Por: Leonardo Franco Arenas – www.latardedelotun.com
____ Ta…taaa…taaa…mulaaaaaaa… bonita no te vas a echar a pelotiar… ¡mulaaaaa, jueputaaaaaa nos matamos! Las imprecaciones de Pablo y su lamento lo acompañaron mientras caía sin soltar la cincha de la Mariposa por un barranco espantoso en medio de un aguacero inclemente esa noche sin luna; todo quedó en silencio, el sangrero que iba adelante en medio del lodazal y la tronamenta no se dio cuenta; los dos hombres que marchaban detrás del caporal vieron cuando la mula pisó en falso en la curva y pataleaba desesperada tratando de poner nuevamente las patas traseras en el camino, Pablo se percató inmediatamente y la agarró de la cincha tratando de sostenerla mientras le pegaba el grito a los dos peones que marchaban en la retaguardia, ¡amoscaos pendejos que se desbarranca la mulaaaaa! pero fue en vano, la Mariposa resbaló y cayó al vacío, detrás, Pablo aferrado a la cincha de su mula consentida. Fueron a dar al fondo del precipicio de unos 80 metros, dando vueltas de campana y resbalando a gran velocidad por la pendiente final. Los detuvo un guayacán, tanto la mula como Pablo no se movían, el aguacero se hizo más fuerte y los relámpagos iluminaban tenuemente el lugar.
Seis años atrás, Pablo buscaba afanosamente a su pariente arriero, necesitaba hablar con el caporal para pedirle un puesto en la mulada, ya iba a cumplir los 14 años. Desde antes de cumplir los seis realizaba tareas asignadas por los mayores de la casa, mantener suficiente leña recolectada para los fogones, garitear a su padre y a Joaquín en el corte, ayudar en la siembra, deshierba y cosecha de los cultivos con Pedro, su hermano mayor, y ser responsable junto con Carmen y Abigaíl, sus hermanas mayores, de la huerta casera; también debía alimentar las gallinas, los cerdos y estar pendiente de las bestias de la casa. Cuando decidió ser arriero después de haber sopesado los por qué, habló primero con su padre, este lo conocía perfectamente y sabía que no daría marcha atrás, se lo comunicaron a la madre y a la familia entera en un almuerzo sencillo que le brindaron para alargar el pantalón, su entrada oficial al mundo de los hombres, después de esto podía irse de la casa a andar el mundo, esa tarde, su tío le brindó por primera vez un trago de tapetusa, un vaso de carretillero que le tocó empujar de un solo golpe. – Don Juan de Dios este es mi pariente, el que quiere hablar con usted de trabajo – Ehhhhh, pero este mucharejo está muy flaquito, no creo que pueda con el trabajo, además ya por ahí hay alguien de Salgar interesao – Deme la oportunidá patrón, yo no soy ningún pechugón y trabajo duro, ¡soy un hombre serio! – Ja, ja, ja, ¡hombre serio dice este piernipeludo que ni habrá probao mujer! Vaya y alíste las mulas, bañadas y alimentadas, son veinte no más, le doy dos horas, si es capaz, hablamos del puesto.
Tres días después y luego de un entrenamiento a las carreras en alzar, apretar y amarrar la carga, cuidar, arriar las mulas y cuando estuvo lista la carga para llevar a Jardín, estaba en medio de la plaza de su pueblo dispuesto para lo que sería su primer viaje, allí cariacontecido y serio como el que más, estaba Pablo como sangrero de esa recua al mando de Don Juan de Dios el caporal de Fredonia, ya le habían explicado sus responsabilidades, su paga y había tenido el tiempo justo para arrimar al almacén de don Sinforoso Jaramillo a que le fiara dos mudas de ropa adecuada para su nuevo oficio, sombrero de caña, pañuelo raboegallo, camisa, pantalones de dril, alpargatas, peinilla, guarniel y ruana; también una navaja perica; en la casa cural adquirió un escapulario que le cosieron en la tapa del guarniel y una novena a las benditas ánimas del purgatorio. A un costado de la iglesia Nuestra Señora de las Mercedes estaba su familia, el único que faltaba era su papá, cosa de hombres, luego de la bendición de la madre, los gritos y silbidos de los peones, la mulada se puso en marcha, al frente el caporal marcando la ruta, el sangrero guiando la mula puntera y animando la recua, marchaban también otros cinco peones.
Aprendió rápidamente a hacer las curaciones de peladuras y heridas de las mulas, a herrar, a requintar la carga en movimiento, a manejar el vocabulario soez de los veteranos para animar la recua, cogió práctica en los diferentes silbidos, gritos y maldiciones. Era un joven fuerte, ágil y responsable que se ganó el respeto de sus antiguos compañeros y de los de otras muladas. A su grupo llego un peón callado y taciturno, se dedicaba a sus labores y a descansar después de descargar y comer, una tarde soleada cuando iban por una ruta con una carga de frijol y café, Pablo avisó de una recua que venía en contra vía, cuando llegaron a su altura distinguieron que era de hombres de Sonsón, personas honestas y trabajadoras, pero soberbias con los demás, el caporal del grupo les hizo señas para que aminoraran el paso y evitar que una mula se desbarrancara, los Sonsoneños hicieron caso omiso y pretendieron pasar de largo sin importar los perjuicios, su respuesta fue: “de malas”, uno de los caballos que llevaban golpeó a una de las mulas, donde no hubiera sido por la reacción inmediata del peón nuevo, el hombre taciturno, la mula cae al abismo. Inmediatamente hizo el reclamo y la respuesta fue un madrazo y una sarta de improperios, rematando con – si sos tan machito vení respóndeme – el hombre echó mano a la peinilla y los dos grupos abrieron el círculo, – cómo quiere que lo atienda, masculló el Sonsoneño – – no más diga su señoría – Brillaron las peinillas y se armó la pelea, un combate de esgrima con machete que no duró mucho, herido en un brazo, con varios planazos en la espalda, avergonzado y humillado el Sonsoneño se dio por vencido. Destaparon una botella de aguardiente, brindaron y limaron asperezas, la mayoría de las veces de esta forma se zanjaban las disputas o los malos entendidos los arrieros, personas sencillas que por lo general mantenían contentas con su vida y su destino. Antonio el sureño como era conocido este peón, le enseñó a Pablo los secretos de la esgrima con machete, a pelear con barbera y perica, sueltos o amarrados a un pañuelo raboegallo. El elemento de enseñanza eran dos tallos de cafeto dependiendo del arma a utilizar, de esta manera Pablo se volvió ducho en el manejo de estas herramientas. Ya era un hombre trabajador, bebedor y peleador; pronto un mujeriego.
