Por: Ana Bejarano Ricaurte – Revista Cambio / www.latardedelotun.com – RED Noticias de Colombia. ______
Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. ______
Mateo 22, 21
En 2024 la documentalista Petra Costa estrenó Apocalipsis en el trópico, una secuela de su película Al filo de la democracia, que mereció una nominación al Óscar. En la primera contó el juicio a Lula y ahora el ascenso de la política evangelista en Brasil. Son dos los protagonistas de esta gesta a los que Petra tiene acceso casi íntimo: el calculador Jair Messias Bolsonaro (énfasis en Messias) y su pastor y jefe de debate: Silas Malafaia.
Malafaia saca pecho cuando dice que el evangelismo político, como estrategia electoral frontal, tiene apenas quince años en Brasil, pero lo cierto es que Costa lo traza hasta los setenta, directamente importado de los Estados Unidos. Por las épocas en las que el papa protestante, Billy Graham, llenó el Maracaná. Ahora, décadas de lobby y ríos de dinero después, el evangelismo llegó a gobernar con Bolsonaro. Lo llaman dominionismo cristiano y es una propuesta teocrática y totalitaria de cooptación del Estado, que venden con tres eslóganes simples y populares: no al aborto, no a la comunidad LGBTIQ y no a las drogas.
Las redes sociales fueron bendiciones para los televangelistas de la política porque su discurso estigmatizante le queda a la medida al algoritmo, que premia y promueve el odio. También recompensa el compromiso de pastores y feligreses con una fe performativa, en la que tiemblan, se desmayan y revientan en llanto ante la presencia de Dios y de las cámaras.
La enorme bancada evangelista reza de rodillas en el Congreso y sus electores protestan ante bases militares para pedir el regreso de la dictadura. Poco antes de la primera vuelta, Jair Messias fue apuñalado y, aunque afortunadamente no hubo riesgo para su vida, sí pudo emitir en vivo por YouTube desde la clínica, para agradecer el milagro con el pastor Silas. Poco después se convirtió en el primer evangelista en llegar al Palacio de Planalto.
En Colombia, Abelardo de la Espriella se conmueve hasta las lágrimas ante el disciplinado voto cristiano. Tiene bastantes pasos por recorrer, porque pasó parte de su vida pública desdiciendo de Dios, defendiendo la diversidad sexual, representando a personas acusadas de traficar drogas o lavar su plata, entre otras pilatunas poco cristianas.
Como el Candidato Papucho, Bolsonaro también descubrió el evangelismo justo cuando decidió entrar seriamente a la política. Tras casarse con su tercera esposa (como cualquier buen cristiano), Jair protagonizó un bautizo de conversión televisado desde Israel, que sirvió de lanzamiento de campaña. Algo así fue la revelación de De la Espriella ante miles de cristianos en Bogotá.
San Abelardo cuenta con el apoyo de dos de las iglesias electorales más fuertes del país: la de César Castellanos de la Misión Carismática Internacional y la del cartagenero Miguel Arrázola. Castellanos es el primer y más importante barón electoral antiderechos del país, cabeza de una empresa en la que piden votos a sus feligreses con lista y conteo en mano.
Arrázola, “el pastor del datáfono”, célebremente recordado por pedirle a sus feligreses que no descuidaran el diezmo durante el COVID, es también discípulo del evangelismo gringo y fue pieza fundamental de la campaña de desinformación que impuso el no en el plebiscito por la paz.
Abelardo renacido repite disciplinadamente las frases que se aprende para justificar su nuevo fervor religioso. Ahora repudia a las familias diversas: “un tipo que se cree gato y otro que se cree ratón adoptan un pincher”, dice, como si los manierismos costeños sobreactuados excusaran el odio que esparce. Se esconde de debates programáticos, pero se dedica a testimonios que exaltan la guerra espiritual y sonríe socarrón cuando recuerda el designio divino que, convenientemente ahora, se ha posado sobre su espíritu.
La mezcla de política electoral y fe es un abuso que sirve para justificar la desigualdad, pues unos deben aceptar con estoicismo la pobreza, mientras sus líderes se enriquecen a punta del diezmo. La pertenencia a una comunidad religiosa se convierte en la obligación de votar por determinadas personas, a quienes santifican temporalmente para aceitar su máquina electoral.
En su posesión Bolsonaro sentenció: “Brasil por encima de todo; Dios por encima de todo”, y así gobernó para imponer su fe, la primera dama se dedicó a hablar en lenguas, nombró a un pastor como juez del Tribunal Supremo y cuando llegó el COVID ofreció oraciones en lugar de tapabocas, dejando a esa teocracia tropical en el segundo lugar de mayores fatalidades del mundo. Petra Costa es la gran retratista del descenso democrático brasileño y ahora reúne la evidencia de cómo el experimento evangelista de Bolsonaro destruyó al país.
Ese modelo se expande por América Latina, porque uno de los fracasos más palpables de la democracia es su incapacidad de alcanzar los lugares a donde sí llegan estas iglesias. Mucha gente ávida de salvación espiritual y con ganas de votar por el que confunda la Constitución con la Biblia. Pero, aunque los votos sean disciplinados, quién sabe cómo resulte el candidato. Una apuesta riesgosa la de los caciques electorales del púlpito es concentrar su apoyo en un pastor cuyo culto predilecto es él mismo.
