Por: Hubert Ariza* El Unicornio / www.latardedelotun.com ______
Mientras Venezuela sufre los efectos de un terremoto que destruyó la zona costera de la Guaira, dejando cientos de muertos y millones de damnificados, Colombia se sigue sacudiendo, padeciendo los efectos del terremoto político ocurrido el pasado 21 de junio, cuando por una diferencia de menos del 1%, en un universo de 26 millones de sufragios, el candidato de la extrema derecha, Abelardo de la Espriella, derrotó al aspirante de la izquierda democrática, Iván Cepeda Castro, el heredero de Gustavo Petro.
Desde entonces, las placas tectónicas de la política colombiana siguen moviéndose con fuerza, las estructuras partidistas siguen derrumbándose, Álvaro Uribe aparece como damnificado, la izquierda comienza a resquebrajarse en autocríticas y disputas internas, y los primeros discursos del presidente electo anuncian su intención de erigirse en un Mesías que hará posible un nuevo orden. Ello, para muchos colombianos, será, en esencia, el mismo país que pretendieron construir, con mano dura y en medio de la violencia en el siglo XX y comienzos del XXI, varios mandatarios de derecha, como Julio César Turbay Ayala y Álvaro Uribe Vélez.
A pesar de sus mensajes iniciales de unidad, el presidente electo sigue en campaña prometiendo demoler el legado de Petro. “Empezaremos por hacer una auditoría exhaustiva, un empalme anticorrupción que nos permita hacer un riguroso corte de cuentas y determinar la verdadera magnitud del saqueo y el deterioro institucional que heredamos”, dijo De la Espriella al recibir su credencial.
Por ello, es previsible que el empalme presidencial, que usualmente marca la transición pacífica del poder, se convertirá en un fenómeno inédito en la política colombiana, en el que los que se van serían tratados como indiciados, y los que llegan actuarían como policía judicial, tratando de recopilar pruebas forenses, levantando los tapetes y revisando las gavetas de los escritorios, para obtener pruebas que permitan abrir procesos penales y juicios mediáticos que signifiquen la muerte política de sus adversarios.
Todo ello a pesar de que el ganador en su noche de elección dijo que gobernará para la nación entera, y ratificó luego, ante el CNE, que convoca “a todos los colombianos a caminar juntos en esta nueva etapa. Dejemos atrás las divisiones, recuperemos la confianza en las instituciones y volvamos a sentir orgullo de nuestra bandera”.
Sus ataques al corazón del petrismo hacen desconfiar del advenimiento de días de reconciliación o un acuerdo de unidad nacional. La confianza está rota, el futuro no es halagüeño para la izquierda. Pareciera como si la suerte que quisieran desde la derecha para Petro es la misma de Rafael Correa, el expresidente de Ecuador, exiliado en Bélgica. O la de Nicolás Maduro, prisionero en Estados Unidos. Por ello, la subordinación total del ganador al presidente Trump es la mayor amenaza contra Petro. Una situación extrema que no arredra al saliente mandatario, navegante eterno de aguas turbulentas, siempre dispuesto a cumplir su fantasía de hacerse inmolar como presidente o como jefe de la oposición.
La polarización reverbera en la transición que vive el país. El presidente en funciones y el presidente electo son la esencia de ese estado de cosas que tiende a profundizarse. La nación está partida en dos mitades casi idénticas y ni el fútbol la une. Medio país celebra el triunfo del Tigre, la otra mitad espera con desconfianza al nuevo gobierno. Pocos creen en la reconciliación, la mayoría solo ve polarización. La foto de hoy es simple: Petro hace maletas y alista la despedida; los grupos armados ilegales se preparan para la arremetida militar prometida. La paz total ya es pasado. La guerra será el cultivo de nuevas tragedias. Un Plan Colombia 2.0 estaría en marcha, esta vez con mayor injerencia de Washington.
