Por: Leonardo Franco Arenas – www.latardedelotun.com
___ La Mariposa no respiraba, Pablo lo hacía con dificultad; abrió los ojos en medio de una oscuridad total que lo rodeaba, distinguió solamente sombras difusas, líneas irregulares de cosas cercanas, la cabeza le daba vueltas, a causa de los golpes le dolía todo el cuerpo. La pierna derecha estaba aprisionada bajo el pesado cuerpo de la mula impidiéndole algún movimiento, el brazo derecho estaba en una postura anormal, en forma de tres invertido, dislocado en el hombro y fracturado en la parte media del antebrazo. Aún llovía copiosamente, los truenos y los relámpagos habían pasado. El caporal no tenía noción del tiempo pasado y del lapso que había estado inconsciente, ¿un minuto? ¿una hora? ¿dos? Tenía entumecido su cuerpo por el frío y el peso del animal, con su mano libre tocó el testuz, belfos, ijares y dorso de la Mariposa, aún estaba caliente pero no se movía, su cabeza estaba girada hacia atrás sobre el tronco del guayacán; se desnucó contra el árbol y con su cuerpo amortiguó el impacto de Pablo contra este. El hombre a pesar de los fuertes dolores trató de liberarse, pero fue en vano, se arrimó más al cuerpo del noble animal para aliviar el frío en el calor postrero de su favorita. La observó a través de la lluvia mirando las largas pestañas sobre sus ojos abiertos y permaneció quieto sin entender por qué lo abrumaba el recuerdo de Virginia.
Una ruta recorrida a finales del siglo XIX y comienzos del XX era la de Jericó hasta la población de Marmato, pasando por Támesis; camino difícil por la cantidad de cerros selváticos y cuchillas traicioneras en el filo de la cordillera, por allí debían pasar las recuas, en la ida cargadas de alimentos, aperos, ropas y toda suerte de cachivaches para nuevos y transitorios ricos, llevaban por encargo desde un espejo en cristal de roca, hasta una pianola para las señoritas de la casa; además de herramientas y elementos para la explotación del oro. En el camino se encontraba una famosa fonda caminera, La Palmera, por esta importante ruta, transportaban de vuelta en las cargas el producto de las minas, el oro. La enorme fonda, casa de bahareque y tejas de barro albergaba las recuas que por allí transitaban, hombres y mulas. La casona contaba con una tienda que también funcionaba como cantina y comedero, cocina, alojamiento para el personal de servicios varios, mujeres que atendían la alimentación y las mesas, un cantinero, cuarteles donde dormían los arrieros, las pesebreras donde descargaban y atendían la mulada, también tenía tres cuartos adicionales donde estos hombres curtidos y solitarios eran atendidos por mujeres joviales y cariñosas en las cortas noches de estancia.
La patrona llamaba Virginia, mulata de cimbreante cadera, ojos oscuros, chispeantes y una larga cabellera negra que siempre en público llevaba recogida en una trenza anudada en forma circular en la cabeza, ella, poseedora de un carácter recio y decidido, atendía de manera amable a la clientela. No tenía marido, según sus propias palabras no había nacido para estar subyugada al mando de un hombre que le ordenara que hacer. La Virginia como era conocida desde Medellín hasta las tierras del Quindío, era el amor platónico de casi todos los arrieros y comerciantes que por allí pasaban, los requiebros amorosos, algunos burdos pero sinceros y otros más elaborados que le dejaban en cartas mal garrapateadas, declarando sus desvelos por la morena. Ella solo sonreía, recelosa ante ese interminable cortejo de los hombres; algunas veces se armaba la furrusca, la pelea era generalmente por mujeres y casi siempre por tener la atención de la Virginia, ella se paraba en la mitad de la cantina o del patio de llegada, donde fuera la pelotera y con un grito y el centellear de sus ojos oscuros, se imponía y daba fin a la contienda. Pablo, era un peón rendidor y callado, aún no había llegado a caporal cuando la vio por primera vez, altiva, soberbia, mandona y gentil a la vez; la saludó con un ademán de cabeza y siguió derecho a las pesebreras mientras los demás hacían un círculo en torno a la mujer. Una vez descargó y atendió las mulas bajo su mando se resguardó en la barraca, allí estaba cuando una muchacha de la casa le llevó los frisoles con coles y garra de marrano, las arepas redondas y la bogadera, la comida enviada por su caporal don Juan de Dios. – Ese muchacho es muy callao, taciturno y concentrao en sus cosas, no hay que indisponerlo – siempre decía. Por el invierno que anegó los caminos, les tocó demorar dos días la salida, la siguiente noche se reunieron en la cantina a libar unas totumadas de guarapo mientras dos peones antiguos sacaron guitarras y armaron la fiesta, ritmos de bambucos, mazurcas y pasillos fiesteros, acompañados de trovas y tonadas montañeras hacían las delicias de la concurrencia, la mayoría bailaba fogosamente al calor del guarapo, tratando de impresionar a las mujeres. Pablo recostado en el marco de la puerta solo observaba y sorbía de la totuma servida, Virginia se acercó estirando su mano con decisión, – Vamos a bailar buenmozo, ahí parao no te podés quedar –
– No, gracias señora respondió con cara de zopenco –
– ¡Cómo que no! A mí nadie me desprecia, ¡vení pues!!!
– Muy amable señora, pero ya le dije que no, no me gusta bailar –
– Vos te lo perdés por hacete el rogao –
El hombre salió y se recostó en su litera, pensando en esos ojos que perecían brasas y echaban chispas de rabia por la negativa, en las largas y crespas pestañas que los adornaban. Al otro día, madrugados cogieron camino; desde lejos, bajo el ala de su sombrero de caña, la vio altanera con sus brazos en jarra al lado de la puerta. No sabía Pablo Antonio lo que le esperaba en el viaje de vuelta.
