Barrio Rafael Grisales, Quimbaya, Quindío. ________
Por: Nicolás Bolaños / www.latardedelotun.com _______
El 10 de agosto de 2026, un terremoto sacudió el Eje Cafetero y dejó en Quimbaya, Quindío, una profunda destrucción. En el barrio Rafael Grisales, cientos de viviendas resultaron afectadas y muchas familias perdieron sus hogares.
Pero esta historia no comenzó con el terremoto.
Desde años antes existían estudios y antecedentes sobre las condiciones de riesgo del territorio. En 2001, el entonces Ingeominas realizó un estudio específico sobre el barrio Grisales, titulado Evaluación del barrio Grisales, municipio de Quimbaya. El trabajo incluyó la inspección y el análisis técnico de las condiciones de amenaza por fenómenos de remoción en masa, como deslizamientos, así como de la estabilidad de los terrenos del sector, y estableció recomendaciones orientadas a reducir los riesgos identificados.
El estudio no significaba que un terremoto pudiera predecirse ni que todo el barrio estuviera condenado a desaparecer. Su importancia estaba en otra parte: existía conocimiento técnico sobre las características del territorio y sobre las condiciones que debían ser atendidas para reducir su vulnerabilidad.
Años después, diferentes instrumentos de planificación municipal continuaban contemplando la existencia de viviendas ubicadas en zonas de riesgo y la necesidad de procesos de reubicación.
La existencia de un riesgo conocido plantea una pregunta inevitable: ¿qué mecanismos de prevención fueron implementados para proteger a quienes habitaban este lugar?
Prevenir un desastre no significa evitar que ocurra un terremoto. Significa reducir sus consecuencias mediante la planificación territorial, la vivienda segura, la gestión del riesgo, el seguimiento técnico, las obras de mitigación, la reubicación cuando sea necesaria y políticas públicas capaces de proteger a las comunidades más vulnerables.
Pero la vulnerabilidad no depende únicamente de las condiciones naturales del territorio, también se construye socialmente.
La calidad de una vivienda, los materiales con los que fue construida, las posibilidades económicas de una familia para reforzarla, el acceso a asistencia técnica, la situación jurídica del terreno y las alternativas disponibles cuando una vivienda deja de ser segura son factores que determinan la capacidad de una comunidad para enfrentar un desastre.
Por eso, hablar de vivienda popular no significa solamente hablar de casas construidas con menos recursos. Significa preguntarse bajo qué condiciones se construyeron, qué posibilidades tuvieron sus habitantes para acceder a una vivienda segura y qué ocurre cuando esa vivienda constituye, al mismo tiempo, su principal patrimonio, su lugar de trabajo y el espacio donde han construido su vida.
Una amenaza natural no afecta de la misma manera a todas las personas.
Para algunas familias, abandonar una vivienda puede significar trasladarse temporalmente a un lugar seguro. Para otras, puede significar dejar atrás prácticamente todo lo que tienen.
En Grisales, algunas personas permanecen cerca de sus casas para proteger sus pertenencias. Otras duermen en carpas frente a viviendas declaradas como pérdida total. Hay quienes han perdido también negocios familiares, animales o fuentes de ingreso. Y hay quienes, aun teniendo sus propias viviendas afectadas, han abierto sus puertas para recibir a vecinos.
La emergencia muestra así algo que las fotografías de las casas destruidas no pueden explicar por sí solas: la vulnerabilidad también está relacionada con la capacidad que tiene una persona para responder cuando su vivienda deja de ser habitable.
Cuando esas condiciones no se cumplen, la responsabilidad no puede atribuirse exclusivamente a la naturaleza. Pero tampoco puede atribuirse automáticamente a una sola institución o a una administración determinada.
Veinticinco años abarcan diferentes gobiernos, decisiones, planes de desarrollo e instrumentos de ordenamiento territorial. Establecer responsabilidades requiere reconstruir ese proceso y determinar qué se sabía, qué se recomendó, qué se hizo y qué quedó pendiente.
Este trabajo busca, entonces, mirar más allá de la destrucción.
Investigar qué se sabía sobre el riesgo, qué medidas estaban previstas, cuáles fueron ejecutadas, cuáles quedaron pendientes y cómo evolucionaron las condiciones del barrio durante los años siguientes. También busca observar cómo las condiciones de vivienda, territorio y desigualdad social pudieron influir en la magnitud de las consecuencias del terremoto.
Porque detrás de cada vivienda destruida existe una historia de trabajo, pertenencia y memoria.
Harrison Novoa construyó su casa pensando en sus dos hijos y ahora enfrenta el riesgo de perderla mientras intenta proteger las pocas pertenencias que le quedan.
Nubia Zuluaga Peláez vio afectada la vivienda que su esposo construyó hace aproximadamente veinte años y el billar familiar que durante años representó su sustento.
Arturo Montenegro ve amenazada la casa que consiguió después de años de trabajo como jornalero.
Pablo Zapata perdió su vivienda, al igual que la de su hermano y la de sus padres, todos en la misma calle, y ahora duermen en carpas frente a sus casas para cuidar lo que quedó.
Wilmer Hernán Olguín, también damnificado, salió desde el primer momento a sus vecinos afectados y, aun con su propia vivienda dañada, ha recibido vecinos para que puedan dormir.
Sus historias muestran que la destrucción de una vivienda no puede medirse solamente por sus paredes caídas. Una casa también puede ser patrimonio, sustento, seguridad, memoria y pertenencia.
Por eso, estas fotografías no buscan únicamente documentar las consecuencias de una catástrofe. Buscan interrogar sus causas sociales: la vulnerabilidad de la vivienda popular, las condiciones del territorio, las formas en que se ha construido y ocupado el barrio, los mecanismos de prevención y las decisiones institucionales que pudieron haber reducido el impacto del desastre.
El terremoto hizo visibles las grietas, pero también expuso las condiciones que existían detrás de ellas. La emergencia, además, no termina cuando se retiran los escombros.
Después viene una pregunta todavía más compleja: ¿qué significa reconstruir Grisales?
Si existen condiciones de riesgo que hacen inviable regresar a determinadas viviendas, reconstruirlas exactamente en el mismo lugar podría significar reproducir parte de la vulnerabilidad que existía antes del terremoto.
Pero reubicar tampoco consiste simplemente en entregar una nueva casa.
Significa alterar las relaciones familiares, económicas y comunitarias de personas que llevan años construyendo su vida en un territorio determinado. Significa pensar qué ocurrirá con los negocios, los animales, las escuelas, las redes de apoyo y el sentido de pertenencia de quienes sean trasladados.
La reconstrucción, por tanto, no debería medirse únicamente por cuántas viviendas vuelvan a levantarse. También debería medirse por si las familias pueden volver a construir una vida en condiciones realmente seguras y dignas.
Porque reconstruir sin comprender las condiciones que produjeron la vulnerabilidad podría significar simplemente levantar nuevamente las mismas grietas, aunque esta vez sean menos visibles.
El terremoto ocurrió en un instante. La vulnerabilidad, en cambio, se construyó durante años, y ahora, cuando las grietas han hecho visible aquello que durante mucho tiempo permaneció debajo de la superficie, queda una pregunta que atraviesa todo este trabajo:
Si en 2001 ya existía conocimiento técnico sobre las condiciones de riesgo de Grisales, ¿qué ocurrió durante los 25 años siguientes

