Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com _____
Esta frase se ha hecho icónica, convirtiéndose en el principal lema de unión en Colombia tras el devastador terremoto del 10 de agosto y por la incompetencia que raya la indolencia, en nuestros gobernantes de turno, local y nacional. _____
El veredicto sobre esta tragedia es inapelable y ampliado de manera exponencial en los siete días transcurridos cuando la realidad de lo acontecido ha sepultado la pirotecnia retórica de los mandatarios, dejando al desnudo una incompetencia macabra contraria a lo que dicta el conocimiento y la planificación.
El terrible suceso no solo agrietó la tierra, destruyó en gran porcentaje la infraestructura de Pereira y otros territorios, sino que resquebrajó de un solo golpe la ilusión de autoridad de la administración de Abelardo de la Espriella, cuya respuesta inicial ante la magnitud de la tragedia, ha sido un enorme monumento a la desconexión y el desconocimiento del país, también el mejor ejemplo de lo que significa “parálisis burocrática”.
Mientras los territorios afectados por esta catástrofe colapsan entre los escombros, el olvido gubernamental y ahora el lodo, parece que la mayor preocupación de los nuevos inquilinos de cualquiera de las sedes del gobierno nacional sea el espectáculo mediático, el reparto burocrático y la abierta de piernas y puertas a dos gobiernos extranjeros, que la urgencia de los rescates y una estructura planificada para afrontar el desastre.
Causa indignación cuando menos, rabia o “putería” dirían muchos, ver en medio del caos, esa genialidad oficial de repartir balones y camisetas de futbol en Buenaventura; ¿acaso unas pelotas pueden llenar los estómagos de la gente o abrigarlas del frio? Bajo esta misma premisa y ligereza ideológica, ministros en oficinas estrato 20 prometen toneladas de cemento en zonas del Pacífico en donde las construcciones tradicionales y sostenibles son en madera, evidenciando un desconocimiento no solo geográfico sino cultural y social absoluto.
La misma torpeza y desconexión tuvo eco a nivel local en la administración de Pereira. El rol cumplido por el alcalde Salazar ha sido un compendio de equivocaciones y politiquería por el inconmensurable apetito de poder de parte suya y su cónyuge. La cancelación de las fiestas de la ciudad parece haber sido, “presumiblemente”, un golpe fuerte a sus arcas, y la politiquería municipal por parte de ese nuevo clan ha salido sin recato en el peor momento. Mientras los ciudadanos claman por directrices claras, apoyo técnico efectivo en las zonas deterioradas de la ciudad y la satisfacción de las necesidades primarias, el alcalde ha optado por la figuración mediática y de cálculo político; ha actuado con pasmosa lentitud en la coordinación de un plan general de acción con los organismos de socorro municipales.
La percepción de su gestión en esta crisis por parte de la ciudadanía es que ha sido errática y desconectada de las necesidades reales de los damnificados, lo que demuestra que la miopía administrativa no es exclusiva de Bogotá, se replica con igual cinismo en los despachos locales, prefieren la foto de prensa antes que salvaguardar vidas y actuar efectivamente.
De otra parte, la falta de ética desbordó en el momento que se privilegió la demolición de los inmuebles afectados de manera apresurada, ignorando el clamor de las familias y priorizando el show de la maquinaria pesada sobre la búsqueda minuciosa de sobrevivientes; ¿buscando un aplauso por la eficiencia en la reconstrucción? O simplemente por acelerar con esto, la llegada de recursos para tapar los huecos financieros que se han evidenciado.
El colmo de la indolencia estatal se vio retratado en la directriz del ministro del interior, pidiéndole a la comunidad golpeada y en duelo, que auto reconstruya sus viviendas, la desfachatez es total, transferir esta responsabilidad constitucional de la UNGRD a las víctimas no tiene presentación.
Por todo lo anterior: el vacío de liderazgo de De la Espriella, la torpeza de Salazar y la actitud de ministros y secretarios de adorno, es que la Nación no se ha cruzado de brazos; en una muestra conmovedora de resistencia, la sociedad civil se volcó masivamente a las calles y a las redes sociales. Han sido los ciudadanos de a pie, jóvenes con picos, palas y baldes, juntas de acción comunal, fundaciones y entidades sin ánimo de lucro, todos voluntarios, quienes, de manera espontánea y responsable con sus gentes, asumieron el control real de esta emergencia.
La frase «Solo el pueblo salva al pueblo» no es un eslogan de consuelo; es una irrebatible condena política a un gobierno que ha preferido el juego de la política partidista. Los territorios afectados están de pie, no por la benevolencia de los mandatarios, sino por el empuje de una sociedad que ha aprendido de los golpes de la historia, que su supervivencia depende exclusivamente de sí misma.
La solidaridad popular no borra la negligencia del Estado, la expone de manera contundente con una crudeza vergonzosa.
Para concluir, los grandes medios guardan silencio sobre las equivocaciones del mandatario colombiano y aplauden algunas de sus barbaridades. Pequeños medios locales prepagos por el nuevo clan, tratan de lavarle la cara a la administración sin importar su credibilidad y prestigio. Las rodilleras, algunos las tienen puestas desde hace un tiempo, pero la gente ya despertó y no come cuento.
“SOLO EL PUEBLO SALVA EL PUEBLO” y no es politiquería, es la realidad.
