Autor: Leonardo Franco Arenas – www.latardedelotun.com
___ La familia completa atravesaba la plaza saludando a los vendedores de los toldos que, a lado y lado ofrecían sus productos ese domingo, día de mercado a los habitantes del pueblo y de veredas aledañas. Don José María andaba a grandes zancadas porque iban retardados a la misa de 11, al padre Builes no le gustaba ese tipo de desorden, casi siempre al lado de las puertas ubicaba dos acólitos, que tenían la misión de cerrarlas una vez empezara la liturgia; así pues, el afán se notaba en casi todos, menos en Pablo, que era un poco descreído de estas solemnidades. Sus hermanas se situaron a sus flancos afanándolo,
– Ana María estará en la iglesia, si no te apurás te quedás sin verla, acezante le decía Eloísa.
– Hacenos caso Pablito, ella está muy ilusionada por verte ¡o fue que te agallinaste! Le remató Carmen.
Llegaron al atrio y atravesaron la puerta principal justo en el momento que comenzaban a cerrarlas; por costumbre, no por asignación pastoral de la parroquia, las familias se ubicaban casi siempre en el mismo orden, en las bancas delanteras las personas adineradas del pueblo, las autoridades civiles, familias prestantes y hacendados, luego, comerciantes, finqueros, artesanos y por último campesinos rasos, peones y demás miembros de las escalas sociales más humildes. La familia Arenas y la familia Velázquez solo estaban separadas por una banca, pero ubicadas en naves diferentes del templo, se conocían desde hace varios años y existía una sincera amistad entre los miembros, sobre todo las señoritas de las dos familias, que se visitaban, compartían secretos e ilusiones de amores. Desde su puesto Ana María giraba su cabeza de tanto en tanto, para mirar la cara de perfil de Pablo. A la salida, por costumbre los mayores pasaban un momento a hacer algunas compras en los toldos, quesos, especias o colaciones y otras golosinas para la casa, los jóvenes se dirigían a la tienda a beber un refresco, oportunidad que tuvieron las hermanas Arenas para dejar solos un momento a Ana María y Pablo, ellos se distinguían desde hace mucho y presentían lo que sentía el uno por el otro, el hombre fue directo,
– Ana, quiero pedirle permiso a su papá para visitarla, si usted quiere. – Turbada y mirando la punta de sus botines de domingo, dio un casi inaudible sí, giró y salió apresuradamente a donde ya la esperaba su familia.
– Que pasó Pablito, preguntaron sus hermanas, la sonrisa les respondió.
Jericó a final de siglo iba teniendo reconocimiento en el suroeste como dispensario agrícola, comercial y sobre todo como cruce de caminos entre los demás poblados de toda la geografía antioqueña, una parte del Chocó, pero especialmente y más importante, el punto de partida de los colonos que salían hacia las tierras del sur. Entre las familias que estaban allí asentadas y las que iban de paso había hecho carrera la esperanza de llegar a un lugar llamado Pereira, una aldea que había crecido mucho en los últimos treinta años y que era referente de las oportunidades que podían encontrar en esas nuevas tierras. Con esa imagen creció la familia Arenas, parte de los sueños eran, algún día bajar a hasta esa tierra de la que tanto hablaban los arrieros y viajeros. Jericó era territorio de ideas conservadoras y clericales, la mayoría eran familias rezanderas, de rosario diario, misa como mínimo dos veces por semana, obediencia plena a la iglesia y una resistencia genuina hacia quienes predicaban ideas que se salieran de ese molde.
Pablo tenía inconvenientes físicos, especialmente con su rodilla, los fuertes dolores y su visible cojera se hacían más fuertes cuando arreciaba el invierno, eran los san benitos por los que pasaba diariamente, tener que utilizar un bordón lo avergonzaba, por eso durante ese tiempo que llevaba convaleciente en la casa era muy poco lo que salía o se relacionaba con los demás. Las mujeres de la casa con su mamá a la cabeza, todos los días le preparaban cataplasmas, compresas y baños de cuanta rama les recomendaban, cola de caballo, eucalipto, pino, pelo de choclo; también, bebidas y tizanas de manzanilla, jengibre entre muchas plantas; le sobaban todo tipo de ungüentos, bálsamos y pomadas indígenas o traídas de boticas y dispensarios de Medellín.
La fuerza en el brazo la había ido recuperando a punta de trabajar en la finca al lado de su papá, Joaco y los peones, de esto estaba más tranquilo, lo que verdaderamente le preocupaba era su rodilla. Ese estado de ánimo lo llevó a la desesperación y al enojo, se veía como un inútil y más cuando a sus espaldas le decían el cojo Arenas; por este motivo se volvió agresivo y violento, las pocas veces que salía, era directamente a los lupanares de Jericó y Fredonia donde se volvió popular, no solo por su generosidad, sino por su tendencia a la pelea; a su amigo Ceferino Quinchía más conocido como el ateo, le decía que no le importaba la muerte. Fueron muchos meses con este comportamiento.
Don José lo enfrentó
– Oíste hombre o te comportás como un macho responsable o te podés largar, amarrate bien los pantalones y afrontá la situación, a la mamá la mantenés con el cristo en la boca, pegada del rosario pa que no te pase nada, ¡no señor, mi casa la respetás!
A partir de ese momento, el comportamiento cambió y volvió a ser el mismo muchacho serio y aplomado. Pendiente estaba la cita en la casa de Ana María.
– ¡Apá! ¿Qué es eso de la guerra? Pablo escuchó cómo uno de sus hermanos menores interrogaba a don José María una tarde del mes de julio, pensó sobre la respuesta, se dio cuenta de que ni el mismo lo sabía, menos mal no se lo había preguntado, porque no encontraba una explicación ni siquiera para él mismo. Don José un hombre curtido por los años, el esfuerzo y las experiencias buenas y malas de la vida los reunió allí mismo, no solo a los hombres, también a las mujeres, desde los menores hasta su señora igualmente entradita en años.
– Espero que todos paren oreja a lo que voy a decir para que lo tengan en cuenta. La guerra es la pelea que se inventan los poderosos, los dueños de la tierra pa que la peliemos los pobres, a nosotros los Arenas lo que nos importa es la familia, ellos que se arreglen como puedan; por ahí, unos dicen que hay que tomar partido en la política o radicales o liberales, eso yo no lo entiendo, solo sé que debemos trabajar de sol a sol pa levantar la comida. Se rumorea que esto se va a poner color de hormiga, pero debemos estar tranquilos, nosotros no nos metemos con nadie. Muchachos si los invitan a enrolarse en la milicia para ir a guerrear ni lo piensen, los necesitamos aquí en su casa no peliando las guerras de otros.
De esa manera sencilla Chepe como le decía su mujer, dejó en claro lo que sabía y pensaba de la guerra.
A finales de ese 1899 se desató un conflicto de grandes proporciones que duró tres años, en el cual, más de cien mil colombianos, la mayoría de extracción humilde morirían. Aunque en el suelo antioqueño no se presentaron grandes batallas, si se hubo infinidad de escaramuzas; parte del pie de fuerza para los ejércitos enfrentados fue completado con muchos antioqueños, adolescentes, hombres y viejos que vivieron ese horror por convicción, obligación o ignorancia. Comenzaba la guerra de los mil días.
