EL DOBLE SORTILEGIO DE PETRO.

Por: Lucero Martínez Kasab – La Nueva Prensa / www.latardedelotun.com  ______

De lo más chocante que puede encontrar el ser humano en su existencia es un sueño hecho pedazos por la realidad. Antes que razón, tuvimos sensaciones que surgieron del vaivén del agua, de los sonidos, de la oscuridad embrionaria. Las sensaciones crearon la imaginación que todo lo era; luego fue reduciéndose a casi nada por la fuerza de la lógica…, a dejar volar la mente llena de deseos mientras se viaja horas y horas en un bus de regreso a casa.

Ese rasgo humano, la imaginación, es la levadura del arte y la ciencia y de algo de lo que poco somos conscientes: de la capacidad de anhelar y esperar un mundo mejor. Es imposible que el sembrador se acueste sin imaginar cómo amanecerá la tierra que ha cultivado. Si lloverá. Si florecerá. Así, los padres con los hijos. Así, el científico que dejó anotados los cambios en sus cuadernos. Antes que todo sucediera, estuvo primero en la ensoñación de la mente humana. Sigmund Freud lo observó en sus pacientes: más que los hechos comprobables narrados por ellos, lo que realmente contaba era la fantasía alrededor de los sucesos.

Pero el lado oscuro de la psique llena de codicia también descubrió que, a través de activar las ilusiones, podía esclavizar a pueblos enteros, generación tras generación. Así, pasó de la parla envolvente del prestidigitador de feria, prometiendo riqueza en un echar de dados, a los ojos de la mujer que fijamente augura un amor eterno al desconsolado amante, hasta llegar a la perfección de las técnicas para atrapar a los incautos: la publicidad. Ese engendro con su cabeza llena de serpientes, que el progresismo se resiste a desentrañar, se ha perfeccionado tanto que el espectador recibe gustoso la daga para hacerse el harakiri sin rechistar.

Esperar un mundo mejor, una tierra prometida, es el gran sueño de los pueblos, pero la parte perversa de la política lo volvió el camino expedito para dominar la conciencia de los ciudadanos, vendiéndoles una representación del mundo desde el interés particular de los avivatos, haciéndoles olvidar los propios. Tanto perfeccionaron las técnicas para envolver al pueblo que éste votó por salvar a Barrabás y no a Jesús, por el petróleo y no por el agua, y por el genocidio de Palestina y no por su vida, mientras lleva con resignación el desvanecimiento de sus ilusiones.

Los dominantes defienden con todas sus fuerzas, incluso con el genocidio sobre los pueblos inermes, sus sueños de poder. No entran en contemplaciones de ningún tipo a la hora de imponer el centro vacacional imaginado en Gaza, de elevar las cifras de sus cuentas por la venta de los árboles de la selva amazónica o proteger la línea sucesoria para que sus hijos hereden las riendas de los países.

En Colombia, Gustavo Petro, encontró cómo romper ese embrujo de dos siglos: puso a andar la productividad en las manos de la mujer, en el campo, en la tributación de los ricos y señalando la importancia de la movilización social. Él, destapó las cartas escondidas, el doble fondo del baúl, el florero de plástico, los trucos que la oposición ha manipulado para mantener a la gente adormecida; por eso lo persigue la oposición con sevicia, con cientos de sabuesos detrás de su vida privada.

Petro, haciendo más productivo el campo, subiendo el salario mínimo y afianzando la conciencia de clase, le mostró al pueblo que sí es posible concretar los sueños de tener acceso a la tierra, de estudiar sin pagar altas matrículas, de viajar en días de descanso, de poner flores en la mesa…, un mundo mejor.

Lo suyo ha sido un doble sortilegio: despertar a la gente de una resignación impuesta por la oligarquía a punta de todos los ardides y mentiras de la publicidad y, a su vez, echar por tierra los sueños de acumulación perpetua de la clase dirigente, derrumbándoles los cimientos de su universo codicioso, estremeciéndoles la psique, tal y como siente quien se refugia en la fantasía sin tocar el piso. Lo persiguen porque les trae de vuelta la realidad, deshaciéndoles la ilusión de que el dominio sobre los pobres sería eterno. Pero el pueblo, una vez despierto y movilizado, nunca jamás será el mismo.

 

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