Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com _____
En la política criolla no existe el pudor. La decencia suele ser un estorbo para la ambición política de las élites, algunos sectores en este escenario han caído como decía “una grandilocuente pensadora nacional, han descendido a los sótanos del infierno” lo más bajo de la condición humana, el mercadeo de las lágrimas.
El duelo familiar se llevaba protegiendo la intimidad del dolor, alejándolo de la exposición pública, hoy se convirtió en una tarima de campaña que bajo un guion mal ensayado e improvisado se aprovecha para tratar de arañar algunos votos.
Lo de María Claudia Tarazona, viuda de Miguel Uribe Turbay y Clemencia Vargas, tras el deceso de su padre Germán Vargas Lleras, cruza la línea de lo aceptable socialmente, que ni el más curtido de los maquiavelos se atrevería a infringir. No es dolor lo que trasmiten en sus declaraciones, es cálculo, es la instrumentalización desvergonzada del luto, convertida en arma política contra Iván Cepeda. Una trasgresión ética que produce nauseas, porque se rompe una norma moral, un principio de comportamiento de una forma grave, baja e inaceptable.
¿Desde cuándo el dolor que conlleva el fallecimiento de un ser querido se convirtió en un estandarte para una causa electoral? Es reprochable, cuando menos, que la humanidad se vulnere para dar paso a una “estrategia de incidencia política”. El abyecto intento de manipular la opinión pública significa nada menos que una bajeza, la confirmación que para la ultraderecha, la lucha por el poder justifica incluso el canibalismo emocional. Es la prueba irrefutable y la evidencia del carácter perverso de esta facción.
La muerte, deja de ser un hecho biológico o un misterio sagrado para convertirse en un recurso utilitario, es manoseada para aprovecharse de esta circunstancia. Las señoras pretenden heredar una autoridad moral que la muerte de sus parientes no les otorga y que con su oportunismo destruyen con victimizaciones teatrales.
Atacar a un contradictor político como Cepeda, usando los cadáveres y la memoria de sus familiares, es una burda maniobra que las despoja de todo carácter humanitario, y reduce el momento a un espectáculo mezquino y ambicioso.
El común, la gente, ya sabe distinguir entre el llanto sincero de aquel que busca el flash de la cámara y la amplificación en los medios tradicionales. Colombia merece un debate de ideas, de propuestas, de visiones de país; no una feria de vanidades fúnebres en donde la ética se sacrifica en pos de las encuestas.
Dejen descansar a sus muertos, así no hayan sido buenos seres humanos, dejen que los vivos se enfrenten con argumentos no con espectros. Ese bochornoso espectáculo no es digno ni siquiera de la ultraderecha colombiana, y eso es mucho decir.
