“CAMPESINO” NO ES OFENSA, ES DIGNIDAD.

Por: Puno Ardila – El Unicornio / www.latardedelotun.com  _____

Desde que salí del bosque de la montaña y me interné en las oscuras sendas de una selva de cemento como Bogotá, mantengo la misma postura ante mis amigos y compañeros sobre el término ‘campesino’, usado durante mucho tiempo como sinónimo de ignorante, de persona baja e incapaz. El campesino, cuando menos el que conozco desde que tengo uso de razón, es un ser altivo, elegante, prudente, digno, orgulloso de su entorno y de su saber; alguien que cumple su palabra, lleno de destrezas y capaz de responder por su vida.

Si un campesino recibiera la educación que merece cualquier colombiano y tuviera acceso a los libros, podría leer El Quijote sin consultar el diccionario; identificaría sin pestañear términos como noria, aljibe, majada, yunta o boyada, palabras que las ediciones modernas deben explicar a pie de página porque el lector urbano las desconoce: son vocablos bucólicos que pertenecen al universo rural. Al campesino se le tacha de ignorante porque dice “vusté”, ‘enantes’ o ‘endespués’, cuando en realidad está inmerso en un proceso lingüístico arcaico que no se ha actualizado debido al aislamiento al que ha sido relegado.

Ese campesino que conocí de niño —no el de hoy, contaminado por las redes sociales y por Olímpica, que transmiten de todo menos lo que debieran— posee una sabiduría práctica envidiable. Sabe cuándo sembrar y cuándo cosechar; entiende que la yuca, el plátano y la fruta se recogen en la medida en que se necesitan, mientras que el citadino, incapaz de concebir la vida sin congelador, es capaz de tumbar todas las mandarinas de un árbol para dejar que la mitad se pudran en un saco.

El campesino domina las artes de conservar la carne, conoce los senderos, sabe qué hierbas curan la fiebre o el estómago, y cuáles alejan zancudos y serpientes. Sabe, además, qué árbol puede causarle una afección, como el Pedro Hernández. Ignorante no es, aunque, si a un campesino lo sueltan en el centro de la ciudad, queda como gallina criando patos; pero si al citadino lo dejan en el monte, tampoco sabe para dónde agarrar. Por algo los adiestrados en las urbes han perdido tantos combates frente a los campesinos alzados en armas, quienes conocen el terreno y saben cómo sostenerse en él.

Por eso resulta ridículo que hoy un político pretenda prohibir la palabra ‘campesino’ con el argumento de que es peyorativa e indigna. Ocurre lo mismo cuando pretenden evitar ‘viejo’ o ‘negro’ solo porque algunos han usado estas palabras para insultar. La marginación social ha llegado al punto de avergonzar a los campesinos de su propia indumentaria: hoy es raro ver a un campesino usar sombrero en la ciudad —a pesar del sol picante—, e incluso en el propio campo, porque terminaron convenciéndolo de que es mejor una cachucha y que su identidad es un motivo de afrenta.

Pretender cambiarle el nombre al campesino para no ofenderlo es la verdadera ofensa. Quien usa la palabra ‘campesino’ como insulto es, en realidad, un idiota. Y si de usar palabras con carga despectiva se trata, no hay ninguna más agresiva ni ofensiva que la palabra ‘político’.

@PunoArdila

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