Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com _______
Alguna vez, Hugo Chávez expresó una frase que indignó a muchos colombianos: “Colombia es un narcoestado, un para estado, hay paramilitarismo en el Estado. Esto es doloroso, pero es la verdad». Lo dijo en su programa Aló presidente, refiriéndose directamente al gobierno de Álvaro Uribe Vélez. Chávez no estaba hablando embustes, solo que en ese momento se quedó corto en su apreciación. Desde hace años ese abanico de países se ha ampliado en Latinoamérica.
Hoy 04.09.26, Colombia amaneció inundada de titulares y noticias sobre el abatimiento del delincuente “Bendito menor” en La Guajira, los grandes medios han amplificado la noticia como el suceso del año en la lucha y aniquilamiento del narcotráfico en el territorio. La razón, darle aire al gobierno de Abelardo que se bambolea entre equivocaciones, incapacidad y los intereses personales en estos 27 días al frente de la Nación.
Este criminal solo era un “lavaperros”, que ahora se exhibe convenientemente como trofeo de guerra, su control y protección estaba en manos de la élite dueña del negocio. Además, se conoció otra versión en la que dan cuenta que fue asesinado por su propia gente, “blanco es, gallina lo pone”.
En las últimas décadas el negocio de las drogas ilícitas ha vivido una metamorfosis dramática, pasó de ser una historia de crimen, a un reflejo de cómo el capitalismo salvaje absorbe y refina los activos más lucrativos. A finales de la década de los sesenta y hasta mediados de los noventa el control del negocio de las drogas se concentraba en figuras reconocibles, patrones locales, “mágicos” era el adjetivo utilizado. Estos hombres nacidos en comunas populares, barrios marginales o sectores de la clase media colombiana, (primero las ovejas negras, luego los inversionistas) quienes intuyeron el descomunal potencial financiero de esta actividad ilegal. Eran, criminales de proximidad, dueños de calles que operaban combinando la violencia explicita como ejemplo y método, y la filantropía clientelista en sus áreas de origen e influencia. No obstante, ese modelo casi “artesanal” estaba destinado a mutar.
Al cabo del tiempo, el poder económico de este negocio se sofisticó, desplazándose de barriadas populares, clubes locales a salones VIP del orden global. Miembros de las élites económicas tradicionales en alianzas silenciosas a nivel internacional con dueños del poder financiero y político en EEUU, se han apoderado del control estratégico de este.
Queda claro que hoy, el narco no se maneja desde una comuna, ni por carteles; se gestiona y desarrolla mediante ingeniería financiera, lavado de activos a gran escala y la complicidad del sistema financiero, bancos internacionales, quienes miran para otro lado mientras los inmensos flujos de dinero legalizan riqueza de un selecto grupo.
Este negocio opera bajo la misma lógica corporativa de las multinacionales farmacéuticas, la industria armamentista o el sector petrolero. Es un entramado que genera miles de millones de dólares al año para esos privilegiados que están situados en la cúspide de la pirámide global. Mientras tanto, campesinos cultivadores, transportadores, jóvenes distribuidores, expendedores al menudeo y líderes territoriales no son más que peones desechables en este engranaje, es la base de la cadena que está compuesta por personas prescindibles que son sacrificados sistemáticamente de acuerdo a conveniencias judiciales o comerciales de las élites.
El ejemplo nítido de esta dinámica corporativa en el caso sucedido en las últimas horas con alias “Bendito menor”, Naín Pérez Toncel, su caída no representa un golpe estructural al narcotráfico como pretenden hacerlo ver, sino, el descarte de un eslabón reemplazable en el momento más conveniente para ese engranaje superior. Y utilizar la noticia como cortina de humo mediática y trofeo operacional para el actual gobierno. Mientras tanto, los verdaderos hilos del negocio siguen intactos, moviéndose en las altas esferas. En este tablero, la vida y libertad de los mandos medios y peones de la base, son divisas de cambio que tienen una fecha de caducidad programada.
El expresidente Gustavo Petro lo señaló en su momento al cuestionar los mitos de la guerra contra las drogas, “los dueños del negocio ya no están en la selva colombiana, ni mueren en los tejados de Medellín; los verdaderos jerarcas de este mercado global viven camuflados en Miami, Nueva York y Dubái viviendo en medio del lujo y protegidos por la impunidad que otorgan los grandes capitales”.
El narco ya no es un asunto de delincuentes de barrio; es, desde hace mucho tiempo, un monopolio de la élite transnacional. Y aquí en Colombia, muchos son los eslabones por algo “presuntamente” los llevaron al poder.
