PUEBLO SINVERGÜENZA Y SIN VERGÜENZA

Por: Mauricio Restrepo Posada, columnista invitado El Espectador / www.latardedelotun.com

______  Esta semana me enfermé, muy enfermo, de una enfermedad que mi terapista —al que mis prejuicios públicamente no me permiten llamar siquiatra— definió como “síndrome de Vergüenza Ajena”. No me medicó. Solo me aconsejó dos cosas, que me desahogara escribiendo lo que sentía y que empezara a abandonar las noticias en todos los medios. También me prohibió, en forma muy contundente y casi amenazante, que siguiera visitando las redes. Traté de contarle algo de lo que me angustiaba y otra vez, en tono también amenazante, me prohibió seguir hablando… “¡No me contagie su enfermedad!”, me dijo.

Acuscambado por mis pensamientos, me dirigí a tomar el bus. Recordé que en los buses de mi ciudad viajaba mucho sinvergüenza que roba o acosa a las mujeres y decidí irme a pie, lo cual me permitió organizar y entender algo de mis angustias. Vergüenza, la palabra que se empezó a repetir en mi cabeza, en todas las conjugaciones, derivaciones y composiciones, fue mi compañera de viaje. Y como psicorrígido acostumbrado a todo alinear y enumerar, empecé mi listado de angustias que escribí en una libreta que siempre llevo conmigo. “La libreta de mis rencorcitos”.

  1. No logro entender que un pueblo sin vergüenza sea capaz de recibir como héroe a un delincuente, político condenado por corrupción en el caso Odebrecht, que salió de la cárcel. “¡Ñoño, Ñoño, querido Ñoño!”, gritaron hasta los más pobres de Sahagún. Mucha gente vestida de amarillo —color característico del Partido de la U— lo alzó en hombros y lo paseó por el municipio. Lágrimas de alegría. Sinvergüenzas.
  2. No deja de dolerme que otro cacique, político con cuatro condenas por corrupción, haya recibido entierro de héroe. “¡Lucas, Lucas, querido Lucas!”. Sin cinco de vergüenza y con lágrimas de dolor derramadas por la alta sociedad de Valledupar, por sus copartidarios del Partido Liberal y por gente “bien” del país, se despidió al finado del clan Gnecco. Mucho pobre los acompañó y también lloró. Sinvergüenzas.
  3. Y no deja de asombrarme que un excandidato a la Presidencia de la República, acusado también de corrupción por el caso Odebrecht, haya tenido tan poco escrúpulo como para arrastrar a su propio hijo en sus fechorías. Zuluaga, con la Z del zorro y su aura de honorable político, defraudó a su propio Centro Democrático. Afortunadamente, la mayoría de los periodistas, el líder y los buenos muchachos de ese partido no sabían de sus andanzas. Por eso, sin la más mínima vergüenza lo abandonaron, no lo traicionaron. ¡Sinvergüenzas!

Llegando a la esquina de mi casa, me topé con un joven que vestía, sin vergüenza alguna, una camiseta con la imagen sonriente de Pablo Escobar y bajo su cara un letrero: “Pablo es Colombia, carajo”. Solo atiné a bajar la mirada. Entré a mi casa avergonzado, convencido de que el muchacho y su Pablo se burlaron de mí.

No volveré donde mi siquiatra. El caminar me enseñó que no estoy enfermo de vergüenza. Solo padezco de un inmenso dolor.

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