EL ARCA DE NOÉ DE CARLOS ALFONSO LUCIO.

Por: María Jimena Duzán / Revista Cambio – www.latardedelotun.com  _____

Lograr que un estafador y prófugo de la justicia como Carlos Alonso Lucio sea hoy el faro moral de la manada y el arquitecto de un arca de Noé que le va a permitir a su amigo Abelardo salvar a Colombia del diluvio universal que deja Petro, es el primer milagro que se da en la Patria Milagro.

Reencauchar a un politicastro como Carlos Alonso Lucio, que representa como nadie lo más cuestionable de nuestra clase política, no es un milagro de poca monta. Aunque Lucio habla en sus discursos de humildad y de obediencia a Dios, ha logrado emerger como un nuevo epicentro de poder en el Gobierno de El Tigre. No solo va a tener a su esposa, la exfiscal Viviane Morales en el Ministerio de Educación, una noticia que ya es vox populi, pero que el presidente electo aún no confirma. También que va a ser el encargado de crear el nuevo relato de país. Una bandera que Carlos Alonso Lucio enarboló en ese discurso que anda rodando por las redes y en el que se presentó como el arquitecto de un arca de Noé que dice haber construido por instrucción divina. En ese discurso, que en realidad fue una homilía, Lucio le hizo entrega de esa arca de Noé a su amigo Abelardo para que de ahí salgan las normas que regirán en la gran Patria Milagro. Y a juzgar por lo que él ya contó, es evidente que ninguna de esas normas saldrá de la Constitución, sino de lo que se le ordene desde arriba.

Entre tanta moralina, es evidente que Carlos Alonso Lucio busca no solo renacer sino borrar su pasado. Sin embargo, va a necesitar de más milagros para que eso ocurra.

A lo largo de mi carrera periodística he escrito muchas columnas sobre Carlos Alonso Lucio, a quien conocí hace años, cuando se presentó en la redacción de El Espectador a inicios de los ochenta para confesarme que era del M-19 y que estaba infiltrado en las juventudes galanistas. Desde entonces ha corrido mucha agua bajo el puente y, en vista de que hoy varios medios lo presentan como un inofensivo pastor cristiano y un próspero empresario y ganadero muy cercano a Abelardo de la Espriella, decidí desempolvar apartes de una columna que escribí en Semana en 2016 y que titulé Los reencauchados.

Esa columna, de hace 10 años, escrita cuando Lucio y su esposa Viviane Morales propusieron un referendo para consagrar la adopción de menores solo por parejas conformadas entre hombre y mujer —que afortunadamente fracasó— sigue más vigente que nunca:

“¿Quién se iba a imaginar que un estafador y un prófugo de la justicia como Carlos Alonso Lucio podría hoy posar de defensor de la familia tradicional, y tener además la audacia de erigirse como el faro moral de la sociedad?

Ese milagrito se lo debemos a la fe cristiana que, además de acogerlo en su seno y darle paz a su conciencia, le ha servido también de plataforma para reencaucharlo social y políticamente. Desde que tiene la Biblia en mano, Carlos Alonso Lucio se ha dado licencias que antes no tenía: pudo darse el lujo de amedrentar a las periodistas que denunciamos su cuestionable papel en la Fiscalía durante el periodo en que Viviane Morales fue jefe de la entidad entre el 2011 y el 2012. En una columna que escribí en su momento, denuncié cómo Lucio intervenía en los procesos de la Fiscalía, sobre todo en uno: en el de su amigo Samuel Moreno. El fiscal Pabón, que llevaba el caso del carrusel de la contratación de Bogotá, me confesó que al menos en una ocasión Lucio lo había llamado para decirle: ‘No te encarnices con Samuel Moreno, que ese no es el objetivo central’.

Pese a que Viviane Morales tuvo que renunciar a la Fiscalía, Carlos Alonso Lucio logró salir indemne de sus relaciones non sanctas con los Nule y con los hermanos Moreno: ningún fiscal se atrevió siquiera a interrogarlo por ser quien era. Lucio también fue uno de los pocos personajes que pasó por Ralito sin ningún problema, pese a que todavía son muchas las preguntas sin respuesta sobre hasta dónde llegó su asesoría a los paras. La defensa de la moral cristiana le ha servido a Lucio para que la Fiscalía no lo haya investigado, para que sus relaciones con el bajo mundo sigan inescrutadas y para mantener el poder de intimidación sobre sus críticos.

Parapetado en la defensa de la moral cristiana, Lucio intenta borrar su pasado y evitar que recuerden su defensa del 8.000, su amistad con los Rodríguez Orejuela y su condena por corrupción, motivo por el cual no puede aspirar a ningún cargo público. Lucio no cumplió la pena porque prefirió fugarse del país, y solo vino a cumplirla cuando el propio Carlos Castaño decidió salvarle la vida y entregarlo al entonces defensor del pueblo con la condición de que cumpliera su condena por estafa. (Lucio habría entrado clandestinamente a Colombia y terminó sorpresivamente en manos de las AUC).

Ahora, se ha impuesto un listón más alto: anda en la tarea de defender un referendo homófobo y excluyente, el cual prohíbe la adopción no solo para las parejas gais, sino también para los solteros, viudos o separados. Con la Biblia en mano, Lucio y Viviane dicen que esta pelea la dan pensando en los niños, pero en realidad la están dando pensando en sus aspiraciones políticas. Estos niños les sirven de anzuelo para enganchar a los cristianos y cooptarlos en una cruzada que busca no solo imponer su moral cristiana, impulsada por el odio y la exclusión, sino impulsar una plataforma política que le sirva a Viviane Morales para una eventual candidatura presidencial, la cual manejaría tras bambalinas, el mismo Lucio. Todo esto en nombre del Partido Liberal, de la moral cristiana y de la doble moral.

La fe cristiana es más que respetable, pero no cuando se usa de parapeto para limpiar hojas de vida ni cuando se transforma en fanatismo”.

Hoy, diez años más tarde, Carlos Alonso Lucio emerge como el faro moral de Abelardo y el enviado de Dios para construir un arca de Noé y se reencaucha como el salvador de Colombia. Aunque me acusen de que voy a aguarle la fiesta, no está de más recordar lo que le sucedió a Noé luego de haber salvado a la humanidad del diluvio. Según ciertas interpretaciones de la tradición rabínica, Noé fue castrado por su hijo Cam, a quien él había salvado del diluvio.

 

 

 

 

 

 

 

 

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