Autor: Leonardo Franco Arenas. _____
Aquel día de 1967 comprendí que los monstruos no emergen del averno, sino de las sombras y acciones humanas. El aire de esa tarde en el Barrio Boston de Pereira era pesado, casi irrespirable. El calor, denso y pegajoso, invadía la estancia colándose por entre las rendijas de puertas y ventanas de la vieja casa.
En medio del suplicio de dos días de intensa fiebre por culpa de una infección canalla que me doblegaba, estaba a merced de la debilidad y el delirio, las cobijas eran dunas ardientes y la realidad era distorsionada en un cortejo de sombras deformes.
Al lado del lecho ya insoportable, había una ventana, único nexo con el mundo vivo que se agitaba en las afueras. De repente el sopor febril fue acompañado de un estruendo salvaje. Un oleaje de voces desaforadas y detonaciones de petardos y triquitraques invadió la calle, hiriendo sin piedad los oídos hipersensibles por la enfermedad. Con un esfuerzo supremo debido a las exiguas fuerzas, me incorporé en el borde y descorrí la cortina.
Afuera el barrio ardía en medio de una algarabía dionisíaca, un tropel de gentes bajaba danzando, saltando y gritando por la calzada y los andenes, poseídos por un frenesí de fiesta o de rito. Y al frente de aquella horda, abriendo el paso con piruetas grotescas y muecas terroríficas, marchaba el diablo.
El pánico inoculó su gélido veneno que me dejó estático. Era incapaz de parpadear o apartar la vista de aquella imagen de pavor, no podía respirar; mis ojos quedaron imantados a esa figura color bermellón de cuernos y tridente. Entonces, el maligno detuvo su marcha y levantó su cabeza. Sus ojos se clavaron en los míos, el tiempo se detuvo insondable en ese cruce de miradas, en un abismo que me devolvía el reflejo de mi propia orfandad ante lo desconocido.
Cuando mis fuerzas retornaron en forma de espasmo, me dejé caer hacia atrás, refugiándome detrás de las telas de la cortina, temblando, con el corazón galopando como un potro desbocado. Pasaron unos pocos segundos que la fiebre estiró hasta la eternidad, el silencio relativo me insuflo el valor de la duda y volví a asomarme al cristal con infinita cautela. La calle estaba vacía de monstruos, solté el aire con un suspiro de tranquilidad y creí haber descansado de la horrible imagen. Pasé la mano, temblorosa por la frente perlada de sudor frio creyendo estar a salvo.
Entonces el verdadero horror hizo su entrada. Sin previo aviso, pegada al vidrio, la cara del diablo emergió desde el marco exterior de la ventana. Quedé rígido, convertido en estatua de sal. Abrí la boca para gritar, llamar a mi madre, pero solo una mueca vacía salió de ella, la garganta se me cerró en un nudo seco y la voz simplemente no salió. El monstruoso ser me observaba a escasos centímetros.
Pestañeé varias veces, esperando que la alucinación de la fiebre se disipara, y en ese parpadeo agónico, la luz de esa calurosa tarde me reveló lo cierto. Vi el sudor humano que corría bajo la máscara y los ojos cansados del actor de momento, que solo buscaba asustar a un niño por diversión y sentí la respiración agitada del hombre que personificaba el espanto. Era un simple mortal.
Han pasado sesenta años de aquella tarde de fuego y delirio en Pereira. Desde ese instante de terror revelador, perdí todo temor a ese mito cornudo, a las imágenes de azufre y a los infiernos descritos desde los púlpitos. Comprendí para siempre que el verdadero demonio, el auténtico satanás que aterra al ser humano, camina en dos patas. No camina en el averno, sino en la condición de los seres humanos; se esconde en intersticios de lo que somos y lo que podemos hacernos los unos a los otros; en el terror real que producimos, cuando decidimos abandonar nuestra humanidad y caracterizarnos de diablos.
