Por: Leonardo Franco Arenas / www.latardedelotun.com ______
Ojo pues colombianos no nos dejemos engañar del gran mago de la prestidigitación electoral, Alvaraco ya arrancó su próxima jugada con miras a los comicios de 2030 y nuevamente piensa meternos los dedos en la boca. La publicitada, por los grandes medios, ruptura y distanciamiento de Uribe y Abelardo son patrañas, parte de un minucioso libreto.
Ver a Uribe mutar de patriarca implacable a moderado heraldo del consenso ofreciendo garantías al Pacto Histórico no es una epifanía democrática; es la enésima cabriola de su eterna astucia maquiavélica. Con el respaldo de una narrativa mediática complaciente que disfraza de “gran acuerdo nacional” lo que fue una mera coincidencia parlamentaria contra el abelardismo el expresidente se mimetiza en el centro para no quedar sepultado por el mesianismo de turno.
Su repentina magnanimidad con la izquierda no busca reconciliar al país, sino pavimentar el camino dinástico para su delfín Tomás. Mientras la opinión pública muerde el anzuelo de las alianzas imposibles, el viejo estratega limpia el tablero, debilita al nuevo gobierno y perfila la herencia del poder familiar bajo un ropaje de aparente madurez republicana. Qué trágica ceguera la de quienes celebran este abrazo de conveniencia, olvidando que, en la hacienda de la política criolla, el gamonal nunca cede terreno sin asegurar que el rebaño, tarde o temprano, regrese manso al corral de sus herederos.
