SHAAVAN, EL EGIPCIO

Por: Lucero Martínez Kasab – La Nueva Prensa / www.latardedelotun.com  _____

Hace poco más de un año, el entonces presidente Gustavo Petro me nombró embajadora en la República Árabe de Egipto. Nunca lo soñé. A través de mi columna en La Nueva Prensa defendía el gobierno de este político que, con una valentía de gladiador, defendía a su vez la democracia en Colombia y en el mundo. Así que representarlo en aquella lejanía era un honor para mí.

Petro, sin él saberlo, me envió a una tierra que resonaba en mis afectos de tanto leer y escuchar al filósofo latinoamericano, Enrique Dussel, quien no se cansaba de decir que fue en el desierto de esa parte del mundo, Egipto, hace más de 5.000 años, donde surgió el fundamento de una ética del Otro, la que se esparciría por el mundo llegando a América con la Biblia de los colonos españoles. Desde mi nombramiento hasta el último trámite de la entrega del cargo en Bogotá, fue un padecimiento que puso a prueba la paciencia y el tesón de mi familia, pues yo renunciaba cada dos días a seguir en ese mundo desquiciante de la tramitología estatal, plagada de opositores al gobierno.

En una de las entrevistas que me hicieron en medios locales egipcios me preguntaron que, cuál sería el título de mi próxima columna después de dejar el cargo de embajadora. Sin dudarlo, lo dije Una rosa en Alejandría.  A los periodistas les encantó. Expliqué que, me había maravillado ver, en la ciudad fundada por Alejandro Magno, Alejandría, en el desierto, nacer una planta de rosas en un bello jardín.

Pero hoy, con el corazón partio en mi último día en Egipto, decido que mi primera columna es para el conductor oficial de la embajada, Shaaban, quien lleva sirviéndole a Colombia más de 30 años con la educación, generosidad y bondad que sobresalía por entre el inmenso grupo de embajadores en El Cairo. Él, no sólo fue mi conductor, sino también la compañía solidaria ahí en los momentos más difíciles cuando mi ánimo se resquebrajaba. Al verme así se presentaba en mi oficina con un pedazo de pudín de chocolate, me daba ánimo con palabras sencillas o me traía un croissant caliente, diciéndome, Vamos, la llevo para que camine por el Nilo.

Un día, cuando me quedé sin dinero, él, me ofreció el suyo con las palabras más generosas: Embajadora, todo mi dinero es suyo. Me esperaba amablemente al finalizar las reuniones, poniéndose feliz cuando yo sacaba de la cartera los pasabocas que había guardado para él y para la asistente doméstica. Una noche, después de regresar de una reunión muy lejos, me percaté que él tosía con dificultad, tenía las ojeras más oscuras y el rostro pálido; le pregunté si estaba bien, me dijo que sí convencido, pero vi que respiraba entrecortado, ni él mismo se había dado cuenta. Corra al médico, le dije. Usted, no está bien. Le dieron tres días de incapacidad.

El día que el petrismo perdió las elecciones de 2026, mi abatimiento fue tan inmenso que, siendo un día de descanso de Shaaban, lo llamé diciéndole venga, por favor, que me estoy muriendo. Viéndome tan desconsolada me suplicó que no llorara más, pues temía que yo me enfermase. Nada contenía mi llanto: ni el pudín de chocolate, ni el croissant con Coca-Cola, ni el paseo por el Nilo. Entonces, como último recurso me dijo venga, la llevo a ver el sol.

Él, se acordó que, después de unas semanas de mi arribo al Cairo al salir de una reunión a cientos de kilómetros, nos encontramos de frente, al final de una eterna autopista en el desierto, con el imponente sol egipcio. Shaaban, vio mi asombro ante el tamaño enorme del astro que se hundía en el horizonte anaranjado con su circunferencia perfectamente dibujada; surgió una conversación llena de admiración por la vida.

Ahora, en el avión, me recuerdo a mí misma mirando a través de la ventana del carro el horizonte de arena del desierto, durante los días de un largo año.  Entonces, volteo el rostro hacia otra ventana que me muestra un horizonte de cielo azul, como el azul turquesa del mar de Alejandría y pienso en Shaaban, quien hasta el último minuto nos acompañó en el aeropuerto practicando espontáneamente la ética del Otro del antiguo Egipto, de Jesús, de Dussel y la caballerosidad del mundo diplomático. Sentí que Shaaban fue mi sol:  cálido, leal, presente en todos mis días.

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