Por: Lucero Martínez Kasab* – La Nueva Prensa / www.latardedelotun.com _____
El Premio Nobel de Paz 2026 acaba de ser entregado a Navanethem ¨Navi ¨ Pillay, jurista sudafricana, por su contribución a la paz, al derecho internacional y a la justicia global. Navi, como la llaman cariñosamente, fue defensora de Nelson Mandela en 1973, durante el apartheid; presidió el Tribunal Penal Internacional para Ruanda; presidió una comisión de investigación del Consejo de Derechos Humanos de la ONU para el conflicto Israel-Palestina concluyendo que en Gaza se estaba cometiendo un genocidio. En 2025, Navi, declaró: La responsabilidad recae en el Estado de Israel. Actualmente es juez de la Corte Internacional de Justicia. El comité del Premio Nobel explicó que había elegido a esta jurista por su excepcional valentía e integridad…, a lo que la galardonada replicó con gran calma ¿Por qué necesitaría valor para decir la verdad?
Sudáfrica es un país al final del continente africano, un territorio hermoso con exuberantes paisajes verdes de selvas y con costas sobre los océanos Indigo y Atlántico. Tierra y cultura de la filosofía de El Ubuntu que se traduce en Yo soy porque nosotros somos, un modo de pensar que privilegia la conexión humana por encima del individualismo occidental. Más arriba de ese continente ancestral, al Norte, en Egipto, surgió el símbolo de la Justicia, la balanza; esa a la que los juristas le rinden honores en sus dictámenes, como lo ha hecho durante su larga carrera Navi la ganadora de este Premio Nobel de la Paz.
Los antiguos egipcios tenían una diosa, Maat, era la verdad, la justicia, el equilibrio y el orden del universo. Era el principio que impedía que el mundo sucumbiera al caos. Sin Maat, la vida humana perdía su fundamento moral y, el universo, su equilibrio. La representaban como una mujer que llevaba una pluma de avestruz sobre la cabeza. Una pluma, algo tan ligero, tan delicado, tan aparentemente insignificante, convertido en la medida suprema de la existencia humana. Cuando una persona moría, su corazón era colocado en uno de los platillos de una balanza, -ese objeto que, con el paso del tiempo simbolizaría la Justicia-, en el otro platillo descansaba la pluma de Maat. No se pesaban las riquezas, las conquistas, los títulos ni el poder que una persona hubiera acumulado durante su vida. Se pesaba su corazón. Un corazón que debía responder por sus actos.
Todo difunto debía pasar por el Juicio Final -ese, al que no le temen los asesinos- ahí debía declarar que no había matado injustamente, que no había hecho sufrir a otros, que no había robado ni privado al hambriento de sus alimentos ni cometido injusticias contra sus semejantes. La Justicia, por tanto, comenzaba en la relación con los demás. Aquella civilización que levantó pirámides, estudió los astros, desarrolló la medicina y cuidó al Nilo durante milenios había comprendido algo formidable: que el orden del mundo no podía separarse de la conducta moral de quienes lo habitan y, para expresar ese pensamiento eligieron una pluma. Entonces, Anubis, el dios con cabeza de chacal, coloca el corazón del difunto en uno de los platillos, en el otro, está la pluma de Maal. La balanza determina el destino del muert
Si el corazón se encuentra en equilibrio con la pluma quiere decir que el difunto ha vivido conforme a Maat, es decir, conforme a la verdad y la justicia. El difunto es declarado justo; puede pasar donde Osiris, señor del mundo de los muertos, y acceder a una existencia bienaventurada en el más allá. Pero, si el corazón pesa más que la pluma, ocurre algo terrible: debajo de la balanza está Ammit, una fiera con cabeza de cocodrilo, cuerpo de león, parte hipopótamo que se comerá ese corazón perdiendo el difunto la posibilidad de continuar con su vida en el más allá.
La lección que el Antiguo Egipto envía al mundo contemporáneo tan centrado en el cerebro es, que lo importante en los humanos no está en la cabeza sino en el corazón, centro de la conciencia, la inteligencia, la memoria, los sentimientos y la voluntad moral. No separaban radicalmente pensamiento de sentimiento. El corazón era el lugar donde el ser humano comprendía el mundo, tomaba decisiones y respondía por sus actos. Así, durante la momificación retiraban el cerebro, pero conservaban el corazón dentro del cuerpo, pues éste era indispensable para el juicio después de la muerte. La balanza no preguntaba cuánto sabía una persona, cuánto poseía o cuánto poder había alcanzado. Preguntaba cómo había vivido, incluso los faraones no eran dueños de la verdad y de la justicia, su función era preservarlas.
Desde el Antiguo Egipto la Justicia no recibe su legitimidad del poder. Es el poder el que debe responder ante la Justicia. El Nobel de Paz para la juez Navi es un reconocimiento a la Justicia por encima del poder político, no ha podido ser más certera la decisión del comité del Nobel; es un mensaje al caos, a la violencia y a la injusticia en que se hallan tantos Estados con sus respectivos gobernantes sin corazón, en el mundo entero.
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