Por: Juliana Mejía Peláez. Columnista / www.latardedelotun.com

______ Hoy en Colombia se necesitan líderes interesados en escuchar al territorio.
Nos ha tocado vivir una época de transición en muchos aspectos; entre ellos, la democracia. Actualmente, la relación entre gobernantes y ciudadanos está mediada por la tecnología, y, aunque esta democratizó el acceso a la información y amplió la posibilidad de tener voz, ha dificultado la comprensión de las realidades humanas por parte de los gobernantes de turno.
La vorágine de información, en lugar de fortalecer la capacidad de dudar, favorece la aceptación de la realidad del mundo que los algoritmos nos presentan de manera incompleta. La fragmentación de los espacios de escucha ha hecho que todos reciban diferentes “verdades”, llevando a que las personas solo vean un pedazo de la “tasa” en lugar de ampliar su esfera visual 360° y verla completa. Esto ha hecho que cada vez sea más difícil reconocer al “otro” como un interlocutor válido, profundizando la crisis de confianza que vivimos hoy y haciendo cada vez más difícil la construcción de propósitos comunes.
Paralelamente, nos enfrentamos a un mundo donde las expectativas de la población han crecido a la velocidad de la propagación de la información en las redes, mientras que la capacidad de respuesta del Estado frente a estas expectativas se sigue moviendo al ritmo de la burocracia y las restricciones jurídicas y presupuestales, lo cual está llevando a que la rabia y la frustración sean cada vez mayores.
Para hacer frente a los desafíos de polarización y descontento social que afectan a muchas democracias en el mundo hoy, es necesario humanizar la relación entre gobernantes y ciudadanos, y esto solo es posible buscando deliberadamente espacios de escucha con la población.
Un ejemplo de esto fue lo que hizo Juan Daniel Oviedo en Medellín cuando decidió invertir tiempo de su campaña para la alcaldía de Bogotá para visitar varios procesos de transformación social de la ciudad. Mientras los líderes hablaban de aspectos muy humanos, de los que probablemente le hubiera sido difícil enterarse a través de las redes sociales, Oviedo escuchaba, a tal punto que al final uno de los asistentes dijo: “Lo más bonito que nos regaló fue su silencio”.
Allí se dijeron frases como “antes no éramos nadie. El rap nos dio una identidad y un lugar para ser”; “el arte les permite a los jóvenes juntarse y comunicarse entre sí, ver que el ‘otro’ es como uno, expresarse, contar historias y resignificar otras, sentir que pertenecen, sentirse empoderados, ampliar imaginarios, cambiar referentes, transitar la violencia de otra forma”; “las organizaciones sociales se convierten en una alternativa en los territorios porque despiertan en los jóvenes la posibilidad de soñar”; “lo que importa no es dónde naces, sino lo que sueñas”; “los jóvenes necesitan mucho amor; muchas veces han sido vulnerados desde su hogar. Una persona que no ha recibido amor no aprende a quererse ni a respetarse a sí misma”; “lo contrario a inseguridad no es seguridad, sino convivencia”.
Lo mismo ocurre con la comprensión de problemas complejos hoy, como el hambre, la salud mental y las migraciones, donde es más fácil encontrar caminos escuchando y delegando soluciones que analizándolos desde un escritorio.
En fin, humanizar la relación entre gobernantes y ciudadanos comienza con la escucha y conduce a la construcción de confianza. Hoy, en Colombia se necesitan líderes interesados en escuchar al territorio, dispuestos a exponerse a conversaciones difíciles pero necesarias e, incluso, abiertos a transitar los disensos en pro de hallar propósitos comunes. Winston Churchill alguna vez dijo: “Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar; pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar”.
JULIANA MEJÍA PELÁEZ
