Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com ______
Existen tragedias humanas que no salen en las crónicas o las fotos de los periódicos, en las redes sociales y menos en las listas oficiales de los que necesitan ayudas. Son las de aquellos damnificados que hoy cenan en mesas ajenas y duermen en camas prestadas.
El terrible sismo del 10 de agosto pasado no solo derribó casas, colapsó y dejó en riesgo cientos de edificios y conjuntos residenciales, también echó abajo de manera silenciosa y a puerta cerrada el orgullo y la tranquilidad de quienes nunca imaginaron pasar por una situación semejante de pedir refugio a sus familiares o amigos.
Muchas familias, hoy viven hacinadas en espacios pequeños sin importar el estrato. Llegaron a estos lugares familiares o amigos que lo perdieron todo y no han encontrado nada disponible para vivir, han llenado decenas de solicitudes con el consiguiente pago de los estudios de arrendamiento que no llegan a nada perdiendo el dinero, (negocio alterno activado por algunas inmobiliarias). La crisis de vivienda en Pereira es de grandes dimensiones.
“Arrimados” es una palabra usada en el argot popular que parecía relegada al baúl de los recuerdos, sin embargo, en el escenario actual de la ciudad volvió a la palestra y es expresada con pudor y amargura, de manera vergonzante. El sismo no solo impactó la estructura física de la Perla del Otún, también resquebrajó la independencia, la tranquilidad y la dignidad de miles de personas que de la noche a la mañana tuvieron que cambiar de hábitos, de espacios y de decisiones personales.
Esta es la más monstruosa réplica del terremoto, se inició desde el día siguiente cuando a cientos de personas les tocó aprender a vivir prestado. “Arrimado” este indigno apelativo conlleva a un luto privado de quienes viven hoy día esa situación, aquellos que perdieron hasta el derecho a la propia intimidad.
¿Y la plata?
