Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com ________
Después del 21 de junio el “síndrome del día después” comenzó a vivirse en las diferentes esferas del progresismo colombiano, pero con un agravante, sin la pastilla correctora de errores, saben a qué me refiero. Desde esa misma noche, algunos amigos del progresismo, unos cuantos opinadores e inclusive varios reconocidos influencer que habían actuado como activistas de la izquierda, se fueron lanza en ristre contra el proyecto político, la campaña y especial e injustamente contra Cepeda.
¿Las razones? Variopintas, podríamos hablar de desilusión, desengaño, tal como amantes abandonados, algo cercano a la tuza, la tuza política. También se explicaría por una especie de “culillo” miedo, frente a lo que se puede venir en adelante con el” destripador” y se estarían curando en salud, e igualmente, podría tratarse de frustración económica por perder algún tipo de contrato con el Estado; todo lo anterior puede ser posible. Sin embargo, pensaría que es un tema de poder, creo que algunos de los candidatos (as) que quedaron en el camino, están desde ahora confabulando en contra de la estructura que tuvo a su cargo un trabajo denodado para sacar el presidente 2.0 del progresismo. Hablo de esos “coroneles” hasta algunos “sargentos operativos”, que quieren escalar, ustedes entienden a que me refiero.
Cambiando un poco de tema, las elecciones no se perdieron en las urnas, este proyecto de poder popular lo frenó un “presunto” fraude monumental, orquestado desde las sombras por las maquinarias experimentadas de la ultraderecha colombiana con la bendición todopoderosa del imperio, empecinado en tomarse, no por las armas (caso a parte Venezuela) las democracias existentes en Latinoamérica, les faltarían Argentina, Cuba, Brasil y Uruguay.
Durante esta semana, mientras el establecimiento celebra el botín asaltado, en las calles de Colombia se respira el aire denso de la inconformidad; también están los señalamientos mutuos, arrepentimientos tardíos, pero, sobre todo, la verificación plena de la corrupción de la mayoría de la dirigencia política tradicional, esos que han detentado el poder y que bajo ninguna prerrogativa piensan soltarlo y le hayan vendido el alma (soberanía nacional) al demonio del norte.
Mención especial ahora que refiero a satán gringo, a las iglesias colombianas, especialmente aquellas autodenominadas cristianas quienes juegan un papel preponderante como brazo político y dogmático de esa facción reaccionaria, ellos tampoco improvisaron; tal como esa dirigencia política, quienes estratégicamente se tomaron cuatro años para preparar este golpe a la democracia, un zarpazo electoral minuciosamente planificado. El control de las mentes y voluntades desde los púlpitos, medios de comunicación haciendo la tarea con falsas narrativas y bodegas en redes, complementando lo que fraguaron (presumiblemente) desde la plataforma electoral, el software controlado por los ex convictos hermanos Bautista en complicidad con el Registrador y las cortinas de humo del Procurador, Defensora del pueblo, MOE y el silencio cómplice de la Fiscalía.
Ante esto era muy difícil triunfar limpiamente. NO me cabe la menor duda que la gran mayoría del pueblo colombiano voto a conciencia y por el bien común, legalmente la “muenda” fue grande, pero el “presunto fraude” fue mucho más efectivo.
Ahora bien, es importante la autocrítica, además se hace urgente, de vida o muerte, especialmente en las territoriales del año entrante, existen divisiones internas que se disimulan cuando se tiene poder, pero que causarán ronchas y úlceras ahora en el asfalto y trabajando con las uñas.
“Mucho cacique y poco indio” algunos están buscando su protagonismo y el crecimiento personal, antes que el de un proyecto. Hemos pagado caro la inexperiencia de gobernar y una dolorosa falta de cuadros políticos de vanguardia capaces de blindar y ser obedientes de la voluntad del pueblo.
Colombia es en esencia un país profundamente político, pero la Nación actúa más por convicciones que por formación ideológica y procesos políticos formativos. Las divisiones internas son evidentes y aunque han mejorado sustancialmente, esta situación debilita el proceso progresista. Ahora la batalla se traslada a las territoriales, a las regiones y es menester tener una estructura sólida como organización y establecer la unión a toda prueba como objetivo, ya tuvimos una excelente experiencia en las elecciones al Congreso.
Reagrupar fuerzas, consolidar las bases y constituir los mecanismos claros para elegir cuando llegue el momento a los dignatarios, son los pasos a seguir; tengamos en cuenta lo que acaba de suceder y las experiencias próximas pasadas, para ir por alcaldías, gobernaciones, escaños en concejos y asambleas. La extrema derecha no se detiene, el progresismo debe ir un paso adelante.
