Por: Hubert Ariza* – El Unicornio / www.latardedelotun.com _____
En política se necesita una vida para construir una imagen y solo 10 segundos para destruirla. Los ejemplos son miles. Basta recordar el coscorrón de Germán Vargas Lleras a un escolta que sepultó sus aspiraciones presidenciales. Esta semana, Abelardo de la Espriella, el Tigre, hizo un comentario procaz sobre el tamaño de su pene en el programa radial, Piso ocho, que dirige el reconocido humorista Jhovanoty, en el que demolió su intento por construir una percepción de estadista y quedó como acosador sexual de una periodista.
En medio de una campaña presidencial tan reñida, en la que la derecha se despedaza sin dar tregua, el chiste sobre el tamaño del falo del Tigre se convirtió en un misil que le explotó en las manos, derramando ríos de tinta y miles de comentarios en redes sociales sobre el talante del candidato y la dimensión de sus equivocaciones.
Cuando la campaña presidencial ha entrado en la recta final y el Tigre parecía dejar atrás a Paloma Valencia, sus salidas de tono le dan un respiro a su rival de la derecha. Abelardo sumó, en la misma semana, otro enfrentamiento con la prensa. Esta vez en vivo y en directo en Caracol Noticias, atacando con descalificaciones misóginas a la reconocida presentadora María Lucía Fernández, a quien señaló de ignorante y venenosa, por preguntarle de manera legítima sobre sus aseveraciones sobre la ética y el derecho.
Y para rematar, en otra entrevista, señaló lo que sería su postura frente a la protesta social durante un eventual gobierno suyo, señalando que no dudaría en dar de baja a quienes intenten atacar a la fuerza pública. La pena de muerte está prohibida en Colombia y la protesta social es un derecho constitucional. Precisamente, el mal manejo del estallido social en el Gobierno pasado creó las condiciones para elegir a Petro.
Fue, en síntesis, una mala semana para el Tigre, que ha recibido palo de sus contradictores y ha actuado sin maquillaje ni silicona, reaccionando sin filtros contra la prensa, las mujeres y la protesta social, queriendo ser más radical que Bukele en El Salvador, Milei en Argentina o Trump en los Estados Unidos. Colombia aún no tiene las condiciones políticas de ninguno de esos tres países. Quien le escribe el guion al Tigre está equivocado de auditorio.
A quince días de la primera vuelta, habrá que esperar las últimas encuestas para ver qué tanto daño se ha autoinfligido el Tigre con su estrategia. Los áulicos que lo rodean, y seguramente él mismo, creerán que fue un acto de genialidad poner a todo el país a hablar del tamaño del pene y no de las propuestas del candidato, que son pocas. Pero en Colombia la falocracia está en crisis, las mujeres están asqueadas del machismo y las actitudes misóginas, y votar por un candidato que las desprecia y maltrata sin pudor, celebrando sus agresiones, no está en el menú de la mayoría de ellas, mucho menos en una sociedad más educada y garantista de derechos.
Gracias a sus errores, el Tigre puede haber perdido mucho voto femenino, pero nadie sabe si ese voto se pasará donde Paloma, una campaña estancada, en la que ha habido desbandadas y muchos líderes de partidos tradicionales parecen aves migratorias que van, de campaña en campaña, buscando el sol que más alumbre sus intereses individuales.
Las razones de la crisis de esa aspiración son muchas. La primera es que Paloma le está hablando a un país que no existe. Colombia cambió con Petro y el uribismo está de salida. La prueba reina es que la aspiración del Tigre nació, creció y se multiplicó yendo contra Uribe, nadando contra la corriente del hombre que lo recibió en su casa y fue su mentor, desconociendo su autoridad y su legado, pasando por encima de sus rabietas y desafiando su hegemonía.
