Matrimonio furtivo.

Parte XV

Autor: Leonardo Franco Arenas – www.latardedelotun.com

____ Las carencias eran muchas, la economía familiar era similar a la crítica hacienda pública nacional, llevada al límite por los conflictos y la corruptela del gobierno central. Pablo se encontraba ante la disyuntiva de elegir entre un famélico bienestar de la familia o casarse, cumpliendo así con la palabra empeñada, compromiso sagrado en lo social, pero, sobre todo sentimental y emocional con Anita, con el mismo. Existía un oculto temor a perder el cariño de ella o que, por las circunstancias y el alargamiento de este paso trascendental en sus vidas, el interés genuino que existía se diluyera. En una de las visitas frecuentes que hacía Pablo a su futuro suegro, aparte de las consabidas charlas sobre la situación que se vivía, no solamente en Antioquia, sino en toda la nación y en las predicciones inciertas sobre el futuro basadas en el deseo propio más que en hechos posibles, la conversación esa tarde se centró en el tema específico del matrimonio y la promesa que se celebrara antes de marzo de ese año, 1901,

– Mijo, el tiempo va pasando, con mi mujer hemos hablado sobre el compromiso de ustedes y me dejó encargado de preguntarle a usted, cómo van las cosas,

– Don Pompilio, usted sabe que este último tiempo no ha sido bueno para ninguno, especialmente para mi familia, el problema con don Aniceto, la muerte de mi papá, la poca producción de la finca, el escondedero de nosotros por el tema de la guerra, los impuestos… En fin, son muchas cosas don Pompilio, ni mucho menos es querer sacar el cuerpo o faltar al compromiso,

– Mire Pablo todo eso lo sé, pero si ve que no puede pues lo deshacemos y listo, yo no quiero ver a la hija ansiosa y preocupada, ya casi ni come,

– Le repito señor, todo está en pie, yo les di mi palabra y mi familia me respaldó, no voy a salir con un chorro de babas, con todo respeto, dije que en marzo y así será,

– Entiendo, pero si no puede muchacho…

– Don Pompilio le estoy diciendo, como sea hay matrimonio, no solo por el compromiso, su hija y yo nos queremos, ¡hablamos en quince días mi estimado!

– A propósito, Pablo, vos conocés la casa de la viuda Margarita Mena, después de que su marido se desgració la puso en venta, se quiere ir para La Ceja donde está su parentela, hablá con ella, a ver como podés hacer negocio está dispuesta a dar un buen precio, menos de la mitad de lo que vale y con buen plazo, esa platica le ayudará a sobrevivir luego de la falta del finao, decile que sos mi yerno, yo te respaldo,

– Gracias señor, veré que puedo hacer,

En esas estaba Pablo, tratando de solucionar lo de la vivienda, cuando apareció Aniceto Arango en el pueblo preguntando por su familia, cuando se enteró del matrimonio y del negocio, dijo a sus amigos,

– Ehhhh, yo a este pendejo me le atravieso, hablo con la viuda Margarita y le ofrezco una platica por ese rancho,

Así lo hizo convencido que, por necesidad, ella iba a aceptar sus términos, lo dio por descontado; mandó un emisario a hablar en su nombre ofreciendo una suma irrisoria por la propiedad, pensando que con esto lograba dos cosas, adquiría a bajo precio una casa bien ubicada a la entrada del pueblo y, además, le causaba un dolor de cabeza a la familia Arenas al atravesársele a Pablo. Con lo que no contaba el gamonal era que a la viuda lo que menos le importaba en ese momento era la plata, además llevaba una relación de amistad sincera desde hacía muchos años con dicha familia, desde esa realidad monda y lironda despachó al mensajero con la razón para su patrón que ya la había vendido.

Doblemente ofendido quedó el hombre, pero no se dio por vencido, por eso decidió de manera miserable atravesarse en ese enlace familiar; primero envió una carta de protesta al párroco de la iglesia sobre la imposibilidad de bendecir una unión entre la hija de una familia honrada del pueblo, con un gañán de baja reputación, con el infundio de ser un liberal radical; luego, se quejó ante las autoridades militares sobre la estrategia que había en Jericó de esconder a los miembros varones de las familias cuando llegaban los destacamentos militares a buscar voluntarios para la fuerza armada del gobierno, acusaba directamente a los hombres de la familia Arenas, señaló la ubicación del predio a tres leguas del pueblo de su propiedad. Así pues, las cosas para ellos no pasaban por su mejor momento.