Nubia Zuluaga Peláez
Hace unos 20 años, el esposo de Nubia construyó esta casa con ayuda de sus familiares, en el centro de Quimbaya. En el primer piso funciona desde hace varios años el billar que él mismo montó y que hoy representa el sustento diario de la familia.
Después del terremoto, el piso quedó atravesado por grietas profundas y las paredes presentan daños visibles. La casa sigue en pie, pero ya no se siente igual. Cada grieta parece recordar la fuerza con la que se movió el suelo.
Nubia ha intentado comunicarse con el alcalde del pueblo para buscar una solución frente a la situación de su vivienda. Hasta el momento en que hablamos con ella, no había recibido ninguna respuesta.
Ahora la incertidumbre no está solamente en saber si la casa puede seguir en pie. También está en saber qué pasará con el billar, con el trabajo de su esposo y con el sustento de toda la familia si el lugar deja de ser habitable.
Para Nubia, perder esta casa también podría significar perder el lugar donde su familia ha construido su vida durante los últimos veinte años.
Arturo Montenegro
A sus 60 años, Arturo ya había vivido el terremoto de Armenia de 1999. El pasado 10 de agosto volvió a sentir la tierra moverse.
Hace unos cinco años compró el lote donde construyó su casa. Vive solo, no tiene esposa ni hijos, calcula que el piso de la vivienda se hundió aproximadamente 30 centímetros. Aunque en la habitación que aparece en esta fotografía no se ven grietas, otras partes de la casa, como el frente y la habitación principal, quedaron gravemente afectadas.
Desde el terremoto, Arturo cuenta que la casa “traquea”. Cada ruido le recuerda que la estructura ya no es la misma y que podría perder todo lo que consiguió durante años de trabajo como jornalero.
A pesar de la frustración, quiso dejar un mensaje de agradecimiento para todas las personas que llegaron a Quimbaya a ayudar sin esperar nada a cambio.
“Este es un mensaje para todas esas personas que desean ayudar. Que dios los cuide y los proteja en las labores que están haciendo”

