Por: Juan David Correa – Cambio / www.latardedelotun.com – RED Noticias de Colombia. _____
A las seis de la tarde de un día de junio de 1999, tras haber terminado su año escolar, y graduarse como bachiller, Martha Ceballos oyó a su madre, Marlen Cecilia Vega, decir que tenían cuatro horas para despedirse de sus amigos y empacar lo que pudieran en un camión que acababa de parquear en el garaje de su casa. Los más pequeños, Fabián, Gerardo y Julia subieron lo que pudieron junto a los dos perros que tenían. La madre, las plantas. Martha, además de la ropa, recordó, al abrir su armario y encontrar el ejemplar de Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, el día en que su padre, Gerardo, fue encontrado muerto en el río Blanco.
Guachucal está encumbrado a 3.100 metros sobre el nivel del mar, a unos 100 kilómetros de San Juan de Pasto, en la carretera que va de la capital del departamento a Samaniego. Don Gerardo Ceballos, campesino y reconocido papicultor, hijo del pueblo indígena Pasto, había conseguido prosperar a punta de esfuerzo. Comenzó vendiendo pan de maíz a los catorce años e hizo familia junto a Marlen. La década de los ochenta comenzó a calentarse con una guerra que tocó todos los rincones de este país. Por el sur entró el narcotráfico duro. Don Gerardo contribuyó a la organización de los pueblos indígenas, y supo, desde entonces, que el problema de la tierra iba a seguir siendo la condena de muchos. Guachucal es un municipio lechero, próspero, con agricultura y poco asentamiento de grupos armados por su misma geografía. Don Gerardo ayudaba entonces a la organización popular. Solía dejar las cantinas de leche abiertas en el porche de la casa para que quienes pasaran por ahí se sirvieran. Lo mismo con la papa.
Tras la Constitución de 1991, la mayoría de los 115 pueblos indígenas colombianos, así como los afro, negros y palenqueros, entendieron que era el momento de reivindicar no solo sus derechos culturales, sino también de recuperar tierras que les habían sido expoliadas por supuestos títulos coloniales, o violencias colonizadoras de todos los órdenes después de cinco siglos.
En Guachucal chocaron los pastos contra los terratenientes y comenzó una pugna que encendió la mecha de una violencia que acabó con la vida de don Gerardo, un 3 de julio de 1995. Ese día, a los catorce años, Martha empezó a saber que todo aquello que damos por sentado puede irse como un viento helado que sopla en las tardes de esa hermosa región donde el sol y el oro parecen una misma cosa que brota del cielo y de la tierra.
Sin el padre, la familia quedó expuesta a toda suerte de especuladores. El que tiene algo en un pueblo es rico, o así lo promulgan los devotos de la desconfianza. Por eso, tras el asesinato del líder, había que ensañarse con la familia. Tres años sin un padre que era no solo un campesino atento con su historia, sino amoroso con Martha, y sus dos hermanos y su hermana, pasaron muy lentos, dolorosos, como previniendo lo que vendría.
Jean Fabián, el hermano mayor, aquel que no había subido al camión aquel julio en el que el éxodo comenzó, recibió once disparos la noche de Navidad de 1998. A las nueve de la noche entró un grupo de hombres armados. En una esquina acribillaron a tres personas que estaban con Fabián. Él quedó vivo como si aún hiciera falta una prueba más del padecimiento para Martha y de los suyos. Perdió su ojo izquierdo, un pedazo de la nariz y los brazos le quedaron rígidos. Ante la amenaza de que iban a acabar con su vida, por ser testigo de la masacre, doña Marlen lo mandó a Venezuela, donde vivían algunos familiares.
Un año antes de que se acabara el siglo, las Autodefensas Unidas de Colombia comenzaron un proyecto de expansión lo suficientemente documentado por la prensa y los más de cien informes publicados por el Centro de Memoria Histórica, la Comisión de la Verdad y la Defensoría del Pueblo, entre otras entidades. A Nariño llegaron escuadrones provenientes de Cauca y Antioquia. Se hicieron llamar Libertadores del Sur. En el lejero, la tremenda novela de Evelio Rosero, es una alegoría de ese momento. Para Martha y sus hermanos no hubo alegoría ni metáfora. Amenaza tras amenaza, el cerco se hizo insoportable. Así que arrendó el viaje, habló con familiares en Bogotá y en cuatro horas dejó todo atrás.
Las nubes son bajas en algunos parajes de estas carreteras que han visto pasar tanta gente en estos últimos treinta años huyendo de la violencia. En Guachucal se reflejan perfectas sobre el tapete de la cordillera, de todos esos verdes que soñaba Aurelio Arturo. En un parador, once horas después de haber salido, los niños vieron la ciudad de Popayán desde la distancia. La idea de ir a Bogotá, una ciudad a casi mil kilómetros de distancia, una urbe incomprensible, enorme, inhóspita para quienes llegan por primera vez, hizo que Martha, sus hermanos y hermana, le rogaran a doña Marlen que se quedaran ahí; señalaron con el dedo, como el cuadro de Francisco Antonio Cano, pues ese lugar se veía lindo.
