Punto de partida.

Punto de partida 

Por: Leonardo Franco Arenas – Foto: Memoria Visual de Antioquia

_______ La fe en Dios le duró hasta ese momento, lo mismo que su confianza en los curas y lo que representaban, la primera la recuperó muchos años después, en otra época, la otra, nunca. La voz aflautada del padre Naranjo aun retumbaba en sus oídos pese a estar ya afuera en el atrio de la iglesia del parque principal; ¡Chucho Arenas! ¡usted es indigno del pueblo, mi obligación como vocero de Dios es expulsarlo de esta comunidad!¡Fuera de Jericó, fuera de aquí!

Años después en mangas de camisa, frente a una botella de aguardiente Manzanares sentado en un bar de la galería de Pereira, observaba sin atención la activa vida comercial de la zona; leyó el aviso en letras de molde sobre el alfeizar de una puerta grande en madera de color rojo brillante, “Barbería” – despuntaba la década de los 40, habían pasado cinco años desde la escena en la iglesia de su pueblo -; aquí trabajaba como peluquero, alquilando una silla al patrón del negocio. Había aprendido el arte de la peluquería desde que, siendo un mozalbete alto y flacucho de 14 años decidió no trabajar más el campo, aprendió por sus propios medios el oficio que le llamó la atención en su última escapada al pueblo vecino, era su meta.

¡Amá tengo que decirle algo para saber su opinión, me voy a dedicar a motilar, quiero cambiar de oficio tener otra ocupación; en mis idas a Fredonia he observado al peluquero del pueblo, él me ha dejado atisbar como maneja las tijeras, la peineta y la máquina, ¡ya estoy entrenado! hice cuentas de lo que necesito, he estado ahorrando y creo que me alcanza; el señor me vende unas herramientas de segunda, corto unas sábanas que me sirvan de capa, la silla la hago yo mismo y la piedra lumbre en la farmacia y listo!.

Antecitos de cumplir los quince montó su negocio en el corredor del frente de la casa paterna, sobre la única calle de acceso al pueblo, por allí pasaban diariamente arrieros y campesinos hacia la plaza, la iglesia, cantinas y casas de mala reputación. En la plaza la remeza, trago y oración, hacia las afueras, cortinas, luces tenues, caricias furtivas entre copas de aguardiente amarillo y tapetusa.

Chucho Arenas, nació en este pueblo importante y rezandero, pueblo de curas, de monjas y hasta de Santa, en el suroeste antioqueño. Su padre propietario con esfuerzo de unas cuantas cuadras de buena tierra vivió los más duros días de final del siglo XIX y comienzos del XX, arriero en su juventud por las montañas de Antioquia y el Gran Caldas, – hasta después de la Guerra de los mil días y como resultado de la separación de Panamá fue creado como departamento -. Era tal la importancia de Jericó, que, en una división administrativa planeada en el gobierno del general Reyes, esta población iba a ser capital de un nuevo estado, por allá en la primera década del siglo. Don Julián su padre, se casó una madrugada del año 1901 a escondidas, llegó a la iglesia vestido de mujer para evadir los retenes del ejército conservador que apresaba “voluntarios” para la guerra enlazándolos como ganado, de esa manera escapó de la estadística de más de 100 mil muertos que dejó este conflicto interno. Cuatro años más tarde nació su segundo hijo Jesús María.

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