Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com – RED Noticias de Colombia. ____
En Colombia hay apellidos que pesan. Algunos pesan tanto que atraviesan siglos sin preocuparse. En el Cauca conocemos uno que parece venir con certificado de nobleza, cédula real y olor a incienso colonial: Valencia. _____
En este país hay familias que parecen estar por encima de los demás, Valencia es una de ellas, un linaje que lleva más de tres siglos caminando por la historia del Cauca y de Colombia, con la tranquilidad de quien sabe que el poder también se hereda y la impunidad que este les da.
La aristocracia criolla payanesa fue durante siglos una pequeña república de apellidos ilustres, sotanas almidonadas, abundancia de iglesias para la absolución de pecadores y haciendas de límites interminables. Allí se gobernaba con la Biblia en una mano y el látigo en la otra.
Mientras los criollos recitaban a Guillermo Valencia en los salones de mármol, ese mal poeta con ínfulas parisinas, que presumía de una supuesta y “aristocrática pluma”, cuando esto ocurría, la economía regional seguía descansando sobre el viejo sistema colonial, tierra concentrada, mano de obra sometida y un orden social donde cada quien debía saber cuál era su lugar.
En la “noble y distinguida” Popayán del siglo XVIII, algunas familias criollas recibieron de la corona española el reconocimiento social que en la época valía más que cualquier título, la bendita cédula real de hidalguía. Certificación de que la sangre venía “limpia”, sin mezcla con el pueblo que sostenía la economía colonial, esclavos africanos, indígenas y peones.
Las haciendas crecían, los latifundios se multiplicaban y las familias de abolengo administraban el territorio como si fuera una herencia familiar concedida por Dios… y refrendada por el rey.
En medio del paisaje colonial aún se ve como una metáfora, el viejo Puente del Humilladero, para cruzarlo había que inclinar el cuerpo, bajar la cabeza, en otras palabras, humillarse. De allí su nombre, así funcionaba también la sociedad caucana.
Mientras en las casonas blancas se celebraban tertulias literarias con versos del refinado poeta, orgullo de la élite payanesa, el campo seguía organizado bajo la lógica colonial: grandes propietarios arriba, campesinos e indígenas abajo.
A comienzos del siglo XX apareció un indígena nasa que decidió que el puente no se cruzaba de rodillas, se llamaba Manuel Quintín Lame. Autodidacta, rebelde y profundamente político, Lame empezó a organizar a las comunidades indígenas para reclamar lo que durante siglos les habían quitado, la dignidad y la tierra.
En el Cauca esto era un sacrilegio. Cuestionar la propiedad de las haciendas significaba tocar el corazón del poder regional y la respuesta fue la de siempre, persecución, cárcel y estigmatización. Lame fue detenido varias veces por el simple delito de recordar que antes de los latifundios existían resguardos indígenas.
De ese mismo linaje aristocrático surgiría después el presidente Guillermo León Valencia, figura central del establecimiento político colombiano del siglo XX, perseguidor de indígenas, expropiador de tierras. Hoy ese mismo apellido sigue resonando en el Capitolio a través de la senadora Paloma Valencia, quien después de varios ex abruptos, como decir que el Cauca se debe dividir para blancos e indígenas, pretende ser presidenta de Colombia con el respaldo de Uribe, este sin blasones ni linaje, un aparecido, pero igual o más peligroso que los abuelos de ella.
En nuestro país los apellidos funcionan como empresas familiares que pasan de generación en generación con una eficiencia que ya quisieran muchas multinacionales. Por eso cada vez que en el Cauca se habla de tierra, desigualdad o pueblos indígenas, la historia vuelve a aparecer como un fantasma incómodo para algunos, detrás del abolengo, de los discursos en el Senado y de la poesía modernista, también hay una memoria larga que empieza en el siglo XVIII: masacres, despojo y muerte, grandes haciendas, jerarquías coloniales y pueblos enteros obligados durante siglos a cruzar el mismo puente… con la cabeza inclinada. La diferencia es que hoy muchos ya no están dispuestos a hacerlo.
La historia parece repetirse, ayer, el bisabuelo y el abuelo Valencia en contra de Quintín Lame y los pueblos originarios del Cauca y Tolima. Hoy, la nieta Valencia, desde el poder económico y la ambición política, desprecia y señala a Aída Quilcué, la recién nombrada vicepresidenta de Cepeda, y a los pueblos ancestrales, no solo del Cauca sino de todo el país, eso ya no se tolera.