Marlen bajó a la ciudad dejando a los niños al cuidado del conductor del camión, alguien de su confianza. Unas horas después regresó con una sonrisa. Había encontrado una casita para arrendar. En cuestión de días amueblaron el lugar con lo que traían. En el garaje de la casa, la madre montó tres mesas y comenzó a vender almuerzos. Martha entró a estudiar Ingeniería Ambiental a la Universidad del Cauca. Con un rincón en el mundo donde no ser perseguidos, la familia se animó a pedirle a Jean Fabián que volviera. En Popayán no corrían peligro. Fabián regresó y sintió, de repente, un ramalazo de realidad. Las deudas apretaban, los arrendatarios reclamaban, la situación no daba abasto. Entonces supo que debía ir a pelear por las dos o tres fanegadas que le quedaban en Guachucal y regresó al pueblo.
No pasaron más de tres semanas para que la noticia del asesinato de Jean Fabian volviera a sumir a Martha, su madre y sus hermanos, en el sinsentido de esta guerra brutal que algunos, como ella, han vivido, en un número alarmante para un país que debe entender cada día y cada hora la dimensión de la tragedia de tener nueve millones de víctimas. Los Libertadores del Sur asesinaron a Jean Fabian. Un muchacho como él, de diecisiete años, de nombre Mario Vega Prieto, parte de la estructura del bloque Libertadores del Sur, hoy aún preso, confesó años después haber cometido el crimen en coordinación con personal activo a la fecha del Grupo de Caballería Mecanizado N° 3 José María Cabal de Ipiales, frente a los tribunales de Justicia y Paz.
Doña Marlen perdió el pelo, se le cayeron los dientes y se le ennegreció la piel. Con las pocas palabras que aún le quedaban tras el dolor de perder a su hijo, y en la compañía de sus muchachos y muchachas, se mantuvieron en pie y la rodearon. Pero hasta Popayán llegaron, de nuevo, las amenazas.
Desesperada, doña Marlen decidió enfrentar a sus verdugos y les dijo al teléfono, con voz firme después de haber recuperado el sentido, que volverían a Pasto y que allí podían encontrarlos a todos. El viaje de regreso convirtió a Martha en alguien distinto. Decidió empezar a investigar lo que había pasado en el departamento con más desplazados del país: esa morada al sur que es un brote de belleza formidable.
Martha tuvo dos hijas. Dejó la Universidad. No cedió ante lo que vendría. Se empeñó en recoger cientos de testimonios, en encontrar conexidades entre los crímenes, se unió al Movice, el Movimiento de Víctimas de Crímenes de Estado. Documentó, guardó archivos y sufrió, también, en su cuerpo, la violencia de un patriarcado sin rumbo, perdido en la bruma como un soldado armado y enloquecido.
En 2016 la llamaron para que fuera a la audiencia de reconocimiento del asesino de su hermano. Le dijeron que la cita era al otro día. Se desesperó. No entendía cómo podían hacer algo de semejante dimensión en unas horas. Sin preparar a la gente. Le escribió por Twitter a la magistrada encargada del caso. Consiguió unas horas. Y entonces vio a las víctimas del caso de Libertadores del Sur desfilar como si fueran parte de una maquinaria desalmada, frente a sus victimarios, para decir si perdonaban o no, como si se tratara de un trámite burocrático más, eso que Hanah Arendt llamó la banalidad del mal.
La noche cae y Pasto se anuncia en la distancia. A veces las historias suceden en nosotros porque alguien decide contárnoslas. Suceden porque mientras el carro avanzaba una noche fría de hace unas semanas, pensaba en cada una de las fechas que Martha me daba, e imaginaba cuál o qué había sido mi vida entonces. Dónde estaba yo en ese julio de 1995, o en ese 24 de diciembre de 1998. Cuáles eran mis ideas o mis sueños. Qué sabía yo de aquellos que como Martha caminaban por las carreteras de un país mientras cambiábamos de canal para ver algo distinto, algo menos negativo, como se decía entonces. Quiénes o por qué habíamos estado millones anestesiados y siguen estándolo como si fueran incapaces de ver el abismo de esas mujeres como Marlen, Martha, Julia, o de las niñas y los niños que son reclutados a diario con la promesa de un arma, de un sueldo, de un sueño que se parece a todo aquello que está mal en medio de tanta vida y tanta cultura y tanto cuidado y tanta gente valiosa como Martha. Dónde estábamos los que no estábamos allí, habría que preguntarnos. De nada nos sirve la culpa como redención, pero si pudiéramos usar la imaginación moral, que contienen relatos como el de Martha, a lo mejor sabríamos que no hay marcha atrás, que nuestro cinismo debe cesar, que es momento de mirarnos al espejo y preguntarnos dónde estamos mientras una mujer y sus hijos se suben a un camión para dejar todo aquello que les importa, irremediablemente atrás.
La respuesta está en cada una de las Marthas que a veces se cansan, y sienten que no pueden hacer nada. Ojalá nos demos a la tarea de preguntarles. Y de acompañarlas. Y de aprender de su valor.
