
Todas las cartas están sobre la mesa y un vistazo a la historia nos da las luces necesarias para entender que lo que se está incubando es una narrativa que pretende legitimar futuras intromisiones de Estados Unidos en Latinoamérica y, de manera muy particular, en Colombia. Es en momentos como este en donde se pone a prueba el valor civil de todos los habitantes de una nación y ya muchos se han rajado de manera estrepitosa. Por supuesto, el llamado no es ni será nunca a perder la cabeza ni a actuar bajo los efectos de un patrioterismo febril, es a buscar fórmulas que le hagan frente a las ambiciones territoriales de un hombre que ha dejado claro que está dispuesto a todo con tal de materializar sus ideas.
Finalmente, si algo bueno nos queda de este preocupante episodio, es presenciar la desnudez de quienes se juran patriotas pero en realidad odian a Colombia y a sus habitantes, la inquina es su marca personal. En el momento en el que más se necesita serenidad republicana, sólo saben destilar mezquindad. No merecen pedir votos en nombre de un país que no tienen la decencia de defender. Nos queda claro que la única patria por la que están firmes es la del extranjero.
