LA GENTE DE BIEN EN COLOMBIA VISTE DE GUCCI, PRADA, VERSACE, PERO HUELE A CACA.

Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com – RED Noticias de Colombia.  ______

A nuestro amado país lo podemos dividir en dos clases sociales, existen los muy ricos (3%), dueños del país, que son una franja de compatriotas (aunque ellos se consideran más europeos o miamenses que otra cosa), demasiado pequeña, y otra franja donde estamos el resto de los colombianos (97%), aquí cabemos todos, aunque existan enormes diferencias._____

En esta última franja está nuestra “gente de bien”, aquellos que se clasifican en los estratos 5 y 6. También se cuelan por efecto de la innata capacidad arribista, especímenes de estrato 4, esos que mantienen endeudados hasta el cuello por aquello de las apariencias. De igual manera, no faltan algunos del estrato 3 con una pasmosa habilidad trepadora y que son más papistas que el papa, defensores a ultranza del establecimiento.

Esta autodenominada gente de bien, corderos de la derecha que miran a sus semejantes por encima del hombro con desprecio y desdén, hacen parte de lo que se puede considerar la miseria humana de nuestra nación.

Esa gente de bien que reza en latín y pela rodilla cada domingo; traiciona en inglés a hurtadillas y vitupera en español, en voz alta, a sus conciudadanos, es parte de la fauna tropical colombiana. Aquí, “el sol brilla para todos, pero la sombra la han vuelto exclusiva” para unos pocos. La mayoría viste, empeñando hasta la conciencia, con Gucci, Prada y Versace; esos que declaran renta con imaginación creativa y desdeñan a otros de escalas inferiores porque solo tienen para Tcherassi, Toro, Zajar o Cortázar. Incluso desprecian de manera virulenta a quienes visten de esas dos perlas de orgullo nacional que despotrican contra la economía nacional y que cosen con telas de contrabando, Hernández y don Arturo Calle. Estos últimos colombianos  de la base de la pirámide social, son despreciados por la ralea de supuestos oligarcas.

Colombia que ha sido una finca grande, administrada por mayordomos con ínfulas de virreyes, está dividida en dos: el 3% que se cree heredero directo de las coronas europeas, especialmente española (manizaleños, payaneses y bogotanos), aunque su árbol genealógico arranque en un comercio de barriada. Y el 97% restante, que madruga, paga impuestos y pone los muertos cuando algo en el andamiaje “normal” del país sale mal.

En esta repartija de roles de la gran finca, la autoproclamada “gente de bien”, la que se escandaliza cuando un joven protesta pero aplaude cuando un banquero especula, vive con el convencimiento que la desigualdad es designio divino y que ellos son tocados por el espíritu santo. Van  a misa de doce, comulgan en primera fila con mirada lánguida y perdida, de no matar a una mosca, pero al salir preguntan cuánto costaría privatizar hasta el incienso o quizás hasta embolsillarse los trastos de la liturgia.

Algunos hablan de meritocracia mientras heredan empresas o emprendimientos (buenos y malos); defienden la libre competencia  siempre y cuando el competidor no haya nacido en un pueblo si no en un gran ciudad del extranjero. Se indignan por el subsidio a los campesinos o a los abuelos, pero consideran estímulo empresarial cualquier exención tributaria diseñada a su medida. Y si alguien osa cuestionar ese “orden natural de las cosas”, lo etiquetan  de resentido, castrochavista o de comunista.

Esta camarilla es experta en filantropía con deducción tributaria. Organizan cocteles solidarios y de caridad donde una copa cuesta lo que le vale el mercado semanal a una familia. Publican y comparten en redes frases de Paulo Coelho, Deepak Chopra y Danielito Samper, pero tiemblan cuando se menciona la palabra “reforma”, reforma laboral, un horror, agraria, sacrilegio, tributaria para los ricos, persecución. La que si es bienvenida es la reforma estética.

Tal vez algún día la “gente de bien” descubra que la ética no combina con el clasismo y que el progreso no puede edificarse sobre el desprecio.

Mientras tanto, ese 3%,  porque en todas las sociedades hay élites, seguirá brindando con champaña importada por un país que consideran suyo (de su propiedad) y  que nunca han querido compartir. El drama en Colombia es que las élites criollas, cohabitan (si acaso), no lideran, administran privilegios. No construyen país, son rentistas de capital y solo lo alquilan al mejor postor. Se lucran del extractivismo minero energético, con el favorecimiento de las multinacionales y lo peor, se creen dueños, administradores sin lupa del erario.

En Colombia hay quienes presumen linaje, apellidos, se creen dueños del país, del paisaje y de la historia. Esos que pasan más tiempo en urbes del primer mundo o en las ciudades que son los albañales de moda. Se visten con marcas y se perfuman de manera costosa, ellos son los que huelen a CACA.

Los demás, el pueblo trabajador es el que carga el país al hombro, lo construye, lo cambia y hoy nos llegó la hora. El Cambio.

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