Colombia tampoco es ya la tierra de los partidos tradicionales, que hoy son minoría. El único partido fuerte es el Pacto Histórico, y allí manda Petro. Los demás son razones sociales en crisis, propiedad privada de castas decadentes. El liberalismo es la casona vacía de los Gaviria; el conservatismo es una estructura que se pone en subasta cada cuatro años; Cambio Radical, sin Germán Vargas Lleras, es un cascarón resquebrajado; el Centro Democrático es la extensión del Ubérrimo; la U es el matriarcado de Dilian Francisca; el Partido Verde es un girasol que se apaga. Para la mayoría de colombianos, los partidos perdieron la ideología y el norte programático. Solo les interesan la credencial, las elecciones y los contratos.
Paloma marcó su destino electoral con dos errores históricos: decir que Uribe es su “papá” y proponerlo como ministro de Defensa.
La candidata, además, se ató al pavimento cuando sumó a su lista a Juan Daniel Oviedo, su compañero de fórmula LGBTI, antítesis ideológica de lo que ella piensa. Fue una torpeza mezclar peras con naranjas y ofrecer un futuro de caos ideológico entre las cabezas del Ejecutivo. El país ya ha vivido esas experiencias, que son fuente de inestabilidad institucional. Basta recordar a De la Calle conspirando contra Samper, en 1994. Un vicepresidente ninguneado, resentido y conspirando, en un peso demasiado fuerte en las alas de un eventual gobierno de Paloma.
Por ello, por sus propios errores y los de sus asesores, la aspiración de Paloma marca el tercer lugar en las encuestas. Su esperanza es que los errores del Tigre, en la semana que concluye, le abran una ventana de oportunidad para revertir la tendencia. Sumados los votos de la derecha, sin embargo, no alcanzan para derrotar a Iván Cepeda, el heredero de Petro, quien continúa creciendo en los estudios de opinión, dejando atrás a su contendores.
A Cepeda el viento lo favorece, mientras la derecha se destroza y el Centro se evapora en medio de la polarización. El 31 de mayo, cuando se cierren las urnas, se verá con claridad el país que ha construido Petro y la lealtad de sus seguidores. Y comenzará la segunda vuelta. El mejor escenario para Cepeda es enfrentarse al Tigre, que llegaría al tarjetón con una derecha dividida y marcada por las heridas, que parecen hoy incurables. Los zarpazos del tigre contra la paloma no se curan con vaselina, ni con un abrazo. Y si pasara Paloma, el escenario más improbable, los seguidores del Tigre no la reconocerían como su nueva líder.
Un triunfo del Tigre sobre Paloma dejaría varias lecciones: primero, un golpe letal al uribismo, que ya comienza a hablar de la era del posuribismo, que es como hablar de la herencia del patriarca sin que este haya desaparecido. Segundo, la consolidación de una derecha más reaccionaria y vengativa, decidida a alinearse de manera total con Estados Unidos y revocar las reformas que promovió Petro. Tercero, la constatación del surgimiento de un país mucho más polarizado, en el que la derecha palomista quedaría en minoría y tendría que rehacerse para impedir que el Tigre se los devore definitivamente.
Y, como es natural, la victoria de Cepeda empoderará aún más a Petro, quien en los 21 días entre las dos vueltas desatará todas las fuerzas a su alcance para impedir que un Tigre falocrático entierre la cosecha de reformas sociales que sembró durante cuatro años. Estas elecciones son atípicas y el final del reality es cada día más incierto, aunque Cepeda lleva la ventaja.
La foto electoral de hoy muestra que Cepeda tiene todo para ganar, llenando plazas y aguardando el momento de asistir a debates; el Tigre muestra las garras y hace chistes sobre su falo y aplasta a la prensa que lo disparó en las encuestas. En este caso, bien vale parafrasear el conocido refrán: cría tigres y te apagarán las cámaras.
También muestra que a Paloma el “papá” se le volvió una carga y su vicepresidente un estorbo; y el Centro parece irrelevante. En la derecha, el palo no está para cucharas. En la izquierda, el tigre no produce miedo.
@HubertAriza
* Tomado de El País América
