ESCALONA: Origen y genio del vallenato

Por Carlos Alfonso Araujo Zuleta / www.latardedelotun.com – Vía Javier Gómez Ramírez (el Sensei del ritmo)_____

“La poesía ha de ser la hija obediente de la música”. Manuel Zapata Olivella.

Soplaban plácidos vientos en el Valle del Cacique Upar y los sucesos cotidianos, echados a menos, se transmitían de boca en boca con la buena o mala nueva, cuyo impacto pasaba desapercibido muchas veces por el ámbito provinciano. Se dice que en el trazado de la historia las costumbres imponen las leyes de los pueblos… Estoy hablando de los años cincuenta…

Por esos tiempos encontrándome muchacho y con nervios de aficionado periodista, tocándome en suerte el cubrimiento de asiduas corresponsalías para periódicos de la capital magdalenense, impulsando a la vez publicaciones de tabloides que se gestaban en Valledupar, un buen día a calle traviesa y con asombrado acento, fui abordado por Juan Bautista Muñoz, ya famoso acordeonero de la región, para revelarme inquietudes de un joven compositor de música vallenata. Nacido en el año 1928 en Patillal, un bello caserío muy cercano a la Ciudad de Los Santos Reyes (Hoy Valledupar). Se trataba del novel artífice de canciones populares llamado Rafael Escalona.[1]

Con la primera noticia acerca de su nada común y extraordinaria vocación, sin meditarlo me di a la intriga de su inmediato y directo contacto personal. Y al descubrirlo en cualquier momento, tras los diálogos que me familiarizaron con él, hallé evidentemente en Escalona de garboso bombacho y a la sazón estudiante del Liceo Celedón de Santa Marta, un caso excepcional como original exponente de nuestras costumbres autóctonas.

Espontáneamente y sin afectación alguna, Rafael Escalona recorría todos los caminos, a lo ancho y largo de la provincia Valledupar- Guajira- Magdalena, unidos por la misma historia y cultura; él, siempre aguijoneado por el gusanillo que su espíritu escrutador y objetivo se inicia en el arte musical con una profunda filosofía de vida hecha canción. Fue desde la mocedad un apasionado caminante husmeando las impresiones de su tierra, recogiendo al paso de ellos la nítida expresión panorámica, de imágenes vivas, para plasmarlas luego en versos de rigurosa métrica con la inspiración de sus sentimientos; lo cual concebía sin tener en cuenta el estrato social de los personajes para integrarlos a una canción , obedeciendo al palpitante realismo, ya que Escalona se valía de cualquier anécdota o suceso recogido en cualquier parranda, o en cualquier calle polvorienta de algún pueblo vecino, pues él empezó componiendo y cantando los episodios de un pueblo que dormía el sueño de las tradiciones. De ahí que utilizara frecuentemente las expresiones narrativas de mayor fuerza de la cultura popular, impregnado unas veces de gracejo y picaresca, y otras veces, aguijoneado por la nostalgia y los problemas afectivos que ocurren en su tierra provinciana.

El fulgurante éxito del joven Escalona es evidente y corresponde al relato sencillo de los hechos que narra en cada una de sus canciones, basado en el repertorio de la sabiduría popular, unida siempre a la exquisita sensibilidad y espíritu romancero que son innatos en esta joven figura, que hace lo suyo sin emular al legendario trovador Francisco Moscote Daza, apodado Francisco El Hombre.[2] A partir del momento en que grava sus primeras canciones en la voz de Guillermo Buitrago, y más tarde interpretadas por el trío de “Bovea y sus Vallenatos”, adquiriendo en ambos casos notoria fama y popularidad en la región valduparense y en toda la costa Atlántica, convirtiéndose prontamente en indiscutible patrimonio popular. La personalidad jovial de Rafael se da la mano con sus amigos Simón, Toño Salas y Emiliano Zuleta Baquero, para arrancarles notas melodiosas al acordeón en sus correrías inaugurales por todos los caseríos y rincones de la comarca, y su llegada a cualquier poblado, es entonces sinónimo de fiesta. En su época de oro, alternaba sus farras en Valledupar y La Paz con sus amigos inseparables: Poncho Cotes, Roberto Pavajeau, Juan López, Esteban Bendeck Olivella, Crispín Villazón, el pintor Jaime Molina Maestre, Lucho Cotes y Beltrán Orozco, todos ellos, condiscípulos del Liceo Celedón de Santa Marta. Más tarde, por afinidades sentimentales de la región se sumarían al grupo, el músico Juan Muñoz, Andrés Becerra Morón, y “El Negro Calde” de la población de San Diego.

Publicado en el Periódico Renovación, Santa Marta, mayo 24 de 1950.

[1] NOTA DEL EDITOR: Este artículo, así titulado, originalmente fue publicado en el periódico RENOVACIÓN de Santa Marta, el 24 de marzo del año 1950., y según el registro histórico, es el primer escrito periodístico que se conozca, que hace alusión al maestro Rafael Escalona, señalándolo como compositor revelación del Vallenato, lo cual es un honor para su autor.

[2]Nota del Editor: El apodo de “Francisco El Hombre” corresponde a un personaje mítico del folclor vallenato, cuyo nombre de pila era Francisco Móscate Daza, que según la leyenda, interpretaba magistralmente el acordeón. Con este sobrenombre el personaje se hizo popular y quedó en la historia a partir de la creación literaria de Gabriel García Márquez en la novela Cien años de Soledad.

Publicación: 17/11/2023

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