CORTA SEMBLANZA DE UN PEREIRANO SINGULAR, EL TINTIADO Y RONEADO JAVIER GÓMEZ RAMÍREZ.

Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com  ______

Javi o el sensei de la música como alguna vez lo nombré, fue un auténtico ícono urbano de Pereira, un hombre que recorrió la Perla del Otún con su estilo inconfundible, detallado por sus trajes de tonos intensos, multiplicidad de sombreros, especialmente de origen africano, collares fantanciosos y mochilas multicolores; más allá de su fina estampa callejera, Javier personificó la esencia de antaño de la Capital de Risaralda: Culta, bohemia, alegre y profundamente anclada a sus raíces.

Esta es una corta y respetuosa semblanza de un pereirano a carta cabal.

 

Sus raíces:

Javier guardaba un profundo orgullo por su ancestro. Luis Ovidio Gómez y Deyanira Ramírez, campesinos antioqueños de Fredonia, desplazados en la época de la violencia de los años 40 hacia el Eje cafetero; en esta ciudad sin puertas, libre pensante, acogedora y morena, nació “raizal” Gómez Ramírez en la Calle 40, justo frente a la cárcel de varones.

Su apartamento era un santuario musical, albergó colecciones musicales de variados ritmos, desde música clásica hasta los ritmos caribeños, pasando por aires colombianos y otros. La melomanía fue heredada de sus padres, una anécdota compartida, su mamá regaba las plantas cantando en ventanas adornadas con conchas de huevo y violetas; su padre tarareaba bambucos y boleros.

Desde pequeño Javier sintonizaba en onda corta la señal de Radio Habana de Cuba cuando apenas despuntaba el día, allí descubrió algo que lo marcó para siempre la música del Caribe: Trio Matamoros, Orquesta Riverside y Benny Moré, sonidos y acordes que moldearon su oído, alimentaron su conocimiento y dieron rienda suelta a un romance eterno con la música cubana y la salsa.

Se consideraba un “bailador” más que un bailarín de academia, Javi llevaba el ritmo en la sangre y desde joven pulió su estilo en los fiestones de los Jaramillo Quiñones en su barrio, complementándolo con escapadas de la misa dominical hacia la icónica zona de “La Palmera”, (los muchachos de antes entienden), no por vicio, sino por la atracción a las melodías y los pasos de baile de los asiduos visitantes, tango, milonga y música tropical.

 

Lector insobornable e inclaudicable.

Fue Javi un creador de palabras, además de la música su pasión eran los libros. Se definía a sí mismo como un lector asiduo, impenitente, un oficio del que afirmaba con orgullo que jamás se arrepentiría. La cercanía con los libros lo bendijo con una nueva lingüística, muy singular y casi profana para los entendidos, entre sus charlas cotidianas y publicaciones en redes sociales acuñó términos como: roneado, tintiado, Salutis frutis, Manisalado y muchísimas más. Frases como, “Lo mío Siempre Siempre Siempre” y una que me encantaba “Viva la Bata” maravillosa, toda la razón mi querido Javi, que ¡VIVAAAA!.

 

El objeto sentimental que no se manosea.

Nuestro admirado Javier vivió bajo sus propios términos, alejado de la cotidianidad del materialismo creado por la sociedad de consumo y las conveniencias. Dejó plasmada una frase de indomable libertad y desparpajo que lo define: “No soy esa clase de objeto sentimental que se usa, se lava, que sobrevive al manoseo, No tengo dinero”

Ya han pasado algunos días de su ausencia física que deja las calles de Pereira un poco menos coloridas, pero su recuerdo permanecerá como el de un pereirano auténtico, conversador irrepetible y guardián de la música. ¡Vive Javi!

Nos adelanó el amigo entrañable, el melómano de raíces vivas un hombre con sensibilidad social que, aunque no era militante ni activista del progresismo si se auto definía como muy contrario a la derecha. Ya no lo veremos pavoneándose por la carrera séptima o la octava, al menos físicamente, pero su espíritu y recuerdo llegará siempre puntual cuando sus amigos se reúnan a tintiar, a ronear o solo a hablar sobre lo divino o lo humano.

En este escrito, es imposible no evocar a sus grandes amigos, y de manera entrañable a aquellas amigas que iluminaron sus días: Angélica Gallego, Mar Ángel, Martha Luna, Deysi y Luisa, entre otras que admiraron su caballerosidad. Igualmente, a esa cofradía de amigos que compartió con él ese gusto por la buena charla, la música y los libros: John Jairo Ospina, (John boy o el pediatra del bembé), Jorge Andrés Nader, Jaime Correa, Fernando Arboleda, Mauricio Correa, Chrisan Kruguer, Leonardo Fabio Marín, Andrés Felipe Piedrahita… y un largo etcétera de almas afortunadas que cruzaron su camino.

Afortunadamente una semana antes de su partida, pudimos tener una charla pendiente sobre alguien muy especial. Buen viaje amigo, bailador de la vida. Las calles de la Perla del Otún hoy guardan un respetuoso y colorido hasta siempre.

Entrevista de hace algunos años: https://youtu.be/RoNlm6cp8-A?si=4SclWbD_DZTHUVsd

 

 

 

 

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