Por: Marta Ruiz – Revista CAMBIO / www.latardedelotun.com ______
En una entrevista que ya es leyenda con la periodista Margarita Vidal, el maestro Darío Echandía, un liberal de racamandaca, dijo hace años que la democracia colombiana era un orangután con sacoleva. La frase señalaba la paradoja de un país capaz de construir instituciones estables y, al mismo tiempo, convivir con la violencia, la exclusión, la corrupción y otras prácticas poco civilizadas.
Años después, Francisco Gutiérrez convirtió aquella imagen poderosa en el título de uno de sus libros sobre el régimen político colombiano, con foco en el clientelismo. El descarnado retrato de una democracia capaz de sabotearse a sí misma sin que se le haga una arruga en el traje.
Ya que los contenidos de la democracia en Colombia han sido más bien precarios, las formas servían de consuelo. Hasta estos días.
Abelardo de la Espriella lleva dos semanas gobernando, y a pesar de que en teoría es poco tiempo, ha sido suficiente para verle las orejas al lobo. Muchos de quienes votaron por él, convencidos de que era el menor de los males, ahora pasan saliva gruesa. Confiaron en que las instituciones y los equilibrios de poder serían un factor de moderación para el recién elegido presidente. Algo que está por verse.
Y es que ya el sacoleva está hecho girones. Su ruptura no es realmente con el anterior Gobierno, sino con ciertas tradiciones democráticas que se daban por descontadas.
Empecemos por la soberanía. Admitamos que Colombia no es el mejor ejemplo de dignidad en esa materia ya que en muchos momentos la DEA y la CIA han actuado en más de una operación encubierta, y durante el Plan Colombia hubo una presencia militar estadounidense más allá de lo que los presidentes reconocen. Pero de ahí a que haya operaciones conjuntas hay un triple salto mortal, sin anestesia.
Llama la atención que fuéramos notificados de este giro en el manejo de nuestro conflicto interno por Pete Hegseth, secretario de Guerra de Donald Trump, y no por el ministro de Defensa o el propio presidente, quien, dicho de paso, parece olvidar que la presencia de tropas extranjeras requiere la aprobación del Senado de la República. Pero bueno, se trata de Trump, un condenado por la justicia de su país, que ya se pasó por la faja a su propio Congreso en los casos de Irán y de Venezuela y de su criminal ofensiva contra lanchas en los mares del continente.
El viraje en política exterior no termina ahí. El nuevo Gobierno ha decidido acompañar al paria del momento, Israel, en su agenda de hostilidades con el mundo. Reconoció la soberanía de Marruecos sobre el Sahara Occidental y la de Israel sobre los Altos del Golán, un gesto de hostilidad con el mundo árabe. Además, supimos por Nate Morris, embajador gringo designado, que De la Espriella tendría la intención de sacar a Colombia de la Ruta de la Seda china. Un tiro en el pie en materia económica, que nos deja en condiciones de desigualdad con el resto de la región.
También está la Corte Penal Internacional. El Gobierno estudia denunciar el Estatuto de Roma, que es una espada de Damocles para los genocidas del mundo. Retirarse no es más que un guiño a Trump y Netanyahu, a quienes el sol ya les da en las espaldas.
El segundo terreno en el que nunca nos habíamos adentrado tan de frente es el de la censura, que en la Colombia de sacoleva siempre había sido indirecta. En el gobierno de los ‘nunca’, en cambio, se empieza a manipular el lenguaje sin pudor.
La directora del ICBF considera un sesgo ideológico hablar de niños y niñas, y prefiere el término “niñez”. El Ministerio de Agricultura bajó de las redes la información institucional del Gobierno anterior, y la cereza del pastel está en RTVC, donde de un tajo se acabó la franja de noticias y se suspendió la programación de 20 emisoras de paz.
Este último aspecto es delicado. Estas son parte del acuerdo de paz, concertadas bajo el reconocimiento de que las regiones más afectadas por el conflicto también eran territorios silenciados. Por lo menos una tercera parte de ellas emiten en municipios afectados por el terremoto de la semana pasada. La información no solo es un derecho sino, en este caso, un recurso humanitario que salva vidas.
Se acaba también la libertad de cátedra, que solía ser un consenso básico del Estado de derecho que nos rige. Bajo la dudosa premisa de que la educación en Colombia era marxista, la ministra de Educación anuncia ahora que el Estado se meterá en los contenidos educativos: la tarea será “restaurar principios y valores, sacar la ideologización del país y respetar el derecho de los padres en la educación”. Algo que resuena con Cuba, la Hungría de Orbán, la Rusia de Putin y Corea del Norte, donde la educación está al servicio del proyecto ideológico de los gobiernos.
Y sigue el manoseo a la fuerza pública. Duque sacó a gran parte de los militares y policías vinculados al proceso de paz de Santos, con lo que debilitó bastante las capacidades instaladas para el posconflicto. Petro sacó de un plumazo a 48 generales para lograr una comandancia que le diera confianza. Ahora De la Espriella ha retirado a 26 generales y almirantes para conformar la nueva cúpula. El problema es cuando estos cambios se hacen con un rasero de política chiquita, de lealtades al caudillo de turno, y no con un concepto de política de Estado. Eso es jugar con candela.
El talante vengativo y sectario del nuevo Gobierno se expresa en la práctica, ya extendida a todos los ministerios, de cambiar hasta al barrendero que trabajaba para el Gobierno anterior. Ni Laureano Gómez se hubiese atrevido a tanto.
Expresión de este espíritu de camorra es el llamado ‘Libro de la verdad’. Se trata de una pieza de prestidigitación que, salvo algunas denuncias puntuales que ya estaban documentadas por entes de control, pretende convertir el programa de gobierno de Petro, sus errores administrativos o problemas estructurales del Estado en una acusación criminal. Ecos de la doctrina Ordóñez, derrotada en los tribunales internacionales.
Adicionalmente, el viernes pasado el presidente de los ‘nunca’ objetó la ley que favorece la meritocracia en el Estado, porque considera que vuelve “inflexible” la contratación. Eso me recuerda a cierto político antioqueño dueño de una inmensa clientela, quien decía que lo suyo era dar empleo, y que eso no era pecado.
Pistas de que el orangután sigue ahí, pero sin su sacoleva.
El maestro Echandía también decía que “Colombia es un país de cafres”, solo que en aquella entrevista con Margarita Vidal se rectificó: “Últimamente creo que calumnié a los cafres”. Ahora yo temo estar calumniando a los orangutanes, que son animales con gran empatía, dados al cuidado de los suyos y excelentes constructores.
