La verdad no se negocia; se encara con la frente en alto, como lo hace la gente de principios que hay en la Nación y que es la mayoría. Sin embargo, en esta Colombia de poderes heredados y micrófonos alquilados al mejor postor, la transparencia se ha vuelto el enemigo público de quienes cimentaron su prestigio sobre las falsas narrativas, el cinismo y la impunidad. Hoy, mientras la esperanza toma cuerpo con la irrupción de la transparencia de Iván Cepeda y la dignidad ancestral de Aída Quilcué, la desgastada maquinaria del miedo, esa que aceita sus engranajes con la mentira, ha vuelto a tomar respiro para intentar frenar lo inevitable.
No es gratuito el ataque sistemático, ese hostigamiento de titulares amañados que hoy satura el espectro. Lo que estamos presenciando es una auténtica guerra mediática orquestada desde una derecha que no tolera que el país deje de ser su feudo privado. Los mismos que ayer callaban ante el despojo, hoy gritan desde sus púlpitos editoriales, intentando vender una amenaza donde solo hay coherencia. Iván Cepeda, el hombre que convirtió la ética en un escudo contra la impunidad, y Aída Quilcué, heredera de la voz milenaria que no se dobla ante el fusil ni ante el micrófono prepago, ellos representan la Colombia profunda que la élite de las principales capitales pretende ignorar. Temen, en el fondo, que la verdad sea más contagiosa que su propaganda de miedo.
A los profetas del desastre y a los dueños de la opinión sesgada, se les dice claramente: “el 2026 no será el año del retorno al pasado, ni el de las componendas de segunda vuelta en los clubes del norte de Bogotá”. La victoria en primera vuelta de la dupla Cepeda – Quilcué no es un objetivo sin sentido ni un capricho de encuesta; es el grito de un pueblo que se cansó de ser espectador de su propia tragedia y que ya no acepta migajas con excusas.
La derecha, desesperada, lanza y se desboca con mentiras porque sabe que su tiempo se agotó en las calles y en las urnas. El veredicto será radical, la dignidad está en el tarjetón, y contra la voluntad de una Nación que decidió avanzar, no hay guerra mediática que valga.
¿De qué se queja la derecha? Se queja porque «Pacto Histórico en Primera» no es solo un eslogan, sino una realidad presente en las encuestas, allí Cepeda lidera desde hace meses con un sólido 35%. Les aterra que la palabra, reconciliación, sea pronunciada por quienes han puesto los muertos, y no por quienes han enfilado los fusiles y ordenado los disparos. La estrategia de la derecha esta evidenciada, descalificar lo que no pueden derrotar en las urnas. Usan medios y redes sociales (bodegas), para sembrar dudas, ignorando que este conglomerado ganador nace de las entrañas de los territorios, allí donde la ausencia del Estado ha sido la única constante.
La conveniencia de esta dupla es aritmética y es moral. Es la suma de la decencia legislativa con la sabiduría ancestral. Mientras otros candidatos se desgastan en cálculos de oficina, Cepeda y Quilcué caminan la palabra. El Cambio no es un salto al vacío, es la consolidación de un proyecto que busca, por fin, sacar la corrupción de la institucionalidad.
A los profetas del desastre y a los dueños de la opinión sesgada, se les advierte que el 2026 no será el año del retorno al pasado. La posible victoria en primera vuelta no es una ambición ciega, es la respuesta de un pueblo que se cansó de ser espectador de su propia tragedia. Colombia necesita sanar, y para sanar se requiere la valentía de enfrentar a esos poderes que hoy, desesperados, disparan mentiras porque saben que sus privilegios están caducando.
La suerte está echada. La dignidad está en el tarjetón. Y contra eso, no hay guerra mediática que valga. Y el sorteo en el tarjetón, los ubicó, como en una premonición, en la primera casilla, ARRIBA A LA IZQUIERDA EN PRIMERA.
