Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com ______
Colombia es un país de historias fragmentadas, una geografía donde el dolor ha echado raíces profundas, pero donde la dignidad se niega a marchitarse. Cada 9 de abril, el calendario nos sacude la indiferencia para recordarnos que no somos solo cifras en un boletín de prensa, sino una nación construida sobre historias de millones que lo perdieron todo, menos el derecho a la verdad. ______
El origen de esta fecha no es fortuito, es el 9 de abril de 1948, cuando el eco de los disparos contra Jorge Eliécer Gaitán desató el caos de violencia que aún no amaina en algunas regiones. La ley 1448 de 2011 – Ley de víctimas – institucionalizó esta fecha como Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad. No se hizo como una efeméride vacía, sino como un imperativo ético de reconocer que el Estado y la sociedad tienen una deuda moral con quienes han padecido el rigor del despojo, el desplazamiento y la ausencia.
La conmemoración de hoy no es simplemente mirar por el retrovisor de la tragedia. Significa entender que la memoria es un acto de resistencia. En los parques de los pueblos y las capitales, las víctimas se reúnen no para pedir lástima, sino para exigir justicia y, sobre todo, para evitar que el horror se repita. Es el momento en que el país debe mirarse al espejo y aceptar que la paz no es un documento firmado en un escritorio, sino un proceso de sanación colectiva que pasa por abrazar el dolor ajeno como propio.
Este día representa para la nación un puente entre el pasado que nos duele y el futuro posible, recordar el horror es el único camino seguro para no repetirlo y para construir la nación digna que hasta ahora se nos ha escapado. Es la oportunidad de transitar del papel de espectadores de la violencia al de protagonistas de la reconciliación.
Hacer memoria es, en últimas, la única forma de asegurar que el olvido no sea la última palabra. Que la solidaridad no sea un eslogan de un solo día, sino el cimiento de una Colombia que, por fin, aprenda a escucharse. Esta memoria tiene rostros de mujeres y hombre que, más allá del daño sufrido, han decidido ser los arquitectos de su propia reparación y de la reconciliación del país.
Al final, este 9 de abril no puede quedarse en el frío protocolo de una ofrenda floral o un discurso de balcón. Para la Nación, este día representa el puente entre el pasado que nos duele y el futuro que nos debemos; un andar donde la memoria deje de ser una herida abierta para convertirse en la luz que alumbra el camino. Un país que se atreve a recordar con honestidad, es un país que se está dando a sí mismo la oportunidad de no repetirse. Nos debemos esa paz, nos debemos esa verdad, pero, sobre todo, nos debemos la dignidad de no dejar a ninguna víctima atrás, en el olvido.