Pablo Zapata, 39 años
“Transportista por obligación y músico por pasión”, me cuenta entre risas.
Como muchas otras casas del barrio, la suya fue declarada pérdida total. Lo mismo pasó con la de su hermano y la de sus papás, que viven en la misma calle. Los tres perdieron sus casas y ahora duermen en carpas frente a ellas para cuidar sus cosas.
Me cuenta que hace dos días intentaron entrar a robar en una de las casas vecinas. Le parece increíble que, viendo cómo quedó el barrio y la situación en la que están las familias, todavía haya personas que quieran aprovecharse de todo esto.
En lo que queda del patio todavía andan algunas gallinas sueltas y hay dos conejos en sus jaulas.
Mientras hablamos, Pablo cuenta lo que pasó con bastante tranquilidad y hasta se ríe algunas veces, pero basta mirarlo un momento para notar la tristeza y la frustración que hay detrás.
Antes de despedirnos me recuerda que también es músico y me pide que ayudemos a compartir una de sus canciones. Tiene una canción que se llama “La tierra llora” y un canal en YouTube llamado Neto y Navy.

Harrison Novoa
Vive con su compañera y sus dos hijos, de 4 y 9 años. Hace aproximadamente dos años compró el lote donde comenzó a construir la casa en la que esperaba vivir con su familia.
Al hablar con Harrison, lo primero que se siente es la angustia que siente en este momento. Su vivienda quedó gravemente afectada y existe un alto riesgo de derrumbe. Él sabe que no es seguro quedarse.
Me cuenta que hasta el momento la presencia de las instituciones ha sido nula y que las ayudas de los voluntarios llegan de manera intermitente.
Pero tampoco puede simplemente irse a un albergue. Tiene miedo de dejar sus cosas y perder lo poco que le queda.
Queda atrapado entre dos riesgos: quedarse en una casa que puede derrumbarse o abandonarla y exponerse a perder sus pertenencias.
Y mientras tanto, su familia espera.
Harrison no está hablando solamente de una casa que se dañó. Está hablando de algo que llevaba años construyendo y que ahora puede perder en cuestión de días.
Su historia deja una pregunta difícil: cuando el riesgo ya era conocido y finalmente ocurre el desastre, ¿quién se hace cargo de las personas que quedan atrapadas entre el peligro y el abandono?

Wilmer Hernán Olguín, 50 años
Wilmer nació en Quimbaya y es uno de los afectados del barrio Grisales por el terremoto.
Apenas ocurrió, salió como voluntario para ayudar a las personas que habían resultado lesionadas por el terremoto. Me cuenta que trabajó prácticamente sin descanso durante las primeras horas de la emergencia.
Su propia casa también quedó afectada por el sismo. Aun así, ha recibido a algunos de sus vecinos para que puedan dormir allí y tener un lugar donde pasar la noche.
Ahora, varios días después, el cansancio empieza a pasarle factura. Tiene algunas laceraciones superficiales por el trabajo realizado y la rodilla izquierda bastante inflamada después de tantos días de esfuerzo.
Aun así, cuando habla de lo ocurrido, no se centra solamente en su propio cansancio. Agradece a todas las personas que hicieron posible que las ayudas llegaran hasta Quimbaya y que permitieron que muchas familias pudieran atravesar estos días difíciles de una manera un poco más digna.
También hace un llamado a las instituciones para que no se olviden de quienes todavía necesitan asistencia.
Antes de despedirnos nos deja un mensaje:
“Por favor, no nos olviden.”

© Nicolas Bolaños 2026
