Por: Jaime David Pinilla* – El Unicornio / www.latardedelotun.com _____
Carrera de honores, así le llamaban los antiguos romanos a la carrera política y administrativa del imperio y la república. Seguía una lógica elemental, como la que establece que hay que aprender aritmética antes que álgebra, y cuidaba que quien llegara a cónsul u otros de los cargos de mayor responsabilidad hubieran adquirido experiencia en otros de menor complejidad. Simple lógica. Y claro, también había lo que en la Edad Media se conocería como bufones, que no accedían a cargos, pero esa es otra historia.
Eran épocas en las que la vida era más simple, no se había inventado la prensa y mucho menos las redes sociales. La información viajaba lenta y la política se hacía de frente, con personas de carne y hueso. Hoy, en cambio, las posibilidades tecnológicas nos han convertido en espectadores y actores de una campaña presidencial hecha con IA, con memes, con muchas mentiras (y algunas verdades) que se riegan como la pólvora y distorsionan enormemente la comprensión de la realidad. Somos testigos y víctimas de la más grande manipulación que haya habido en la historia. Es lo que hay.
Esas tecnologías han dado lugar a verdaderos errores del sistema, como el fenómeno del ‘outsider’ y del ‘influencer’ en la política, que han degradado la calidad del debate político hasta convertirlo en un grotesco espectáculo, y casi se ha vuelto la regla en las democracias tanto europeas como latinoamericanas, al punto de que los escaños de los congresos y parlamentos y los solios presidenciales están cada vez más llenos de gente que, por supuesto, no tiene la más remota idea de lo que significa legislar o gobernar, a los que no les cabe su país en la cabeza.
Imposible imaginar a un Luis Carlos Galán, un Horacio Serpa o un Álvaro Gómez Hurtado saliendo a la tarima en medio de humo, música, fuegos artificiales, con un bailecito de no sé qué a “encantar” a una masa tan infantilizada como el candidato-bufón que hoy se presta para semejante show. Imposible, ellos eran hombres maduros, inteligentes, verdaderos estadistas, y como los antiguos romanos, con la experiencia suficiente para conducir un Estado, Colombia los desperdició, ninguno de los tres llegó a ser presidente y dos de ellos murieron bajo las balas asesinas.
Hoy tenemos a Abelardo, quien además de ser el bufón de esta campaña, promueve que deben elegirlo porque no es político, porque no es de “los de siempre”, porque no ha vivido jamás de “la teta del Estado”, como si ser servidor público y devengar un salario del Estado fuera delito. El mundo al revés.
Ofrecerse como el más idóneo para gobernar el país por no venir de la política es tan absurdo como pretender decir que se es buen médico precisamente por no venir de la facultad de Medicina. U odontólogo, o técnico de la selección de fútbol por jamás haber tocado una pelota. O mecánico o constructor. En cualquier escenario salta el absurdo, excepto, ¡vaya ironía!, si se trata de elegir el cargo más importante del país. Y ahí lo tenemos, diciendo sin sonrojarse que concibe al cuerpo diplomático del Estado como un equipo de asesores comerciales, por citar una al azar de entre un mar de barbaridades. Es lo que hay.
En la Roma republicana, tanto como en cualquier país serio, un candidato así no podría ser, y en la Colombia de hoy tendría que ser castigado por las encuestas, pero aquí el analfabetismo político y el algoritmo lo tienen con posibilidad de ser presidente. Si cualquiera de los candidatos de los 90 que mencioné o el mismísimo Marco Aurelio pudieran asomarse al mundo político de hoy, regido por esta manipulación digital que ellos no conocieron y nosotros volvimos paisaje, se espantarían, pedirían regresar de inmediato a la oscuridad del sepulcro.
@cuatrolenguas
* Historiador de la Universidad Industrial de Santander. Corrector de textos para editoriales. Ha colaborado en publicaciones de la FAO y varias ONG. Fue presidente de la Asociación Colombiana de Correctores de Estilo (Correcta), de la que además es miembro fundador. Formó parte del equipo editorial que tuvo a cargo la edición del Informe final de la Comisión de la Verdad.
