Por: Juan David Correa. _____
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Una carta y una ofensa: los motivos de inflamación de esta semana por parte de quienes se sienten representantes de ese país que se resiste a este momento de cambios que vivimos como República. Una carta y una ofensa tras las cuales se defienden las buenas maneras de eso que, durante los estallidos sociales de hace seis y cuatro años, vino a llamarse la «gente de bien». No se puede generalizar, por supuesto; no son un grupo homogéneo, pero cada vez que aparecen en los medios, las redes sociales o la discusión pública, se muestran más desesperados con la idea de que estas nuevas sensibilidades, clases sociales y logros expresados en la reforma laboral, la disminución de la pobreza, el desempleo, la estabilidad de la economía, el esfuerzo por la reforma agraria, el diálogo intercultural y el nuevo lugar de Colombia en el escenario mundial, tengan agencia, voz y voto.
La carta la escribió la señora ex vicepresidenta de Colombia, ex canciller, exministra y excandidata Marta Lucía Ramírez, y la firmaron una decena de ex cancilleres, aunque, a decir verdad, no la firmaron ni la suscribieron, pues algunos de ellos y ellas salieron a desmentir su participación.
La ofensa, por su parte, expresada en términos casi justicieros por algunos medios de comunicación, es la que osó cometer el presidente Petro al hablar en la IV Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, en Sevilla, hace ocho días, encarando al norte global y presionando a los gobernantes allí presentes a una verdadera toma de posición y acción frente a la crisis climática.
La carta de la exministra Ramírez se inicia con un saludo protocolario anunciando una profunda preocupación por el llamado a consultas al agregado de negocios de Estados Unidos, «su excelencia» John McNamara. Me pregunto si esa denominación se utiliza corrientemente en la diplomacia —busqué pero no encontré una referencia clara—, como si viviéramos en tiempos de monarquías. Y continúa señalando que los abajo firmantes, que después supimos que no eran firmantes, «comprenden» los motivos de la molestia de «su excelencia», advirtiendo, sin un ápice de sindéresis, que esto podría significar una ruptura de relaciones, como si fuera el deseo más profundo: castigar al país —como lo hicieron con Panamá— para que aprenda la lección que no han aprendido gobernantes reformistas como el presidente de la República, Gustavo Petro.
La ofensa la lanzó, en principio, el presidente como pregunta retórica junto al presidente de Francia, Emmanuel Macron: «¿Por qué es la migración el tema?». Solo cuatro días después la directora de Emergencia Demográfica y Políticas Sociales de Vox —partido aliado de la ultraderecha colombiana—, en España, Rocío de Meer, contestaba pidiendo en una conferencia de prensa la deportación de ocho millones de migrantes, según El País, de los cuales 2,2 son latinoamericanos. Y continuaba el presidente Petro: «Porque un electorado mayoritariamente ario en estos países que son del G20, que son del norte y que emiten mucho CO₂, permite a ciertas corrientes políticas negar la crisis climática, no mirar arriba, no afrontar el problema, no decir que toca cambiar el paradigma del bienestar, del progreso y de qué es rico o qué es pobre, porque asusta a la clase media y el confort de la clase media. Entonces, en su afán de ganar los votos con una mentira y un fetiche, diciendo que se va a vivir mejor en esos países, si los que no tienen el mismo color de piel, ni lengua, ni religión, se expulsan de la manera más rápida posible, y ganan las elecciones».
«La actitud del actual Gobierno debe atribuirse exclusivamente al presidente, no a los colombianos», se lee en la carta de Ramírez. El texto revela los más manifiestos complejos de nuestras élites que actúan con vergüenza y zalamería ante los países del norte global, como si ante una situación como la que se vive en el mundo no les diera para pensar que el Gobierno de Estados Unidos está desbocado en su voracidad imperialista, intentando instalar un modelo global de la intimidación y el castigo, en el cual la crisis climática parece infranqueable, de la mano de un modelo devastador como el capitalismo en sus formas ultraneoliberales y tecnofeudales.
El presidente, por su parte, prosiguió con su exposición, dirigiéndose al presidente francés, señalando las contradicciones de ese sistema al que se orienta, genuflexa, nuestra ex vicepresidenta: «En el norte se está es votando por negar la crisis climática, por no asumir el compromiso del cambio, que no es entregarle limosna al sur, es ayudarse del sur que puede absorber CO₂ a limpiar su propia sociedad, su propio estado, y su propio esquema energético con energías limpias. Hoy no es el norte ayudando al sur, es el sur ayudando al norte».
La carta, a modo auto de fe, confiesa que esa relación, construida durante doscientos años, ha sido producto de un «consenso tradicional» en nuestra política exterior. Política que ha permitido, por supuesto, entre otras cosas, la pérdida de Panamá, la dependencia absoluta del modelo neoliberal, la guerra «contra las drogas», y una dominación cultural extrema. La carta, dirigida al secretario de Estado, Marco Rubio, que junto a representantes del legislativo estadounidense se han dedicado a denostar y proponer salidas poco institucionales para lo que ellos consideran una insurrección democrática inaceptable en nuestro país, por la llegada de un Gobierno progresista, es el testimonio de esa relación de vasallaje, esa condición de ser un apéndice, esa especie de autoconmiseración mediante la cual seguimos pensando que somos solo un pueblo al sur de Estados Unidos. Sin asomo de vergüenza, la ex vicepresidenta, escribe: «Comedidamente, le solicitamos que esta situación no pase a mayores, por el bien de Colombia, de los Estados Unidos y de nuestra lucha conjunta por los valores democráticos de nuestra región en estos momentos de grave tensión geopolítica, máxime cuando nuestro país se encuentra a puertas de una próxima elección legislativa y presidencial en unos pocos meses, así como por nuestra determinación de apoyar el regreso de la democracia en Venezuela y las amenazas que se ciernen sobre nuestro hemisferio en esta compleja coyuntura internacional».
El presidente, por su parte, concluía: «Pero ¿Qué hay que hacer? Hablar de tú a tú. Centroamérica y el Caribe no separa en un norte superior de un sur inferior, para que saquen nuestros migrantes encadenados de los Estados Unidos. No. El migrante es riqueza, no pobreza. Y la lucha contra el migrante, vuelta política y poder no es más que una excusa para ocultar cómo las sociedades blancas, arias en Estados Unidos y en Europa, no quieren asumir de verdad la existencia y la vida del planeta que implica transformar una economía fósil, construida con ganancias, con la muerte, que es el petróleo y el carbón».
A lo que Macron respondió: «Nunca le doy lecciones a alguien del sur y es un poco extraño recibir lecciones de alguien del sur, simplemente porque viene del sur».
La ex vicepresidenta y ese «nosotros» de su carta —que no se sabe a quiénes alude— creen lo mismo.
Aunque a veces se niegan a firmar. Porque se sienten ofendidos.
