Autor: Leonardo Franco Arenas – www.latardedelotun.com
No hubiera estado allí el buen Gabriel, pero, era parte de su rutina diaria antes de iniciar labores, 6 am. ¡Un matrimonio! ¡¡¡Que vivan los novios!!! Gritaban familiares y curiosos al frente de la cafetería donde él apuraba la primera taza de café, ubicada en diagonal al atrio de la iglesia San Francisco. La normalidad de un día cualquiera se rompió, al pie de la reja de entrada al templo católico del brazo de su padre, ruborizada y sonriente, vestida de blanco estaba Anita, ¡su Anita¡, la novia de varios años, con la que hasta el día anterior había hecho planes.
– Es una pesadilla, pensó Gabriel –
La marcha inició desde el fondo de la iglesia y no tuvo más dudas, ¡Anita se casaba y no era con el!
Esto fue el punto de inflexión que desencadenó una serie de historias desgraciadas, un vuelco trágico, dramático para la mayoría de los integrantes de ese grupo de amigos del que hacía parte, jóvenes trabajadores y bohemios unidos por historias entretejidas de amistad sincera y objetivos de vida sencillos.
Pereira a finales de los 70 era un pueblo grande, comercial y pujante, con una industria incipiente sobre todo textil; veinte años atrás se había fundado uno de los barrios más populosos de la ciudad, Cuba, nombre heredado de una vasta hacienda dedicada durante décadas a la producción artesanal de panela. Desplazados de la violencia política de toda la geografía nacional, viudas, huérfanos, familias completas, desarraigados que pululaban por las calles del centro y las orillas del rio Otún, allí fueron a parar. Habían llegado del Tolima grande, del Valle, de los Santanderes, del suroeste de Antioquia y de un sinnúmero de pueblos que hacían parte del llamado gran Caldas así se hubiese dividido.
Gabriel observó como Anita iba perdiéndose de su vista a paso lento, tranquila y decididamente.
– Un aguardiente doble, pidió -,
– ¿no está muy temprano para empezar Gabrielito? Dijo el dueño del negocio.
Negó con la cabeza y esperó el primero de muchos tragos dobles, la primera de una infinidad de borracheras consoladas por los amigos, el despecho era el efecto, la causa, la mujer.
Desde ese instante se dejó caer en un abismo de excesos; muchacho juicioso y de buenas costumbres tenía buenos ahorros, en medio de su beodez perenne, pensaba, hasta cuando le alcanzaría el dinero atesorado para seguir bebiendo, esperaba sin duda que al acabar la última botella de aguardiente, también se le esfumara la vida.
El sitio preferido para tomar sin freno era una fuente de soda ubicada a unas cuadras de su casa, allí sagradamente llegaba pasadas las seis de la tarde siendo siempre el primer cliente, posteriormente iban llegando sus amigos a beber, a aconsejarlo, a acompañarlo y a goterear. Fulvio el propietario del establecimiento, les daba la bienvenida y se sentaba con ellos, pues hacía parte del grupo de amigos.
Tangos, boleros, baladas eran las canciones que a diario se escuchaban en el establecimiento, allí hablaban de lo divino y lo humano menos el desdichado, hasta que se acordaba de Anita y comenzaba la inacabable escena de dolor de todas las noches, cuando perdía el sentido era llevado en andas por sus amigos a la casa. Su mamá y hermanos mayores lo alzaban y lo llevaban a la cama, ese era un ritual día a día.
– Mamá que vamos a hacer con Gabriel, ese muchacho se va a morir de pena, ya ha rebajado como 20 kilos, no come y solo le importa la bebida…
– Lo malo hijo, es que ya la vida no le importa, solo se quiere morir
Así transcurría su vida, del negocio de Fulvio a la cama y de la cama a la fuente, tampoco hablaba con alguien, las únicas palabras eran:
– La bendición mamá y salía.
Ni siquiera cuando estaba con los muchachos profería alguna frase, solo gritaba,
– ¡otra botella!,
Cantaba suavecito las canciones de despecho que sonaban en los bafles y llamaba a gritos a Anita solo cuando estaba ebrio.
Los compañeros de andanzas, parrandas, tragos, mujeres y sueños eran pocos: Luis, zapatero; Fernando, empleado de las empresas públicas, Diego, empleado del municipio, Jimmy, comerciante y Fulvio el cantinero; estos eran los más cercanos, algunas veces se reunían con otros pero no eran sus amigos del alma, solo de copas, de momentos.
Una tarde de sábado que llegó al negocio, lo estaba esperando Fernando, conocido como Pato quien, acompañado de Fulvio, le hizo la seña a una de las mesas del fondo.
– Vení Gabo, hay algo importante, que nos va a cambiar la vida a todos.
Con los ojos enrojecidos por el trasnocho y el guayabo, lo miro incrédulo y apático, pero los siguió mansamente hasta la mesa.
– Hermano, llegó un amigo de Fulvio de cuando estuvo viviendo en los llanos, es un mágico, lleno de billete y nos quiere proponer algo…
El desinterés de Gabriel por el tema era evidente, no entendía muy bien lo que le decía Pato, el dolor de cabeza y la sed persistente causados por el alcohol, no le permitían asimilar lo que le decían.
– Mira Gabo, le decía Fulvio…el hombre es una línea seria para el negocio de moda, pare la oreja.
– A mí que putas me interesan esas güevonadas…¡más bien tráigame un medio!
– Esto mijo, está dando mucho billete, vos te embilletás y te desquitás de la Anita esa…
En ese momento, se hizo de nuevo la luz en la cabeza de Gabriel, Pato y Fulvio, vieron esa chispa de nuevo en el fondo de los ojos del amigo, estos hasta hace un momento eran inexpresivos, sonrió y se puso de pie.
– ¿Cuándo es la reunión con el mágico?
– los dos amigos se miraron y soltaron la carcajada, mañana domingo aquí a las 3 de la tarde antes de abrir el negocio.
– Listo, mañana puntuales, y salió.
– ¡Fulvio jueputa! lo logramos…jajajajajaja salvamos a Gabo, de nuevo está con nosotros, sírvase uno para celebrar.
