Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com ______
Hay verdades en Colombia que pesan demasiado, y una de ellas es la distribución de la tierra. No es un secreto, aunque muchos prefieren mirar hacia otro lado, que en nuestro país el campo sigue siendo un tablero de ajedrez donde unos pocos reyes tienen todo el espacio, mientras los peones, el campesinado, luchan por un a parcelita donde sembrar la vida.
Resulta indignante que las hectáreas más fértiles del suelo, aquellas que deberían estar sembradas de comida para el pueblo, estén hoy atrapadas en el mismo modelo latifundista improductivo de la colonia. Grandes extensiones de tierra bajo el dominio de unos pocos terratenientes que, para colmo de males, tributan como si sus fincas fueran rastrojos.
Es una distorsión económica y moral, mientras el pequeño y mediano comerciante de pueblos y ciudades paga altos impuestos, el gran poseedor de tierra paga cifras insignificantes por la tenencia, gracias a avalúos, que parecen sacados de una novela de ficción del siglo pasado.
Pero algo está cambiando, y hay que decirlo con la claridad que nos caracteriza. Por primera vez en nuestra historia republicana, un gobierno ha entendido que la paz no se firma solo en un papel, sino que se cultiva en el surco. Cifras en mano, estamos siendo testigos de la entrega de tierras más masiva que se haya registrado para el campesinado colombiano.
No son solo títulos de propiedad; es el retorno de la dignidad a manos de quienes realmente sudan la tierra. Es justicia histórica, nada más y nada menos.
Y en este escenario, surge una herramienta que muchos poderosos miran con recelo, la actualización del catastro multipropósito. ¿Por qué es tan beneficioso? Primero, porque pone orden en la casa. No podemos seguir gobernando un país que no sabe qué tiene ni quién lo tiene.
El catastro permite que cada quien pague lo justo; que el gran terrateniente aporte según el valor real de su suelo y que esos recursos se queden en los municipios para construir vías, escuelas y puestos de salud.
Actualizar el catastro es quitarle el velo a la propiedad privada para que cumpla su función social. Es pasar de la Colombia del privilegio feudal a la Colombia de la producción moderna. Si queremos un país en paz, el camino empieza por reconocer que la tierra no es un adorno para lucir desde el privilegio, sino un bien común que debe alimentar a la gente.
Al final del día, el campo no necesita más cercas de alambre de púas; lo que necesita son manos labriegas, impuestos justos y una administración que, como la actual, no le tiemble el pulso para entregarle el suelo a su legítimo dueño: el campesino.
Colofón: Los grandes propietarios salieron a bloquear y trataron de instrumentalizar a los campesinos, les salió el tiro por la culata. Se jodieron.
