ANCESTRALIA
Capítulo II – Parte III
El reencuentro
Autor: Leonardo Franco Arenas
Allí, frente a una botella de aguardiente amarillo estaba Chucho Arenas sentado en un bar de la 16 en la galería de Pereira. En ese momento estaba solo, Flor la tolimense de ojos verdes que era su habitual compañía no estaba. Observaba sin mucho interés la activa vida de la zona ese viernes, pronto serían las cuatro de la tarde. El trabajo ese día era poco y desde allí podía advertir quien llegaba a la barbería, los días de más trabajo eran los sábados y domingos cuando el mercado estaba en pleno y bajaban los campesinos de las veredas a la plaza y los hombres de la ciudad salían a acompañar a sus mujeres al mercado y a la misa, ellos pasaban primero por el negocio.
Como siempre, vestía de paño oscuro con un perfecto y delineado quiebre del pantalón, calzado Trescoronas negro, lustroso y medias oscuras hasta debajo de la rodilla. Camisa blanca con puños y cuello duro, mancornas y corbata roja de arabescos. A un lado el saco del mismo tono del pantalón y el sombrero en una percha con el paraguas. Llevaba el cabello ondulado, abrillantado por el fijador, perfectamente cortado y peinado hacia atrás. El bigote delgado delineado por obra de la barbera que manejaba de manera diestra, contrastaba con el color de su piel trigueña. Tenía una frente generosa que hablaba bien de su personalidad y unos ojos expresivos que fácilmente pasaban de una mirada amable a una fría e imperturbable.
Jesús María era un tipo imponente, medía 1,87 mts y pesaba unos 90 kg, de complexión fuerte por el ejercicio y el trabajo realizado en una época de su vida cuando salió de Jericó. En la victrola Odeón sonaba una canción de Juan Arvizu y el apuraba otro aguardiente, recordó que no había almorzado y pensó en decirle a Flor cuando llegara, que le trajera algo para comer de alguno de los cenaderos de la zona. Se puso de pie y se dirigió al orinal, a duras penas podía respirar por el olor a orines y a veterina, cuando se sentó una de las coperas le hizo señas que mirara hacia la puerta, pensó por un momento que era la mujer que llegaba a hacerle compañía y giró sobre sus talones, allí estaba Leonor su esposa con sus cuatro hijos, se apoyó en la mesa debido al sobresalto, quedó helado,
– ¿Y vos que hacés por aquí? fue lo único que atinó a preguntar en medio de la sorpresiva aparición.
– Pues venir a desenterrar el papá de mis hijos, como que te ha ido muy bien Jesús…menos mal, porque a nosotros si nos ha ido muy regularcito,
– Oíste hombre, ¿nos vas a dejar acá paraos en la puerta o qué?
– No Leonorcita, espérate, no entrés. Ya estaba de salida.
– ¡Rufino ¡llamó al cantinero, tengo una urgencia después vuelvo, me mandás a cobrar mañana al negocio.
Salió apurado, abrazando a sus dos hijas Celina y Edith la menorcita de todos y a los dos muchachos, el mayor Gabriel y a Oscar. Los muchachos llevaban unas cajas de cartón con algunas prendas, la mamá una gran mochila de tela y una cartera. Cuando iba cruzando la calle vio que venía Flor en volandas con una gran sonrisa, el, con una mirada y un ademán disimulado la despachó para el bar. Le pasó el brazo a su mujer por los hombros y tomó la mochila, estampándole un sonoro beso en la mejilla.
– Caminá vamos a la barbería, mija ¿Cuándo llegaron?
– Esperate Jesús, estamos rendidos y hambrientos
Llegaron al sitio, sus dos compañeros los vieron llegar y detuvieron sus labores observando a la señora y los niños de pies a cabeza,
– A ver compañeros, sigan en lo suyo, voy para la pieza de atrás
– Niños siéntense en la cama, vos mija sentate en este taburete, acá al lado está el inodoro y el lavadero, yo salgo a traerles que comer, no demoro.
– Andá pues, pero no te demorés, si podés me comprás un veramon porque tengo dolor de cabeza.
Chucho Arenas salió apresuradamente con más preguntas que certezas, lo primero que hizo fue pasar por la puerta del bar y decirle a Flor que ni lo fuera a saludar, había llegado la esposa y los hijos. Luego se dirigió a grandes pasos al comedero de Margarita. Compró la comida empacada en portacomidas de esmalte y salió rápidamente para la barbería, cuando iba llegando vio a su mujer de pie en la puerta pendiente de él.
– ¿Mijo me trajo la pasta?
– Ayyyy se me olvido por andar a las carreras, vení Gabrielito te voy a mostrar donde es la farmacia, vas y le comprás la pasta a la mamá, el joven asintió. Un sello de Veramon.
– Si apá, yo sé, ya estoy grande.
Leonor los miraba mientras servía la comida ayudada por Celinita la mayor de las hijas, apenas salió el hijo le dijo,
– Se crecieron tus hijos Chucho Arenas y no lo viste, hace casi cuatro años te desapareciste de nuestras vidas… lo dijo seria, pero tranquilamente.
Él sabía que, tras la serenidad de su señora, apenas se durmieran los muchachos vendrían los reproches.
María Leonor Ledezma era una mujer menuda, pequeña de estatura, delgada y hermosa, de grandes ojos negros enmarcados en largas pestañas rizadas, de piel morena, cabello ensortijado suelto sobre los hombros o recogido en una moña sobre la nuca cuando se dedicaba a los quehaceres. Su físico distaba mucho de su carácter, una personalidad fuerte decidida, activa, laboriosa. No se arredraba ante las dificultades y por el contrario se agrandaba ante situaciones adversas, era la columna de esta familia y cuando Jesús María se marchó de Jericó se hizo cargo de los hijos, el mayor contaba con ocho años y la menor con uno.