La ventana de oportunidad para acogerse a la paz ha culminado. En lo poco que falta del mandato Petro, ningún guerrero va a posar de paloma. El sometimiento es una petición que no encaja en la ilegalidad. El ELN lleva más de seis décadas huyéndole a la paz. Son expertos en sabotear procesos y enredar incautos. Pero el ultimátum del presidente electo es contundente: “Personas al margen de la ley: disponen de un mes para entrar en razón y organizar su sometimiento al Estado de Derecho. En mi Gobierno no habrá ofertas generosas ni concesiones inaceptables como las que recibieron del régimen que está llegando a su fin. La connivencia del actual Gobierno con el crimen organizado es asqueante y vergonzosa. En la era del tigre, esto se acabó. La ley y solo el imperio de la ley”. Es claro que desde el 7 de agosto próximo la máquina de la guerra estará a pleno vapor. Y esa máquina también produce miles de víctimas.
Así renace, desde la sociedad civil, el miedo a una nueva situación de violencia y violación de los derechos humanos. Vuelve el eco de la Seguridad Democrática de Uribe; resuena el Estatuto de Seguridad de Turbay Ayala. No son tiempos de esperanza para el 49 % de ciudadanos que votó por la izquierda. El ruido de la guerra vuelve a ahogar los anhelos de paz en los territorios.
No es la reconciliación sino la profundización de la polarización lo que atormenta el mañana. Son placas tectónicas en movimiento que dejan enormes heridas en el alma de la patria. Las familias siguen divididas, las amistades siguen rotas, los vasos vacíos de democracia no se llenarán de progreso mientras el odio sea el motor de la política.
Los cuatro años del petrismo en el poder son un pestañeo en la historia republicana de Colombia. En el pasado, el odio llevó al genocidio de la Unión Patriótica y a la muerte de cientos de miles de liberales en la época de la Violencia. Hoy el nuevo gobierno deberá garantizar que sus mensajes eviten el desangre por causas partidistas. La responsabilidad del mandatario entrante y su equipo de Gobierno será unir, no dividir; sumar para la vida y restarle espacio a la tragedia humanitaria, y desde ahora la palabra unidad debe ir acompañada de respeto a la existencia de la oposición democrática.
Entre los petristas, el mensaje es de resistencia. El Pacto Histórico ya se declaró como partido de oposición. Será una fuerza liderada por Iván Cepeda y Carolina Corcho, una valiente lideresa llamada a convertirse en la nueva estrella de la izquierda. La coalición en el Congreso que logre armar el Gobierno entrante tendrá en el binomio Cepeda-Corcho un dique democrático para contener el deseo de revancha de los más exaltados seguidores del Tigre, como el nieto ultra de Laureano Gómez, ahora con credencial de congresista.
La nueva agenda legislativa tendrá cinco componentes, según anunció el nuevo Gobierno, y fue elaborada por la firma consultora JP Morgan: Comercio, Inversión, Crecimiento, Ajuste Fiscal, y Seguridad y Orden, y se resumen en el acrónimo TIGRE.
Cada una de esas palabras encierra reformas profundas en contravía del legado de Petro. Por ello, el Congreso se convertirá en un escenario de altísima tensión política, donde, como debe ser, se definirá el rumbo de la nación. Gran reto tendrá Rodrigo Lara, el nuevo ministro del Interior, quien debe tener claro que saltarse el Congreso siempre será una mala idea.
Si el 7 de agosto no hay un mensaje claro de desarme de los espíritus y reconciliación nacional, lo que viene es el estallido social, la parálisis de la nación, esta vez liderada por Petro en la calle, e Iván Cepeda y Carolina Corcho en el Congreso. Esa dupla tendrá en sus manos la responsabilidad de impedir la disolución de sus casi 13 millones de votantes. Ellos tendrán que darle un nuevo significado a la oposición, defendiendo la democracia de cualquier anhelo autoritario.
“El tigre, hoy más que nunca, ¡está firme por la patria!”, dijo el presidente electo al recibir su credencial. En la calle, la oposición estará lista para probar la fuerza del legado de Petro. Las placas telúricas seguirán moviéndose. La política nunca en Colombia ha sido para los cobardes.
@HubertAriza
* Tomado de El País América