Ese domingo de febrero día de mercado, tradicionalmente de fiesta y comercio, era el reflejo de la realidad por la que pasaba no solo el pueblo, sino el país, el acostumbrado movimiento de gentes venidas del campo y veredas cercanas no se observaba. Cuando terminó la eucaristía a la que asistían las familias, Pablo aprovechó para hablar con Ana María y sus padres,

– Don Pompilio, tengo malas noticias, pasamos por la casa cural con mi mamá para arreglar lo de la fecha, pagar las partidas de bautismo, las amonestaciones y cursillo que ya habíamos realizado; la respuesta es que no nos pueden casar porque no pueden bendecir esta unión,

– Cómo así hombre… Que pasó pues,

– Dice el encargado que en contra mía hay una queja por ser radical, habrase visto don Pompilio que injusticia,

– Y entonces Pablo que vamos a hacer, porque algo hacemos,

– Yo le estoy echando ojo al padre Abad para hablar con él a ver que dice, pero debo hacerlo personalmente. A propósito, allá va cruzando el parque, nos vemos en la nochecita,

Pablo apuró el paso lo más rápido que le permitía su cojera, al doblar la esquina donde quedaba la tienda de abarrotes, le dio alcance.

– Padre Abad buenas tardes, perdone, necesito hablar con usted sobre mi matrimonio con Anita Velázquez,

– Será en otra ocasión muchacho, voy de afán, yo lo busco,

– No padre, debe ser ahora mismo, usted me conoce y conoce mi familia, así que necesito que aclaremos esto,

– Está bien, esta noche en la casa de sus suegros podemos hablar,

En la noche estaban en casa de Ana María, los novios, los padres de la novia, la hermana mayor de Anita, también asistían doña María, Pedro, Carmen, Eloísa y Joaco, llevaban esperando un buen rato cuando golpearon a la puerta, abrieron y condujeron al padre Abad al salón, luego de los saludos, Pablo de una vez interpeló al sacerdote,

– Que es lo que pasa padre, cuál es el problema para casarnos, o acaso quiere que nos vamos a vivir fuera del sacramento del matrimonio,

Todos, especialmente las mujeres abrieron los ojos ante esta frase de Pablo, ¡eso era vivir en pecado ¡el sacerdote de una vez tomó la palabra advirtiendo que eso ni pensarlo, explicó que habían presentado una queja formal ante la parroquia, pero, que afortunadamente no se había hecho a través de la curia y menos del obispo, lo que dejaba un pequeño margen de acción para llevar a cabo el matrimonio,

– Todo debe ser en la más absoluta reserva, casi como un secreto de confesión solo entre las personas que estamos aquí presentes, nadie más, ¿entendido? A lo que todos asintieron.

– Pero hay otro problema dijo el cura, me han informado que durante todo el mes de marzo va a estar en Jericó un destacamento del ejército, vienen a reclutar voluntarios para la guerra, alguien les advirtió que en este pueblo los varones, niños jóvenes y adultos se esconden cuando ellos llegan. Les ayudo porque tengo una enorme deuda con Pablo y con Pedro que me auxiliaron y salvaron unos recursos de la parroquia de un asalto en días pasados, a las dos familias las conozco desde hace mucho tiempo y sé que son personas con altos valores morales,

– Gracias padre, entonces todo lo coordinamos con usted dijo la mamá de Anita, pero háganos un último favor, fijemos una fecha.

Rápidamente se pusieron de acuerdo para el lunes 25 de marzo, día de la Anunciación de María, sabían que los lunes se bajaba la guardia por parte de los militares y los curiosos, como resultado del domingo de mercado.

La llegada a iglesia por parte de Ana María y su familia no tenía problemas, lo único era que no debían llegar grupo, sino por parejas y muy discretamente; la de Pablo si se dificultaba por la presencia de soldados en los alrededores de la plaza, la casa donde habían sido alojados por ese mes estaba justo al lado del templo sobre la calle real. En casa de Pablo, todo se hacía de manera sosegada y discreta, faltaban dos días para la boda y aún no sabían cómo iba a llegar al matrimonio. Siguieron sus rutinas normales y el domingo temprano salieron para la plaza algunos miembros de la familia, solo las mujeres y Joaco que tenía esposa, sabiendo que era el último día de soltero de Pablo.  Asistieron a misa como de costumbre, a la salida se encontraron las dos familias y caminaban cruzando el parque cuando apareció Aniceto Arango acompañado de dos de sus hijos y tres peones, todos a caballo,

– Buenas tardes, señoras y señores mis mejores deseos para todos, don Pompilio permítame decirle que su hija se está salvando de un mal matrimonio, puede que consiga un buen marido más adelante o a lo mejor se queda sola,

Dieron media vuelta sin esperar respuesta y se alejaron hacia la salida del pueblo.

