Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com – RED Noticias de Colombia. ______
En 1998 asistí por primera vez a la Vitrina turística de Anato, evento que desde comienzos de esa década se había afincado en Corferias en Bogotá y convertido en el referente de la comercialización turística en el país. Este año se lleva a cabo la edición # 45, del 25 al 27 de febrero; el Caribe Mexicano es el destino internacional y Córdoba el destino nacional, invitados. Risaralda figuró como departamento invitado en 2017, asistimos con una oferta sustentada en el café, el turismo de naturaleza y la oferta de tres parques que se integraron en un solo stand (Ukumarí, Consotá y Termales Santa Rosa).
La Vitrina ha cobrado mayor relevancia con el tiempo en el marco de la macro rueda de negocios COLOMBIA TRAVEL MART que reúne importantes profesionales del turismo de diferentes partes del mundo, y se ha convertido, en epicentro de negocios turísticos mundiales, allí se reúnen: aerolíneas, hoteles, agencias y entidades oficiales en turismo receptivo y emisivo.
Quiero aprovechar este evento para dirigir el foco de atención a un tema que ha pasado casi desapercibido en Colombia y que ha impactado negativamente al Eje cafetero, la gentrificación. En nuestro territorio la memoria campesina e indígena ha tejido durante generaciones una relación sagrada con la tierra, desde hace unos años, se libra una disputa silenciosa, la de un territorio convertido en mercancía. Somos testigos de la forma como pueblos tradicionales de los tres departamentos están siendo transformados por una marea de infraestructuras turísticas, bajo un discurso simplista y falto de planificación, de DESARROLLO. Las prácticas históricas son desplazadas y vulnerada la soberanía territorial de los habitantes ancestrales.
La Gentrificación no solo encarece la tierra, la vivienda, expulsa las familias tradicionales hacia las periferias o ciudades más grandes y redefine el lugar, por ejemplo, lo que antes era una plaza pública, ahora se convierte en un escenario decorado para fotos y selfies. Un minifundio productivo se convierte en un hotel boutique o un alojamiento rural. Los componentes del paisaje cultural cafetero se han reducido a escenarios folclóricos. En resumen, el territorio deja de ser un espacio para la vida y se convierte en un activo inmobiliario.
El impacto social y económico es inmenso, aumento del costo de vida, precarización laboral, empleo de temporadas, pérdida de la identidad cultural y un alto impacto ambiental sobre fuentes de agua y suelos. El tejido social y comunal se rompe cuando el arraigo se rompe por efectos del “mercado”, la prosperidad económica siempre beneficia más a los inversionistas externos que a las comunidades locales. Consecuencias, exclusión social, aumento de la desigualdad y transformación cultural de los pueblos.
Son aspectos claves en la gentrificación, el desplazamiento, muchos habitantes se ven obligados a mudarse a otras zonas, porque venden o por el alto costo de vida. Revalorización inmobiliaria, aumentan los costos de alquileres y los precios de los inmuebles para compra, generalmente las zonas que más rápido sucumben son los centros históricos y comerciales. Cambio del uso comercial, los pequeños negocios son reemplazados por sitios de servicios turísticos e infraestructura (Airbnb) entre otros.
¿Qué hacer?
- Fortalecer los planes de ordenamiento territorial bajo un enfoque participativo y consulta previa real.
- Planificación estratégica como herramienta de gestión a largo plazo, basada en diagnósticos participativos, políticas públicas de turismo, servicios, desarrollo sostenible y sustentable.
- Priorización del turismo comunitario y rural, basado en los habitantes locales.
- Regular el uso del suelo y controlar la especulación inmobiliaria.
- Protección jurídica de los territorios con valor cultural, natural y ancestral.
- Impulso a las economías locales.
¿Qué no hacer?
- Entregar licencias sin estudios ambientales y/o sociales.
- La cultura no puede ser convertida en un simple atractivo comercial.
- Permitir alzas desproporcionadas de arriendos.
- Sustitución de cultivos tradicionales.
El desarrollo turístico de una población no puede significar desplazamiento y despojo de los habitantes de esta, el respeto por la historia, el entorno, las tradiciones y los valores ancestrales de las comunidades son la riqueza de estas poblaciones, su alma, su esencia. Defender el territorio no es oponerse al progreso, es exigir que ese progreso se sustente en raíces.
Este fenómeno es cada vez más visible en ciudades y destinos populares de todo el país, tenemos casos en ciudades como Medellín, Pereira, Cartagena y playas como Palomino, archipiélago de San Bernardo y golfo de Morrosquillo en la Costa Atlántica y en el Pacífico, Nuquí y Capurganá. Existen alertas desde hace algunos años sobre este fenómeno social, en Colombia ha ido aumentando paulatinamente, encender las alertas no basta, los entes nacionales y territoriales deben tomar cartas en un asunto que puede ser grave, veamos la mejicanización de Medellín y el valle de Aburrá.
