Autor: Leonardo Franco Arenas – www.latardedelotun.com
____ A algunas cosas no se le pueden dar largas, se hacen ´porque se sienten y porque hay que hacerlas, le decía siempre su mamá. Dos días después Pablo estaba de regreso a La Palmera, le había pedido prestada la yegua a su padre, empacó muy pocas cosas entre ellas un regalo, estuche con espejo y cepillo para el cabello y arrancó, lo que no había llevado era el coraje para entregárselo a Virginia por su timidez, era la primera vez que una mujer le atraía de esa manera; ya había tenido algunas experiencias con mujeres, cuando alargó el pantalón, un día antes de salir a su primera arriería, el tío Joaco lo llevó al negocio de la madama, así la llamaban nadie sabía por qué, era una negocio en la zona de tolerancia de regular reputación, en los años de correrías por estas tierras adquirió mayor experiencia y destreza en estas lides. Novia oficial no había tenido, pero había alguien del pueblo que lo miraba insistentemente y sus hermanas se lo habían hecho notar, una jovencita dos años menor que él de grandes ojos marrones, Ana María, hija de don Pompilio Velázquez dueño de una pequeña talabartería situada en la esquina de la plaza; había llegado de Santa Fe de Antioquia con su prole, hacía varios años.
Virginia, la patrona de la fonda era varios años mayor que él, ocho para ser precisos; entre personas jóvenes probablemente la diferencia se nota menos, aunque se percibía eso sí, el desparpajo y la experiencia que tenía Virginia en el trato con la gente, además, ya había tenido marido siendo casi una adolescente, un hombre mucho mayor que ella del cual se escapó por el maltrato sufrido, desde ese momento prometió no volverse a enredar la vida de esa manera.
Se marchó de El Crucero, poblado camino a Turbo donde había nacido, contaba con 17 años en 1888 y el país atravesaba por un periodo de calma chicha luego de la promulgación de la nueva constitución del presidente Núñez. Se escapó a causa de estar casi esclavizada por el marido durante más de tres años, se marchó hacia el sur; estuvo andareguiando por Frontino, Santa Fe de Antioquia, Betulia, Ciudad Bolívar, de un lado para otro ocupándose en labores muy humildes y pesadas hasta que llegó a Támesis, en el trayecto pasó una temporada en Jericó y Fredonia. Fueron más de 9 años trabajando en lo que resultara, deambulando por estas tierras y ahorrando monedas; había heredado de su padre el amor al trabajo, un carácter fuerte y sincero, de su mamá, la independencia, la sonrisa y la habilidad para echarle nudo a los centavos. El territorio estaba en bancarrota luego de tantas décadas de conflictos civiles nacionales o regionales, en esta grave situación económica el departamento de Antioquia era uno de los más pobres de la nación, la mayoría de las tierras estaban en manos de unas pocas personas y las condiciones de trabajo en agricultura eran esclavizantes. Muchas familias conocidas y vecinas de Virginia alistaban sus corotos para desplazarse al sur a una especie de tierra prometida, todos hablaban de lo mismo, una promesa de mejor futuro, propietarios a si fuera de una chagrita. A estas poblaciones del suroeste llegaban noticias del gran éxodo de familias enteras y aventureros que habían encontrado fortuna y mejores posibilidades; de esas primeras oleadas de colonizadores se mencionaban nuevas fundaciones, Manizales, Pereira, Santa Rosa y muchos caseríos más pequeños. La fiebre de la colonización.
Cuando llegó a Támesis tres años antes, le resultó un trabajo al frente de una pesebrera con capacidad para 30 mulas y con mucho espacio sobrante, el negocio era de un señor de apellido Marín vecino de Tarso que no creyó mucho en principio de las habilidades de la muchacha, pero al verla tan decidida confió en ella, a los pocos meses, Virginia había instalado unas camaduras en una bodega lateral y hecho levantar una pared de esterilla, barro y cagajón para separar los animales e instaló dos mesas largas con sus bancas y un fogón en la parte de atrás, ya tenía como venderles comida a los arrieros y atender las muladas. Le fue tan bien, que don Aristóbulo como se llamaba el patrón, estaba que no se cambiaba por nadie y le propuso otro negocio que él veía mucho más rentable que este, porque no tenía competencia. En la zona de Buenavista a la vera del camino real, tenía una tierra con una casona medio abandonada y se le ocurrió proponerle a Virginia que establecieran una fonda caminera, para atender aquí a las muladas, personas y animales que por allí transitaban. Fueron hasta el sitio y se sentaron en una manga a negociar, el patrón le propuso un salario, ella pidió ser socia por un porcentaje, explicó que ella quería viajar más al sur en unos años y establecerse en las tierras baldías entre el río Chinchiná y el río Cauca, para eso necesitaba un capitalito.
– ¡Listo Virginia, esta muchareja resultó bien avispada ome!
– Lo que si le pido don Aristóbulo con todo respeto, es que me dé libertad para hacer las cosas, las cuentas las tendrá claritas cuando usted las pida.
– Está bien, pero ayúdame a conseguir quien se encargue de la pesebrera en el pueblo.
– Si señor
De esa manera comenzó su vida de fondera Virginia.
Cuando salió a saludar a Pablo esa tarde, una sincera sonrisa resaltada por los coloretes que vendían los comerciantes viajeros fue la bienvenida, lo abrazó efusivamente y le estampó un sonoro beso en el cachete, desde la puerta y las ventanas de la fonda las empleadas aplaudieron en coro, el hombre como era de esperarse se puso colorado y entre atolondrado y contento se dejó guiar por la fondera, que algo le dijo al oído y de nuevo se puso rojo. En la noche cuando todo estaba a oscuras y en silencio, se escuchó un grito, grito de alegría de la muchacha al destapar el regalo que le había traído.
Bajo las atenciones y mimos de Virginia estuvo tres días Pablo en La Palmera, afortunadamente para ellos en estos días no había mucho tránsito por el camino, cuando se separaron los dos tenían todo muy claro, esta era una relación de cariño, agradecimiento y gusto mutuo, tenían sus objetivos de vida bien claros; compartieron sus sueños al tiempo que las caricias, nunca se prometieron nada, solo disfrutaron de la atracción del uno por el otro, mientras hubo tiempo. Pablo la visitó otras dos veces y años después se enteró de que La Virginia era una reconocida posadera en un caserío a orillas del río Cauca. Nunca más se volvieron a cruzar.