– ¡Eeehhhhh avemaría, este señor si es muy mal elemento pues!

– Mijo no le pare bolas a ese viejo loco dijo su señora,

Cada familia marchó a casa para los preparativos de la ceremonia y el sencillo agasajo programado al medio día en casa de los Velázquez.

Los hombres de la familia estaban escondidos en la ramada de la montaña desde comienzos de marzo, los militares visitaron y registraron la finca varias veces en lo transcurrido del mes; esa noche solo esperaban que amaneciera, la ceremonia era a las 5 am en la primera misa del día, pedían a Dios que ojalá la idea de Carmen y la tía Eloísa diera resultado. Pasaditas las 4 am Pedro despidió a su hermano que salía para la casa, lo abrazó deseándole lo mejor, quedó allí escondido con los dos hermanos menores.

Anita y sus familiares esperaban impacientes dentro de la iglesia con los ojos fijos en la puerta del templo, cada que alguien ingresaba un suspiro de desazón se sentía al ver que no era Pablo y su familia, por una de las rendijas de la puerta vieron acercarse un grupito de cuatro mujeres, estas pasaban justamente por la guardia del destacamento militar del improvisado cuartel, escucharon algunos saludos y las mujeres llegaron al atrio, el desánimo de todos fue grande cuando las vieron cruzar la puerta, reconociendo solo a la mamá y a la tía de Pablo que iban adelante,

– Señora María… ¿y Pablo? ¿No pudo venir? Preguntó Ana María, estaba vestida muy sencillamente, con el manto dominical a manera de velo y un ramo de flores silvestres en su mano, no se había fijado en las dos mujeres de atrás, Carmen la saludó, Anita la miró y reparó en la otra y… ¡Era Pablo con ropas de mujer y en alpargatas! Lo reconoció al descubrirse la cara del manto que traía puesto, con los ojos alegres y una socarrona sonrisa los saludó a todos y se fue al lado a uno de los confesionarios a quitarse la ropa de mujer sin que nadie lo notara; había muy pocos asistentes por la hora y en la oscuridad se hacían difusas las figuras con la escasa luz de las lámparas. En esos momentos iniciaba la ceremonia. De esa manera llegó Pablo a la iglesia el día de su matrimonio.

Como estaba previsto, el sacerdote al inicio de la liturgia informó a los fieles la celebración del matrimonio entre Ana María Velázquez y Pablo Antonio Arenas, la mayoría de los asistentes los conocían desde toda la vida. Terminada la ceremonia el padre Abad invitó a las dos familias a pasar al despacho parroquial, ingresando a este por una puerta lateral, la claridad del día ya había inundado el recinto, les compartió una copa de vino oporto, una nueva bendición para todos los asistentes y les entregó dos copias de la partida de matrimonio, sabía que la iban a necesitar para el permiso de libre circulación en el pueblo como hombre casado. Se despidieron del sacerdote,

– Padre Abad, no se le olvide pasar a las 12:30 para el almuerzo familiar y el brindis con los novios, le recordó la suegra de Pablo,

– Claro que sí, muchas gracias, allí estaré,

Salieron todos en procesión hacia la casa de los Velázquez, Anita por primera vez del brazo de su esposo; cuando pasaban al lado del cuartel fueron requeridos por la guardia.

– Señor acompáñenos por favor, le ordenó uno de los militares a Pablo señalando la puerta con el fusil, Pablo se desprendió del brazo de su esposa que trató de retenerlo,

– Claro que sí, de que se trata,

– Usted se viene con nosotros para el batallón como conscripto,

– Soy un hombre casado y esta es la partida de matrimonio,

– ¡Fecha de hoy! Exclamó el soldado con sorpresa, creo que esto no tiene validez interpeló el militar, mi capitán revisará el documento, lo que necesitamos son voluntarios… Ustedes esperan afuera,

Pablo siguió al guardia y en la primera oficina estaba el capitán al mando del contingente, de manera concienzuda revisó el documento, al ver que estaba en regla le dijo despectivamente,

– La hizo buena el civil, en la fuerza siempre pensamos que este servicio no es para señoritos, puede irse,

Salió de la casona aun pálido por el tremendo susto,

– Vamos, en la casa les cuento,

Aquello solo fue eso un sobresalto en el inicio de su vida marital; sobre el medio día llegó el padre Abad, bendijo los alimentos y disfrutaron del convite que ofreció don Pompilio en honor de los contrayentes. Así fue el inicio de la relación matrimonial de los padres de Jesús María Arenas Velázquez el segundo hijo de esta pareja de jericoanos.

 

 

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